El tercer evangelio: Apuntes heréticos (Segunda y última parte)

La matanza de los Santos Inocentes

Juan el Bautista

Según Lucas, en tiempos del rey Herodes, esto es entre los años 6 y 4 antes de la era actual, Isabel, esposa de un sacerdote llamado Zacarías, estaba embarazada de quien, con el tiempo, sería Juan el Bautista. Seis meses después el Espíritu Santo hizo concebir a la virgen María. En los días siguientes, María, ya embarazada, visitó a su pariente Isabel en las montañas de Judá; el feto que se hallaba en el vientre de Isabel brincó de gusto.

Esta leyenda, como otras que narra Lucas, contradice el contexto “histórico” que presenta él mismo en el capítulo 2. En él refiere que Jesús nació en los tiempos del censo ordenado por César Augusto, que tuvo verificativo el año 6 de la era actual, cuando menos 10 años después de la muerte de Herodes.

Si se ha de dar crédito a las dos versiones que presenta el mismo evangelio, habrá que aceptar un hecho insólito: que el embarazo de María duró entre 10 y 12 años. Pudiera tratarse de uno de tantos milagros que rodean la vida de Jesús.

Nacimiento de Jesús

Lucas ubica el nacimiento del Mesías durante el censo que ordenó levantar César Augusto. Éste, como se ha dicho, se realizó el año 6 de la era actual; es decir, alrededor de 10 años después de la fecha que señala Mateo como del nacimiento de Jesús. El autor de Lucas, ignorante de la naturaleza del censo, de la historia romana y de la geografía de Judea, para ajustar su evangelio a la profecía en el sentido de que el Mesías nacería en Belén, dice:

“Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén por ser él de la casa y familia de David, para ser empadronados con María, su esposa, que estaba en cinta.”­

Según Mateo, con posterioridad al nacimiento de Jesús llegaron a Jerusalén unos magos provenientes del Oriente con el propósito de adorarle; ellos, para saber el lugar de su nacimiento, recurrieron al rey; éste, después de consultar a sus asesores, fue informado de que nacería en Belén. El rey proporcionó ese dato a los viajeros con la súplica de que tan pronto lo adoraran, regresaran a informarle del lugar exacto, para también él ir a adorarle.

Lo anterior implica que el rey Herodes aún estaba en pleno uso de sus facultades; si se toma en cuenta que ese rey murió el año 4 antes de la era actual, es de suponerse que el nacimiento y el viaje de los magos fue más allá del año sexto, lo que implicaría que Jesús nació mucho antes.

Mateo y Lucas parten del supuesto de que Herodes, uno de los reyes más inteligentes, era un estúpido. Sólo gente poco informada, como lo fueron ellos, hace depender la acción del rey de la información que proporcionaran unos extranjeros. Ignoran que Herodes fue un rey extremadamente diligente, astuto y previsor. Ese es el retrato que pinta de él Flavio Josefo.

Belén no está a cientos o miles de kilómetros de Jerusalén; sólo las separa una colina y menos de 15 kilómetros. Si, efectivamente, hubo la aparición de ángeles que anunciaban el nacimiento de un nuevo rey, tal como lo asienta Lucas, esa noticia, por demás extraordinaria, de haber sido real, de inmediato debió haberse propalado por todos lados y llegado al conocimiento de Herodes, bien por las autoridades de la población, bien por viajeros o como un simple rumor.

Al respecto Lucas afirma: “Y viéndolo, hicieron notorio lo que les había sido dicho del niño. Y todos los que oyeron se maravillaron de lo que los pastores les decían”.

Lo de los ángeles y pastores es una más de las invenciones de Lucas. Narrando cosas extraordinarias pretendió resaltar la superioridad de su biografiado respecto del nacimiento de los héroes y hombres ilustres de la antigüedad.

De Alejandro el Grande se afirmaba que también era hijo de un Dios y que ese hecho fue confirmado por el oráculo de Amón, en Egipto. De su madre Olimpia y de él se decía que le había caído un rayo en el vientre que la embarazó; que Filipo, padre putativo de Alejandro, tuvo un sueño en el que aparecía un sello con la imagen de un león en el vientre de su mujer y que ello significaba que iba a tener un niño valeroso. Para explicar que Filipo careciera de un ojo, se comentaba que lo había perdido por estar viendo, a través de una rendija de la puerta, cuando el Dios Amón, en figura de dragón, se ayuntaba con su esposa.

De su nacimiento se contaban cosas extraordinarias, una de ellas, que la misma noche en que nació se incendió el templo de Ártemis o Diana, en Éfeso, debido a que la Diosa se distrajo atendiendo el parto de Olimpia, la madre de Alejandro. Por pura coincidencia Alejandro murió a los 33 años, tal como lo afirma Lucas de Jesús.

NOTA RELACIONADA: El tercer evangelio. Apuntes heréticos (Primera parte)

 

Fecha y naturaleza del censo

Lucas dice: “Y aconteció en aquellos días que salió edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuera empadronada.

“Este empadronamiento primero fue hecho siendo Cirenio gobernador de la Siria.”

Según se desprende de ese pasaje de Lucas, hubo dos censos, uno, el realizado en tiempos de Cirenio, en el año 6 antes de la era actual, es decir cuando aún vivía Herodes.

Flavio Josefo, un noble judío, a pesar de haber nacido en el año 37 de la era actual, por haber vivido en Judea estuvo mejor informado de las cosas de la región y de la naturaleza del censo ordenado por César Augusto; comenta: “I. Cirinio, perteneciente a la orden senatorial… se presentó en Judea para llevar a cabo el censo de propiedades judías y para vender los bienes de Arquelao. Y los judíos, aunque al principio no querían en absoluto oír hablar de catastro, fueron cediendo en lo más de su oposición, al convencerlos el Sumo Sacerdote Joázar hijo de Boeto”.

El otro censo, el que supuestamente dio lugar al viaje de José y María a Belén, se celebró en el año 6 de la era actual, es decir, 12 años después del hecho en los tiempos de Cirenio.

El censo ordenado por César Augusto fue también con fines fiscales o recaudatorio y no poblacional, como insinúa Lucas. Dión Casio informa que durante el consulado de Emilio Lépido y Lucio Arruntio, es decir en el año 6 de la era actual, hubo una gran crisis económica en el imperio romano:

“Y puesto que se carecía de dinero suficiente para todo su ejército, presentó una propuesta al Senado para que se pagara anualmente un impuesto que fuera suficiente para tales necesidades, de modo que recibiera su manutención anual y el premio de licenciamiento sin que ninguna fuente de ingresos ajena a tal fin fuera gravada con tales gastos.”

En parecido sentido se pronuncia T. Mommsen: “Me refiero al censo corregido y mejorado, cuya reforma emprendió César primeramente en Italia. Antes de él –cosa increíble– no se había formado jamás el censo, sino en Roma, con gran perjuicio de sus ciudadanos recargados y de los negocios públicos. Por una ordenanza de César se disponía que en lo sucesivo, al mismo tiempo que se hacía en Roma el censo, se hiciera también en todas las ciudades de Italia bajo la dirección de la autoridad local y que las listas indicasen el nombre de cada ciudadano, el de su padre o el de su patrono manumisor, su tribu, su edad y sus bienes, y se remitieran, en tiempo útil, al funcionario del Tesoro romano, teniendo éste a su vez la obligación de formar, en una época determinada, el estado general de las ciudades y de su riqueza”.

En ese contexto, dada la naturaleza del censo, no era necesario realizar el supuesto viaje que hicieron José y María de Nazaret a Belén, tal como lo menciona el autor del evangelio de Lucas.

Si Jesús nació durante el segundo censo, en el año sexto de la era actual, e inició su ministerio como a los 30 años, es decir en el año 36, para ese entonces ya había dejado de ser procurador de Judea Poncio Pilato, y por lo mismo éste no pudo haber asistido al juicio en que Jesús resultó condenado.

Incongruencia en las fechas

Según el evangelio de Lucas, en el año 15 del reinado de Tiberio, es decir entre los años 28 y 29 de la era actual, Juan el Bautista inició su prédica y se dio el bautizo de Jesús. Si éste había nacido en el año 6, entonces Jesús tenía 22 años cuando fue bautizado e inició su ministerio.

No obstante, el mismo Lucas informa que Jesús, al comenzar su ministerio, tenía como unos 30 años de edad; si efectivamente había nacido en el año 6, ello significa que lo comenzó en el año 36 de la era actual, cuando Poncio Pilato dejó ser procurador de Judea; si el ministerio de Jesús duró aproximadamente tres años, su proceso y muerte debió ocurrir en el año 39, cuando Poncio Pilato ya no era procurador.

Nazaret

En el evangelio de Lucas se observa otro anacronismo –pudiera ser una interpolación tardía y su presencia en el texto denota ignorancia de la geografía de Judea–: se alude a Nazaret como una población, pero ésta, a decir de los estudiosos, no existía en el siglo I, en el tiempo del nacimiento de Jesús:

La ciudad de Nazaret no apareció en la tierra hasta después de que se conociera la historia del evangelio. Como dice Holley: “No existe un lugar como Nazaret en el Antiguo Testamento ni en los trabajos de Josefo ni en los primeros mapas de la Tierra Santa. El nombre fue aparentemente una invención cristiana posterior. De hecho, la ciudad ahora llamada Nazaret está cerca del Monte Carmelo, lo que indica que fueron los carmelitas quienes la crearon.

“Jesús, por lo tanto, no era de Nazaret ni pudo vivir en ella, puesto que no existía en la época de su nacimiento. La finalidad de ponerle allí era hacerle un nazareno o nazarita, de forma que fuera igual que el más famoso nazarita, Sansón, un mito solar.”

Viaje a Egipto de José, María y el niño

Mateo refiere que, al nacer el niño Jesús y al sentirse burlado Herodes por los viajeros provenientes de Oriente, el ángel del Señor, en sueños, se apareció a José y le ordenó tomar a María y al niño y huir a Egipto, para ponerse a salvo de Herodes el Grande. La familia salió huyendo; regresó cuando el mismo ángel le ordenó hacerlo, por cuanto a que había muerto Herodes. Lucas no hace referencia al viaje a Egipto.

Un viaje a Egipto es un elemento común a los hombres engendrados por los Dioses o que fueron ilustres. Viajaron a ese país Heracles y Perseo, hijos de Zeus; Licurgo de Esparta, Pitágoras, Solón, Tales de Mileto, Eudoxo, Platón, Alejandro el Grande y Apolonio, entre otros.

Epílogo

El autor del evangelio de Lucas, con el ánimo de hacer creíble su relato y aceptable lo que él llama “su investigación diligente”, aporta datos históricos para ubicarlo en el tiempo y en el espacio; ignoraba que un mito, como el que refiere, es atemporal. Las narraciones de hechos fabulosos comienzan: “Hace mucho tiempo, en un país muy lejano…”. Con esa fórmula no se tiene que acreditar o ubicar en el mundo y en el tiempo o probar los hechos de un relato.

Hay muchas inexactitudes, incongruencias y plagios en el llamado evangelio de Lucas. No se podía esperar más de un autor que trató de cristianizar los mitos griegos. Ese evangelio y los restantes, desde el punto de vista histórico, merecen tanto crédito como la Ilíada, la Odisea, la Eneida o la Biblioteca de Apolodoro.

  1. Klausner dice: “Partiendo de estos relatos orales, se desarrolló primeramente Marcos, en el cual todavía resuenan las narraciones de Pedro, con pequeños cambios sobre el Evangelio arameo primitivo; luego vino Lucas, que proporciona todo el material adicional que había adquirido, y finalmente Mateo, que añadió cuanto consideró necesario. Siendo el evangelio primitivo solamente oral, es fácil explicar las semejanzas y diferencias que aparecen en los Evangelios subsistentes, puesto que sus autores no fueron historiadores en el sentido moderno. De modo que no podemos buscar en ellos la historia desnuda, sin adornos, sus compilaciones de naturaleza religiosa, que tratan de retratar el carácter mesiánico de Jesús, y ordenar la historia de su vida de tal modo que aparezca cumpliendo las profecías del Antiguo Testamento”.

Nota final

A lo largo de estas notas se ha utilizado el término Dios o Dioses con mayúsculas. Se ha procedido así por respeto a todas las creencias. No es una novedad; se siguió la opinión de los especialistas:

“El problema está en cómo tratar la palabra dios. ¿Deberíamos escribirla con mayúscula? Si es así, ¿cuándo? He seguido la práctica poco común de John Barclay: escribir Dios con mayúscula en todos los contextos, se trate del Dios de los judíos o del Dios –Dioses– de los gentiles. La reflexión de Barclay al respecto refleja del mayor modo posible el espíritu de «juego limpio»: «Me ha parecido mejor situar a todas las partes en un mismo plano en lugar de sucumbir a la presunción judeo-cristiana de que sólo su deidad es verdaderamente ‘Dios’, mientras que el resto son sólo ‘dioses’ –o algo peor–». También habría sido posible usar minúsculas en todos los casos –«dios», «dioses»–, pero Barclay opta por la mayúscula «puesto que es el modo habitual de mostrar respeto por las creencias y prácticas de los creyentes».”

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Cap. 1.

Miqueas cap. 5, v. 2:

Lucas, cap. 2. vs. 1 a 5.

Cap. 2, vs 1 a 8.

Cap. 2, vs. 8 a 18.

Cap. 2, vs. 17 y 18.

Plutarco, Vidas paralelas, Alejandro, caps. II y III, Editorial Planeta, Barcelona, 1991, p. 485 y siguiente.

Solino, Colección de hechos memorables, 40, 2 a 4, p. 489 y Plutarco, op. cit. II.

Cap. 2, vs. 1 y 2.

  1. Bultmann, op. cit., p. 22.

Antigüedades judías, Akal/Clásica, Madrid, 2013, libro XVIII, 1, pp. 1078 y 1079.

Historia romana, Gredos, Madrid, 2011, p. 330.

Historia de Roma, Aguilar, Madrid, 1965, tomo II, pp. 1098 y 1099.

Cap. 3, v. 1.

Cap. 3, v. 23.

Flavio Josefo, Antigüedades judías, XVIII, 85, Akal, Madrid, 2013.

Acharya S, La conspiración de Cristo, Valdemar, Madrid, 2005, p. 310.

Cap. 2, v. 13

Plutarco, Obras morales y de costumbres (Moralia), tomo VI, 354, E, 10, Gredos, Madrid, 1995, p. 74, y Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Buenos Aires, 1993.

Op. cit., p. 77.

Heikki Räisänen, op. cit., p. 20 y 21.

Este ensayo se publicó el 29 de diciembre de 2019 en la edición 2252 de la revista Proceso

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