La verdad

La verdad en suspenso. AMLO con familiares de desaparecidos el 14 de septiembre de 2018. Foto: Benjamín Flores

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Según el Evangelio de Juan (18: 37-38), durante el juicio que se le siguió a Jesús, el procurador romano, Poncio Pilato, lo interrogó sobre los motivos de la acusación que lo llevaron ante él. Al final del interrogatorio, Jesús concluyó: “[…] he venido al mundo para dar testimonio de la verdad”. Pilato, enredado en el juego de verdades y mentiras del mundo político, preguntó con la lucidez del escéptico: “¿Qué es la verdad?”, y salió del pretorio donde llevó a cabo el interrogatorio.

Lo inquietante de ese pasaje no es tanto la pregunta de Pilato como el silencio de Jesús. El acusado, que hasta el momento ha respondido con claridad a cada pregunta del procurador, guarda silencio ante la más importante.

Hay que ver en eso una respuesta: la verdad no es un argumento, es la evidencia de lo que las argucias políticas han velado y está delante de ti.

Más acá de la verdad de la que Jesús dice dar testimonio –y que se encuentra a lo largo de todo el Evangelio–, es posible inferir que Pilato, al salir del pretorio y dirigirse a los acusadores, comprendió por un instante –luego, tomado por su escepticismo, se hará cómplice de la mentira– el sentido primero que guardaba el silencio de Jesús: “No encuentro en él ningún delito”. Lo que Pilatos descubrió en la respuesta del silencio de Jesús es la inocencia del hombre que acababa de interrogar. Descubrió que sin verdad (lo que se manifiesta claramente tal y como es en su ser o, mejor, el ser de las cosas que se muestran tal y como son, libres de las apariencias que las enmascaran o falsifican) no hay justicia y todo termina en el crimen o en su consentimiento.

No recuerdo esta historia sólo porque el acusado y la víctima del relato sea el niño cuyo nacimiento acabamos de celebrar. Lo recuerdo, sobre todo, porque si algo caracteriza a este México devorado por el crimen es, precisamente, la ausencia de verdad, el ocultamiento de las redes de complicidad que lo hacen posible, el enmascaramiento y la falsificación de la verdad, a las que Pilato terminó por sucumbir.

Pese a que el 14 de septiembre de 2018 el presidente López Obrador se comprometió públicamente, en el Centro Cultural Tlatelolco, a una agenda de Justicia Transicional –cuya base es una Comisión de la Verdad, con apoyo de la comunidad internacional, y un Mecanismo Extraordinario de Justicia, también con apoyo internacional– para poner ante la luz de la verdad a quienes en el pasado y en el presente hacen posible la violencia que azota al país, y llevarlos ante la justicia, no lo ha hecho. Después de trabajar arduamente con expertos esta agenda en la Segob, la 4T terminó, sin explicación alguna, por darle la espalda. La consecuencia no sólo son los casi 40 mil asesinados con los que cierra su primer año de gestión, sino las centenas de miles de víctimas que heredó de las anteriores administraciones y que, a falta de verdad, continúan sin obtener justicia.

Semejante a Pilato, que al salir del pretorio después de interrogar a Jesús tuvo la lucidez de mirar la verdad, asumirla y buscar la justicia, el presidente, al salir aquella tarde del 14 de septiembre del CCT, tuvo la lucidez de mirar en la verdad el camino para la construcción de una política de Estado que pueda llevar al país a la justicia y la paz que tanto necesita. Semejante también a él, terminó por darle la espalda y avalar así el crimen y la injusticia que otros cometieron y continúan cometiendo. El procurador romano lo hizo por temor y escepticismo. No sé todavía por qué lo hizo el presidente.

En todo caso, aún es tiempo de rectificar y tomar el camino de la verdad, por más duro, costoso y doloroso que sea. La verdad siempre duele. Sólo después libera y consuela. Sin verdad (qué y quiénes desde las instituciones han permitido y aún colaboran con el crimen) jamás tendremos justicia. Tampoco paz. Muchos menos la amnistía que tanto quiere el presidente. Ella es el último fruto de la verdad y la justicia. Ponerla antes es darle carta de naturalización a la impunidad y al crimen; es volvernos, como Pilato, solidarios de la injusticia.

Porque nuestra casa está devorada por esas llamas y el dolor es inmenso, porque es tiempo ya de trazar una política de Estado sólida para detener el horror, en este mes de enero saldré a caminar junto con quienes quieran acompañarme. Será un llamado al presidente y a todos los gobernantes a recuperar esa agenda de verdad y justicia; un llamado a todos a sacudirnos la indiferencia bovina a la que, a fuerza de espanto, nos reduce la violencia hasta hacernos normalizar el crimen; un llamado a los criminales a detener la destrucción de su propia casa, que es la de todos, y un llamado a la unidad de la nación en torno a la verdad y a la justicia que debe encabezar el presidente. Sin el suelo de la verdad y la justicia –que pasa también por el respeto a las autonomías, a los pueblos indígenas y el fortalecimiento de las localidades– no habrá historia ni democracia, sino la continuación del odio, la sangre, las fosas, el fuego y las cenizas.

Nadie dice que esto es fácil y que tendrá resultados inmediatos, pero es el único camino si queremos darle un lugar a la esperanza y evitar que Jesús –es decir, cada hombre, cada mujer, cada niño de esta nación– siga siendo reo de la violencia, la mentira y la injusticia.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

Este análisis se publicó el 29 de diciembre de 2019 en la edición 2252 de la revista Proceso

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