La verdad, y no la autoridad, debe determinar la justicia

El presidente Andrés Manuel López Obrador y Santiago Nieto en la conferencia de prensa matutina. Foto: Eduardo Miranda El presidente Andrés Manuel López Obrador y el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto, en una conferencia matutina. Foto: Eduardo Miranda

Al poeta Javier Sicilia

Mi país es una comunidad montada en zancos que camina sobre un extenso valle minado por las mentiras.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegamos hasta aquí, y nadie tiene aún la solución para salir.

Mientras las explicaciones son escasas, los muertos y los desaparecidos se han vuelto incontables. Perdimos la paciencia conforme la bestia envilecida de la violencia fue destruyéndolo todo.

Hoy tenemos hambre que urge a conocer la verdad. No importa cuán cruda, cuán terrible, cuán insoportable sea: sabemos que sólo la conciencia de los hechos nos salvará.

La justicia no puede ser paciente si la verdad permanece oculta. La justicia depende en todo de la verdad. Las lecciones han sido dolorosas, pero hoy sabemos que cada vez que se intentó hacer justicia a partir de premisas falsas el país se puso peor.

Aprendimos que la justicia es el método más civilizado para acudir a la verdad, y también que sin verdad nada puede ser civilizado. Sin verdad la violencia prevalece, sin verdad la paz se desvanece.

Fue Hobbes, en el siglo XVII, quien acuñó la sentencia non veritas facit legem para decretar que es la autoridad, y no la verdad, la que define a la ley.

Para el autor del Leviatán es el poder de la espada el único que puede determinar lo que es justo o injusto, legal o ilegal, verdadero o falso.

“La autoridad de los escritores, sin la autoridad del Estado, no convierte sus opiniones en ley, por muy veraces que sean”, afirmó.

En temas de justicia la historia mexicana ha sido muy hobbesiana: rara vez la verdad ha importado. Lo que el soberano decida, lo que el dictador determine, lo que el presidente establezca: eso es lo justo.

Un comportamiento político distinto sería extraordinario; desde siempre ha sido el Leviatán, y no la verdad sobre los hechos, quien resuelve la justicia mexicana.

Somos un país arrojado al juicio del poder, no al imperio de las leyes. Somos una cultura que abraza la espada a la hora de hacer que la ley se cumpla.

Por eso puede, todavía hoy –desde el Palacio Nacional–, decretarse quién es investigado y quién no, con qué árbol caído se puede hacer leña, a quién se debe perdonar, a quién se debe juzgar.

En temas de justicia el Leviatán es lo único que sigue importando: no hay novedad.

Si acaso queda la esperanza de suponer que mientras el Leviatán de antes era corrupto, el de ahora no lo es; pero ambos comparten la misma convicción: non veritas facit legem.

Con ingenuidad si se quiere, con romanticismo si se puede, sobre todo con conciencia a propósito del pasado –con urgencia y con sincero espíritu anarquista–, hay otros que, a la premisa de Hobbes preferimos oponer otra de origen latino: veritas, non auctoritas, facit iudicium. Es la verdad, que no la autoridad, la que debe prevalecer en el juicio.

Esta es la fórmula alterna para aproximarse al mismo problema. Otorgarle a la verdad una oportunidad sincera para que las explicaciones surjan, para que la realidad se conozca, para que los hechos se expongan, para que los argumentos pesen, para que la violencia no pueda repetirse.

Desde esta lógica de pensamiento, a la paz la antecede la justicia y a la justicia la verdad. El orden de los factores es determinante: verdad, justicia y paz, en esa secuencia. Aquí la autoridad no juega un papel secundario, pero no sustituye: es garante, sin duda, de que la verdad ocurra, de que la justicia surja, y todo para que la paz termine reinando, pero en cualquier caso ha de abstenerse el Leviatán de producir o solapar las mentiras, de influir en el trabajo de los jueces o de decretar demagógicamente la paz cuando lo anterior no se ha resuelto.

No ha tenido lugar en México esta otra fórmula, la que le otorga a la verdad y no a la autoridad la tarea de hacer justicia. Acaso por eso llegamos hasta aquí. Por eso hoy contamos asesinatos en un número cercano a los 300 mil y hablamos de desaparecidos que rondarían los 60 mil.

Arribamos a este valle envilecido porque la verdad ha sido irrelevante, mientras que el Leviatán ha sido poderosísimo. Nos hallamos aquí porque antes nos pidieron paciencia y la concedimos.

Supusimos que debíamos convencer al Leviatán para que con su espada dictara verdades justas, pero nos engañó.

Ahora le rogamos al nuevo Leviatán para que haga lo que sus predecesores no hicieron, pero éste tampoco está dispuesto a renunciar a la misma premisa de antes: Non veritas facit legem.

Pedirle al poderoso que convoque a resolver este batidillo es una fórmula que nos ha salido muy mal.

Acaso deberíamos darle oportunidad a la premisa contraria: veritas, non auctoritas, facit iudicium.

Si San Fernando, Tlatlaya, Piedras Negras, Cadereyta, Ayotzinapa, Apatzingán, Las Muertas de Juárez; si Mier, Boca del Río, Lázaro Cárdenas, La Piedad, Coatzacoalcos, Minatitlán; si los feminicidios de Ecatepec; si las miles y miles de fosas hubiesen sido atendidas con el Leviatán obligado a respetar la verdad, hoy México habría descendido de sus zancos, con él pisaríamos todos tierra firme y estaríamos andando rumbo a una pacificación cierta.

Quiera o no quiera el poder, nuestro país merece dejar atrás aquellas fórmulas que han fracasado.

“Ellos, como todo el pueblo mexicano, andan buscando a sus desaparecidos, y sobre todo andan buscando la verdad”. Homilía del obispo de Chilpancingo, Salvador Rangel, a propósito de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa que desaparecieron hace 63 meses.

Este análisis se publicó el 29 de diciembre de 2019 en la edición 2252 de la revista Proceso

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