Parásitos: sátira, thriller, comedia…

Parásitos. Los de arriba y los de abajo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La familia Ki, desempleados todos sus miembros, sobrevive en el sótano de un edificio armando cajas para pizzas, cuando uno de ellos, Ki-woo (Choi Woo-shik), el hijo mayor, se hace pasar por educado tutor de inglés en casa de una familia rica, mientras los demás se cuelan para ocupar y controlar el entorno. En Parásitos (Gisaenchung; Corea del Sur, 2019), los Park no caen en cuenta que han sido infestados; apenas el hijo menor detecta en los nuevos sirvientes un aroma extraño, el olor de los pobres.

Bong Joon-ho, realizador sudcoreano a quien se deben filmes como El huésped (2006) o El expreso del miedo (2013), se sirve de los géneros como de recetas de cocina para ofrecer un banquete al público; el menú sorprende en cada platillo, de la sátira al thriller, de la comedia social a la tragedia, de la picaresca al gore.

En su estructura vertical, los de arriba y los de abajo, Parásitos refleja no sólo cada elemento o miembro de la familia, en relación unívoca; al acaudalado y pedante señor Park le corresponde el malicioso señor Ki (Song Kang-ho, el actor fetiche de Bong), y lo mismo con las señoras y los hijos. Cada quien suelta una frase para definir a la clase opuesta. Para Ki los ricos son muy ingenuos, según su mujer la señora Park no es encantadora a pesar de su riqueza, sino porque tiene mucho dinero; después les tocará escuchar a ellos mismo la opinión condescendiente de los patrones hacia los de abajo.

Bong explora la suciedad, la mala fe de unos con otros, de los privilegiados y de los menesterosos, al interior de la geometría de un diseño visual preciso en imagen y manejo de planos; la narración es clara como un teorema, y el borlote de la comedia de situaciones responde siempre a una lógica; la ovación de ocho minutos y la Palma de Oro en Cannes reconocen el mérito de este director que supo destilar a Buñuel con Vittorio de Sica.

El mensaje político es eficaz, nunca pretencioso; ahí donde otros realizadores caen en el chantaje sentimental para pasar su mensaje, Bong se vale de la caricatura. Y cuando el esquema de la lucha de clases navega en la parodia, se hacen sentir la rabia, el dolor de la vergüenza y la humillación social. Exento de maniqueísmo, Parásitos es un filme que se disfruta sin necesidad de dogmas ni de culpa, ninguno de sus personajes es totalmente bueno o malo, sólo hay que verlo.

Con todo, la fuerza crítica de este trabajo de Bong, graduado en sociología en la universidad de Yonsei, no proviene de su postura política, sino de la manera de contar su historia; desde sus primeras cintas, Memories of murder (2003), el malestar de vivir en una sociedad edificada sobre un pantano donde el colapso puede ocurrir en cualquier momento, ha sido tema recurrente (El expreso del miedo, 2013); al menor descuido pueden surgir monstruos que amenacen con exterminar al género humano (El huésped, 2006). A pesar de su humor, Parásitos no es menos un tratado de la desesperación.

La zozobra que viven los jóvenes, como los hijos de Ki en ese sótano que habitan, siempre amenazados de ser exterminados como plaga en esa sociedad de primer mundo, depende de poder acceder, o no, al menos colgarse, al internet y a la red social. El resto es cuestión de ingenio para lidiar con los de arriba, que tienen la red y las instituciones a su servicio.

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