Incendios en Australia: “Viene lo peor” de la tragedia

Destrucción en Nueva Gales del Sur. Foto: Xinhua / Bai Xuefei

Desde abril se estaba incubando el desastre en Australia: poca lluvia, excesivo calor y la indolencia del primer ministro Scott Morrison, quien negó la existencia del cambio climático. Ahora, la tragedia causada por los incendios forestales en ese país abarca una extensión de cinco millones de kilómetros cuadrados –el equivalente en México de todo el valle central, incluyendo territorios de Querétaro, Hidalgo, Tlaxcala, Puebla, Morelos y del Estado de México. Pero viene “lo peor”: el verano infernal.

La novelista australiana Charlotte Wood escribió: “Solíamos poner nuestra atención brevemente, intensamente, en esa ‘pobre gente’ afectada por el cambio climático y luego volvíamos a la vida normal. Ahora esa pobre gente nos incluye a nosotros”.

 

Los habitantes de Sídney, la ciudad más cosmopolita y despreocupada del Pacífico Sur, han descubierto el infierno. De manera brutal, desde agosto han ardido cinco millones de hectáreas de Nueva Gales del Sur y Queensland, entre otras regiones. En promedio, este territorio ha sido golpeado por entre 75 y 150 incendios simultáneos.

 

Para darle una dimensión a la catástrofe australiana, el fuego de este año en el Amazonas consumió 900 mil hectáreas.

 

Ahora la situación en Australia ha cambiado: lo que solía ser una pesadilla que concernía a los granjeros, entre otros residentes de las zonas rurales, ya es un problema para los citadinos, que deben preocuparse por la invasión tóxica de humo y ceniza. Incluso, existe el peligro de que algunas zonas residenciales sean alcanzadas por las llamas.

 

Sin embargo, en la televisión australiana algunos comentaristas de tendencia conservadora intentaron minimizar la emergencia. No se trataba, dijeron, de la peor ola de incendios forestales sufridos en el país y recordaron que en 1974 el fuego devoró 3.5 millones de hectáreas en Nueva Gales del Sur. Explicaron que aquello ocurrió en las zonas remotas del estado, con afectación menor para las personas y que el incidente fue producido por un incremento de la lluvia en la temporada previa, lo que generó un exceso de hierba, es decir, de combustible.

 

Pero ahora sucede lo contrario: este año cayó menos lluvia que nunca desde que hay registro, las altas temperaturas tuvieron cifras récord y lo que se consume principalmente es madera; la hierba es secundaria. La marca de 3.5 millones de hectáreas consumidas ya fue superada.

 

Además, a cuatro meses de incendios lo más probable es que lo peor está por llegar. En el hemisferio sur el verano apenas está comenzando y se pronostica todavía más calor, más sequedad y vientos fuertes. Faltan, al menos, tres meses más de infierno.

 

De acuerdo con expertos, en las próximas décadas el termómetro subirá aún más y los australianos tendrán que enfrentar condiciones mucho más hostiles.

 

Lo peor: el gobierno conservador del primer ministro Scott Morrison pertenece al bando de los negacionistas del calentamiento global. En la Cumbre del Clima que recién terminó en fracaso en Madrid, España, Australia fue uno de los países que impidió que se tomaran medidas para enfrentar la crisis ambiental mundial.

Magnitud de la catástrofe

¿Pero qué tanto son cinco millones de hectáreas siniestradas? La edición australiana del diario The Guardian diseñó en su sitio web un cuadrado que representa la superficie quemada y que puede contrastarse sobre un mapa de cualquier parte del mundo.

 

Si ese cuadrado se sobrepone sobre el centro de México se aprecia que la extensión siniestrada en Australia cubre todo el Valle de México, alcanzando territorios de Querétaro, Hidalgo, Tlaxcala, Puebla, Morelos y del Estado de México.

 

La quinta parte de una de las reservas naturales de Australia, la de las Montañas Azules, también ha sido destruida. Se teme que una cuarta parte de las especies de eucaliptos esté ahora en peligro de extinción.

 

Con su hábitat han muerto al menos mil osos koala. Entre las imágenes más difundidas de la tragedia están las de los pequeños marsupiales que no pueden volar ni nadar y que son sumamente lentos, instintivamente escapan de las llamas subiendo a las copas de los árboles, pero terminan carbonizados o sobreviven con dolorosas heridas. Las autoridades locales reportan llamas de hasta 70 metros de altura.

 

Si bien los científicos han aclarado que los koalas no son una especie “funcionalmente extinta”, como se ha dicho en redes sociales, sí la consideran “vulnerable”, apenas un escalón arriba del peligro de extinción. Aunque los eucaliptos resisten muy bien el fuego y sus ramas más altas no se queman, la inusual mortandad de koalas es una señal más de que la situación australiana ha escapado de la normalidad.

Negacionismo

La magnitud de los incendios forestales en Australia también puede valorarse por los comunicados del Servicio Rural de Incendios de Nueva Gales del Sur. El domingo 15 emitió una alerta: “Es demasiado tarde para marcharse. Busquen albergues mientras el fuego se acerca. Protéjanse del calor del fuego”.

 

Con la extrema resequedad del terreno, el calor y el viento, nuevos fuegos surgen y se desarrollan en poco tiempo. Así, las llamas de pronto golpean con fuerza donde parecía tranquilo. Son impredecibles. “Muchas áreas del estado están bajo riesgo de incendio muy alto, discutan con su familia lo que harán si el fuego amenaza”, dice una de las advertencias.

 

De acuerdo con las autoridades locales, la temporada de incendios que comenzó en agosto ha dejado un saldo de nueve personas muertas, una desaparecida y poco más de tres mil casas y construcciones siniestradas.

 

El mismo domingo 15, en Perth, capital de Australia Occidental, a cinco horas en avión desde Sídney, las autoridades locales y los voluntarios evitaron que los incendios que ya habían devorado 12 mil hectáreas alcanzaran el norte de la ciudad. No obstante, las autoridades mantenían la emergencia y trataban de proteger unos seis mil hogares expuestos. “Si miran hasta dónde ha avanzado el fuego, es absolutamente asombroso que sólo hayamos perdido una casa”, dijo a la prensa Fran Logan, ministro estatal de emergencias.

 

En un país con 24 millones de habitantes la baja densidad demográfica hace imposible cubrir todo el territorio con empleados permanentes. El Servicio Rural de Incendios se apoya primordialmente en los voluntarios, gente de cada región que sabe que cuidar el bosque es proteger su hogar, literalmente.

 

Sin embargo, la emergencia se prolonga sin que los voluntarios puedan descansar; peor todavía, durante meses han descuidado sus trabajos y no reciben apoyos económicos del gobierno. Además, los habitantes que ayudan contra los incendios con frecuencia resultan heridos, como los dos hombres y una mujer que el jueves 19 sufrieron quemaduras en la cara y vías respiratorias, en el sur de Sídney.

 

Contrario al reconocimiento ciudadano del que gozan los voluntarios, el gobierno australiano es calificado de deshonesto. Por el ejemplo, el martes 10 el primer ministro desestimó las advertencias de que el Servicio de Incendios estaba bajo una presión excesiva. “De hecho, estos equipos sí están cansados, pero también quieren estar allí defendiendo sus comunidades. Y les agradezco lo que están haciendo”.

 

El anuncio fue hecho desde Hawai durante una breve interrupción de las vacaciones prenavideñas que estaba tomando con su familia.

 

Las críticas contra el premier Scott Morrison se desataron en redes sociales. Por ejemplo, la periodista y académica Meraiah Foley dijo en su cuenta de Twitter @MeraiahFowley que “la gente en las comunidades rurales no se abandona, nadie QUIERE estar allí”.

 

A su vez, la investigadora Celia Green escribió en @CeliaEGreen: “El primer ministro necesita una política climática creíble. Es demasiado peligroso seguir fingiendo que tiene una”.

 

El sábado 21, tras la muerte de Andrew O’Dwyer, de 36 años, y de Geoff Keaton, de 32, quienes combatían incendios, Morrison suspendió sus vacaciones, pero aclaró a la prensa que se reservaba el derecho de reanudarlas.

 

Ante las nuevas manifestaciones en su contra, el lunes 23 anunció apoyos económicos para los voluntarios, aunque no para todos: sólo para los servidores públicos, a quienes se les dará permiso de faltar a su trabajo y se les pagará el día.

 

Las críticas contra el premier no sólo vienen de los ciudadanos o investigadores. Greg Mullins, excomisionado de Incendios y Rescate de Nueva Gales del Sur, declaró al diario The Sydney Morning Herald que él mismo le había enviado en abril y mayo cartas a Morrison en las cuales informó que las condiciones climáticas eran especialmente malas y que hacía falta una reunión urgente para preparar el combate del fuego e impulsar esfuerzos contra el calentamiento global.

 

Ante la falta de respuesta, Mullins y otros 28 antiguos colegas de su rango formaron el grupo Líderes de Emergencias para la Acción Climática, que a principios de mes volvió a pedir la celebración de una cumbre nacional con los dirigentes políticos. Morrison los ignoró.

 

“Donde hay negación del problema no habrá ninguna acción”, dijo Mullins el lunes 16. “Así es que nos vamos por nuestra cuenta. Haremos una cumbre que resuelva asuntos sobre los estándares de construcción, prácticas de manejo de combustible, capacidad de respuesta y arreglos de coordinación nacional”.

Escenarios adversos

Si los pequeños países insulares del Pacífico han cuestionado la inacción de las grandes potencias ante el calentamiento global, esto es particularmente sonoro en Australia, que actúa como el hermano mayor de Oceanía.

 

En octubre de 2018, Anote Tong, expresidente de Kiribati, publicó un artículo titulado “Mientras mi isla-nación se hunde, Australia no hace nada para resolver el cambio climático”. En él explica que su federación está a sólo dos metros de altura del nivel del mar y que discutir cuánto se permitirá que suba la temperatura global es angustioso para los suyos. “Estas fracciones de grado son cosa de vida o muerte”.

 

En una pieza editorial publicada en The Guardian Australia, Julie-Ann Richards, directora de la Red de Acción Climática Australia, recordó también que con sólo un ciclón otro de sus minúsculos vecinos, Vanuatú, sufrió daños equivalentes a dos terceras partes de su PIB. Estos fenómenos van a causar “una serie de estados fallidos”, advirtió.

 

En las zonas céntricas de las ciudades como Sídney muchos habitantes han visto los incendios sólo por la televisión. Sin embargo, los efectos de esta tragedia ya los afectan. En varias zonas sus residentes ya sienten los efectos del humo.

 

Los creadores de la aplicación digital “Fires near me” (incendios cerca de mí) deben estar entre los pocos que celebran que se haya vuelto popular. Los usuarios, como la novelista Charlotte Wood, utilizan la aplicación para conocer los estados de los incendios. “Si amplío más allá de la zona de 50 kilómetros alrededor entro en pánico porque aparecen tantos símbolos de fuego que se enciman”.

 

Además, el martes 17 se rompió el récord histórico de temperatura para diciembre, con 48 grados registrados en Oodnadatta y Port Augusta, así como un promedio de 40.9 grados para el resto del país. La marca no duró mucho: el día siguiente subió a 41.9 grados y se prevé que en el verano haya lugares que superen los 50 grados.

 

Los incendios ya han producido 250 millones de toneladas de dióxido de carbono, la mitad de todo lo que emitió el país en 2018.

 

“Después de nuestra petulancia, viene un razonamiento estoico, paciente. Es bueno que nos den esta llamada de atención. Y se va a acabar pronto”, escribió la novelista Wood. “Pero eso fue hace semanas y la paciencia ha sido reemplazada por un pavor severo, creciente. Un temor de que no se va a acabar pronto, o nunca. Se siente como el karma. Sobre esto es lo que los científicos nos habían advertido, sobre lo que nos habían rogado que pensáramos todos estos años. Ya está aquí. Y se va a poner peor”.

Este reportaje se publicó el 29 de diciembre de 2019 en la edición 2252 de la revista Proceso

 

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