Quinto Aniversario Luctuoso: Nunca sin ti

Susana Ibarra y Julio Scherer. Foto: Cortesía Familia Scherer Susana Ibarra y Julio Scherer. Foto: Cortesía Familia Scherer

A través de sus propias vivencias, sus recuerdos y la correspondencia de su madre, Susana Ibarra Puga, fallecida 26 años antes de la muerte de su esposo, Ana Scherer Ibarra reconstruye en este relato, escrito con pulso firme, a la vez tierno y conmovedor, facetas íntimas, inéditas, de la vida personal, conyugal, familiar y profesional de Julio Scherer García, en el quinto aniversario de la desaparición física del fundador de Proceso.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La vida y la muerte son dos características inherentes a la condición humana. La una no existe sin la otra, igual que el bien y el mal. Entonces, por qué me afligía tanto la proximidad de la muerte. Luchaba por convencerme de que ésta no es tan terrible, que en el fondo puede ser amiga del que está extenuado. Aun así, en ese año funesto sólo deseaba traer la vida eterna a esta vida.

Mi madre moría. Quería sostenerla hasta el agotamiento, caminar por su laberinto, aliviar su sufrimiento y disminuir el mío. Toda ella corría por mis venas. La miraba tan cerca, tan presente, tan mía. Con la voz ahogada, le dije una noche mientras la acariciaba: “Eres la vida que no se puede ir. ¿Cómo podría vivir si tú no existieras?”.

Si esa noche hubiera sido yo quien muriera, me habría llevado una gran pena frente a mi madre: en mi relación con ella era una simple fracasada. La desolación me ganaba, se convertía en el símbolo de mi alma que se estaba rompiendo a pedazos. Su enseñanza al límite de sus fuerzas fue que la vida era maravillosa aunque no la supiera mirar. En ella estaban el sol y el mar, el viento y los amaneceres, el cielo y las estrellas; las alegrías, los bosques, los sueños y el amor.

La amaba entonces tanto como la amo ahora. Se fue de mi lado con la suavidad con que se marchita una flor, con el ímpetu de la muerte que corta de un tajo la vida. Hoy no sé cómo son sus ojos, cómo se escucha su voz, como se siente la caricia de sus manos.

A los 61 años de edad, Susana Ibarra miró de frente a su adversario. Todo cuanto tuvo y fue le sería arrebatado por un enemigo invencible: el cáncer. Cuando se percibe el fin desde su inicio, se va más rápido que el tiempo. No la acobardó esa certeza. No aspiraba a la grandeza, su ambición era el aquí y el ahora, la serenidad, la vida vivida con los suyos.

Luego de conocer el diagnóstico expresó su última voluntad sin titubeos: “Deseo morir en mi casa, en la amada compañía de mi marido y mis nueve hijos”.

Hacía casi un año que sabía. No le amargaba esa certeza. No tenía miedo, en absoluto. Ni prisa. Iba muriendo día a día, viviendo con intensidad cada instante. Y sufría en privado dolores que sólo podían ser mitigados con fármacos potentes, sin queja alguna. El valor y la dignidad sostuvieron su moral y la de sus seres queridos.

Son diversos los rostros del dolor: hay dolor paciente y dolor silencioso pero desesperado. Hay uno que vocifera y se retuerce y otro que sonríe. Para nosotros, extranjeros en el mundo de dolor de nuestra madre, cada expresión suya era un enigma, un misterio o una lección.

Pasó sus últimos 100 días en la habitación que ocupó con mi papá 35 años, recostada en un reposet tapizado de flores. Nuestras conversaciones fueron siempre propositivas, llenas de esperanza, de vida. Y mientras a ella la iba abandonando, nos sostenía, nos consolaba. Nunca nos ataron las lágrimas.

De ese cuarto salíamos con el corazón enternecido, inmunes contra el egoísmo. Ahí comprendimos cuánto tiene quien ya nada posee, pero que se posee a sí mismo, en esa inconsciencia del individuo sano que ignora el tesoro que tiene en el equilibrio perfecto de su propio cuerpo.

“Mi postración, mi incapacidad de valerme por mí misma”, me confió una tarde, bajita la voz, “me agobian, igual que la percepción que puedan tener de mí. Pero esto no es lo que soy, es mi enfermedad y, como cualquier otro padecimiento, avanza.

“Sigo viva, hay personas a las que amo profundamente, con las que quiero disfrutar hasta el último instante que me quede. Aún tengo momentos de dicha, plenitud y felicidad. No quiero que piensen que sufro. Estoy luchando. Batallo por ser parte de su presente, por seguirme identificando con la persona que antes fui y seguiré siendo en su recuerdo.”

El domingo 11 de junio del año 1989 la muerte nos golpeó con la impiedad de un enemigo. No recuerdo en la vida familiar una época más desolada, más lenta, más trabada por el desacomodo de las cosas. A partir de esa mañana sólo tendríamos una salida: querernos más entre nosotros y pensar en Susana con regocijo. Ella vivió para dar alegría y hacernos fuertes en una conducta firme.

La noche del 11 de junio no hubo velorio a pesar de los amores que esta mujer incomparable dejaba. La angustia quebró a Julio, su esposo. No quiso para ella mentiras, amores temporales o tardíos, sufrimientos y condolencias expresados sólo por un día. Su duelo fue tan inmenso que no quedó espacio para el de los demás.

La muerte es algo muy íntimo, nos dijo mi padre esa noche, luego decidió que nadie acompañaría al cuerpo de su esposa en la agencia funeraria.

La sepultamos al día siguiente en el Panteón Francés, no más de 20 personas. Paradójicamente, su fallecimiento unió como nunca a la familia y la colocó a ella en el centro mismo de nuestro universo, de nuestros corazones, de nuestras conciencias.

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Susana Gloria Ibarra Puga es el nombre completo de mi madre. Provenía de una familia modesta. Ferrocarrilero su padre, Jesús Ibarra, fue, a la postre, diputado federal. Su madre, Ana Puga, resultó huérfana a causa de la revolución mexicana. Se dedicó a las labores del hogar hasta dirigir su energía al estudio del arte, ya viuda.

De niña, Susana tuvo pocas oportunidades de disfrutar, frecuentemente enferma o con problemas de índole económico para lograrlo. Ya adolescente recordaba fabulosos pasteles que le permitían invitar a los amigos.

Escribió Julio Scherer García sobre su cónyuge en Vivir, Random House Mondadori, 2012:

“Mi madre no quería a Susana y Susana me arrebató de sus brazos; la madre de Susana no me quería y yo la arrebaté de sus brazos. Vivíamos un amor exclusivo, centrado en nosotros mismos.

“Discrepábamos en todo. Susana bailaba maravillosamente y yo me paralizaba frente a una pista; Susana se detenía frente a una alberca y yo tenía al agua como mi propio elemento; Susana era romántica y nunca le llevé serenata o escribí un poema; Susana era católica, apostólica, romana, y yo me desprendía de los dogmas.”

Susana estudió en el Centro Cultural Universitario, prolongación del Instituto Bachilleratos, dirigido por jesuitas y antecedente de la Universidad Iberoamericana. Ahí se conocieron mis padres.

Mi mamá cursó filosofía. Habría preferido ser química, pero mi abuela se opuso con el argumento de que allá estudiaban sobre todo hombres.

Con vocación especulativa y filosófica, Susana Ibarra, en su sencillez, buscó siempre descubrir la verdad por sus últimas consecuencias y logró en poco tiempo que su joven esposo, inmaduro a su juicio, se dedicara también al estudio de esta disciplina que lo haría, según ella, mejor persona.

La alegría y generosidad de mi mamá traspasaron las puertas del hogar y alcanzaron a todos los que tuvieron la oportunidad de conocerla y tratarla. Entendía y ejercía la compasión, esa virtud cultivada de ponerse en el lugar de otro, de padecer y solidarizarse con el prójimo. La educaron en el temor a Dios, a quien amó por sobre todas las cosas hasta que conoció a Julio Scherer.

Ella quería hijos, contaba mi padre, y él sólo la quería a ella. Procrearon nueve por la voluntad de Dios y de Susana. De su cuantiosa descendencia, creía que todo se reducía a un problema de conciencia. Y ella nunca dudó hacia dónde dirigir la suya. La numerosa familia que formó esta pareja dio cuenta cabal de quiénes fueron.

Con más de medio siglo a cuestas, Julio Scherer García escribiría a su mujer:

“Hemos resistido los malos tiempos y conservamos intacto nuestro ánimo. Sabemos que buena parte de la vida ya se nos fue, pero confiamos en los días hermosísimos que pronto habrán de colmarnos. Entre tú y yo, Susana, ya no puede haber malos entendidos ni malas acciones. Aprendimos que nada es comparable a la unión de todo lo que somos, la unión de lo de adentro y lo de afuera, que lo de adentro y lo de afuera nos explica y fortalece.

“No te quiero con las palabras que suelen hablar del amor. Te quiero con alegría y la ilusión de continuar juntos venga como venga el futuro, que te auguro vendrá lleno de paz y adhesión entre nosotros.”

Susana bendijo cada día la relación con el hombre que marcó y gobernó muchos de sus años hasta envolverlos, como un hechizo, en el aliento de un solo nombre: Julio. Y se inscribió con naturalidad en la historia del personaje que supo sufrir solo, golpeado, desairado, incomprendido. A la biografía de aquel que rechazó plegarse a las Iglesias, a los miedos, a las modas, al dinero, a los proyectos ideológicos, a los principios absolutos vinieran de donde vinieran, recubiertos de cualquier color; del hombre que hizo de la libertad de expresión su modo de vida y su bandera.

Vivía ella, sin embargo, inconforme con la cotidianidad que conducía al ascenso profesional de su marido. Meses que se sucedían unos a otros en soledad, desayunos, comidas y reu­niones que llevaban a su esposo siempre fuera de casa. Cenas en que lo acompañaba mas no lo veía. Los días en que la pasaban juntos, él tenía que leer, cultivarse, adelantar sus quehaceres. Otros ratos libres tenía que aprovecharlos en descansar o dormir. Acababan los espacios de charla, el momento que conduce a la intimidad y el común examen de anhelos y ambiciones compartidas.

Como madre, Susana se dedicó casi de manera exclusiva a la formación de los hijos y fue administradora única de los salarios del cónyuge. A mi papá terminó por no explicarle la economía familiar, porque cuando la asimilaba, se entristecía, y cuando le ganaba la euforia, le aseguraba que en la vida el dinero no tenía valor.

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Meses después del fallecimiento de mi madre, mi padre recibió un obsequio que atesoró cada día. Mi mamá mantuvo comunicación epistolar, casi 10 años, con sus compadres, los amigos más queridos de ellos dos: José de Lima y su esposa, Odette Jouanen. Pepe le regalaría a mi papá todas las cartas que habían recibido de mi madre.

La correspondencia empezó a fluir entre ellos cuando Pepe fue nombrado director de la Nestlé para Centro y Sudamérica y tuvo que cambiar su residencia de México a Guatemala.

El nombramiento se dio a la mitad del ciclo escolar. Los De Lima tenían, en ese entonces, siete hijos. Viajarían con las mujeres y el hijo menor. Sin embargo, los mayores no debían perder el año, de modo que pidieron a mis padres cuidar de los muchachos en nuestra casa mientras concluía el semestre.

Mi mamá daba cuenta de la salud, el comportamiento y las finanzas de los jóvenes y aprovechaba para hacer confidencias a sus amigos, para desahogarse, para pedirles consejo o simplemente manifestarles su cariño y contarles de los Scherer y sus circunstancias.

Unos años antes de la partida de mi papá, éste le entregó las cartas a una de mis hermanas y le pidió sacar fotocopias para distribuirlas entre sus seis hijas. Por una razón que desconozco todavía, no llegaron a mis manos.

Supe de su existencia por Pablo, el primogénito de nuestra familia, albacea de mi papá, quien compiló y resguardó el legado que le fuera encomendado. Y tuve con mis hermanas un desencuentro. Ninguna conservaba su copia de las cartas, sólo existían las originales que quedarían entre los efectos personales de mi papá hasta que decidiéramos, entre los nueve, el destino final de esos documentos.

Fue gracias a Julio, mi hermano, que pude tenerlas casi de inmediato. Él consiguió lo que yo no pude: que Pablo le prestara el legajo para fotocopiarlo una vez más y repartirlo. Hizo empastar las hojas en piel color rojo, grabado en letras doradas, al frente del manuscrito, el nombre de nuestra madre, “Suzana”, tal y como ella lo escribía. El volumen consta de 417 cuartillas manuscritas con la fina caligrafía materna.

La maternidad es como la siembra, anotaría ella en una de sus cartas:

“Entre más me he dado a mis hijos, más espero recoger. No hablo de cariño ni compañía o auxilio. Basta la felicidad y el orgullo de verlos transformarse en personas de bien. Me he vertido totalmente en ellos. Su bondad y alegría son, en mucho, mías, y entre más persevero y me esfuerzo en que sean rectos y buenos, más me complazco en calibrar los resultados. Aún no me dan penas, son lo más intenso, lo más sincero de mi cariño que, como ellos, cada día parece crecer hasta tocar los linderos de lo increíble.”

En otra, se quejaba de que en el Excélsior, el trabajo, la pasión por el deber absorbían a mi papá y que, a pesar de comprenderlo, no se conformaba con la situación. La subsistencia entre problemas y niños, entre enfermedades y achaques, le agobiaba. El trato con personas con las cuales no tenía el menor contacto y la ausencia de aquellos a los que realmente quería, la frustraban.

Ella no quería prescindir de su marido, de su compañía y consuelo. Le faltaban descanso y tranquilidad, como a él. A él concurrían mil causas para que no los tuviera, afirmaba. Sin embargo, él era la causa fundamental de que ella viviera abrumada. Le exigía una convivencia más normal y acababan de pleito. Se arrepentía y proponía sostenerle. Pasaban semanas sin que pudiera contarle sus penas.

Mi papá le respondía que no quería verla nunca enojada o triste, cualquier cosa antes que eso. Entonces, mi mamá se proponía no ser nunca un obstáculo en su ruta y ascenso por la vida. Sumaba ya más de dos décadas de amarlo, de sufrir con él, de tratar de comprenderlo y anteponer sus sueños a los propios.

De la época en que mi papá colaboró en Últimas Noticias (febrero de 1963), mi mamá hace referencia al deceso de don Rodrigo de Llano, director del Excélsior. Escribiría que en las casas del difunto y de Manuel Becerra reinaba el histerismo, habían recibido anónimos amenazantes. Se preguntaba si don Manuel sería designado como el próximo director del diario. Le inquietaban los cambios en el periódico y la forma en que éstos afectarían a mi papá.

Julio y Susana quisieron a don Rodrigo, sintieron su pérdida. Agradecieron la buena voluntad y el afecto que este hombre manifestó siempre a mi padre. Pero su muerte les traía desasosiego y los ponía fuera de balance.

Una de las cartas llamó poderosamente mi atención. A lo largo de nuestras vidas mi papá nos fue entregando sus secretos. Sin embargo, no recuerdo haber escuchado esta historia, tal vez perdida por el paso de los años. De ella me enteré por puño y letra de mi madre dirigiéndose a Pepe de Lima, su confidente:

“Julio medita la posibilidad de dejar el Excélsior. Don Manuel, créame, carece de los tamaños que usted le atribuye. Es sólo un viejo que declina, es por eso que a él no le guardo rencor y le comprendo. No quisiera uno a su edad y con sus problemas verse rodeado de semejantes responsabilidades. Sin embargo, me puede cómo trata a Julián. Es injusto con él. Al relatármelas día con día, Julio me comenta: ‘No puedo con tanta cochinada, Susanita, he de largarme de este periódico’. Y eso, créame Pepe, me trastorna, me asusta.

“Sé que proyecta conseguir trabajo fuera de un periódico. Fue el licenciado Agustín Yáñez quien le propuso que de no salir don Manuel de director o de no estar a gusto, él le proporcionaría un empleo de mayor remuneración económica a su lado. ¿El futuro de Julio no se vería trastocado con ello? Será esa necesidad que sentimos las mujeres de acabar con la incertidumbre lo que me hace repetirle que reflexione, se serene y hasta después tome una resolución. (Agosto 1963.)

“Me preocupa oírlo hablar de renunciar, de dedicarse a otra cosa que no sea el periodismo, profesión en la que no encuentra comprensión ni bienestar económico. Julián cuenta con muchas malas voluntades que con gusto le aplastarían. Ser ayudante de un director anti diluviano no me parece estable. Temo que con la falta de éste, la ola de animosidad detenga a Julio y, lejos de acercarle a su meta, lo friegue. Él se desploma cuando siente que hay pura animadversión y envidia alrededor de su trabajo. Los amigos en tiempos difíciles, lejos de animarle, parecen querer quedar al margen. Los amigos de Julián dentro del periódico, yo sinceramente creo poder contarlos con los dedos de la mano.”

Y a su amiga Odette le preguntaba si podía imaginar la pesadumbre que sentía ante un cambio de rumbo, al no ver consolidado el lugar de su esposo en el periódico. Sin embargo, escribió mi mamá estar dispuesta a todo, “con la sola necesidad de saber que estamos en lo cierto, que Julián no actúa sólo por despecho, que yo no le impulso a quedarse fundada tan sólo en el egoísmo.

“Quiero su bien, que será siempre el mío, pero tengo, no sé por qué, un miedo inmenso a esa indecisión que quita el sueño por las noches y una infinita nostalgia de los años pasados.”

Julio Scherer escribiría de don Manuel Becerra, su jefe en ese entonces:

“No admitía sombras su sol renacentista. Tenía empleados, nunca compañeros, y no les permitía libertad ni iniciativa. Exigía sumisión absoluta y la perfecta ejecución de sus órdenes. Se trabajaba para él, no con él. Aplastaba y humillaba sin consideración y nadie era merecedor de un elogio pues en su ánimo no había razón para estimular a ninguno.”

Respecto al tema que provocaba tanta angustia a mi mamá, el vislumbrar nuevos horizontes, se confía nuevamente a José de Lima:

“Ayer finalmente tuvimos una disyuntiva que nos inquietó bastante. Bajo secreto de confesión le cuento, Pepe, que ofrecieron a Julio la dirección de Novedades. Esperan que resuelva hasta el miércoles. Julio pidió mi opinión franca. Temblé en la cocina mientras calentaba la cena. Deseaba calentarme el espíritu y responder tranquila.

“Imagínese: tenemos severa necesidad de aumentar nuestros ingresos. Julián gana ocho mil pesos mensuales. Le ofrecen veinte. Mi visión de mujer realista y angustiada clamaban por decirle: ¡Vete! ¿Y nuestros sentimientos, nuestra lucha, mis ambiciones, dónde quedan?

“Me contuve de dar una opinión directa. Traté sólo con palabras, de las cuales soy la primera en felicitarme, de tranquilizarlo. Él sabe lo mismo que yo, que se trata de nuestra carrera, de aspiraciones, de sufrimientos, de trabajo pero nunca de ‘nuestra gente’. A nosotros, ahí en el Excélsior, no nos quieren. Los que nos invitan y sonríen, nos valoran, pero amigos por quienes se parte el alma en la batalla, son bien pocos.

“Como todas las mujeres, Pepe, entiendo de sentimientos pero no de luchas, que yo soy la primera en desconocer su inicio y su fin y cambiaría todo por una tranquilidad que intuyo, no llegará nunca. Me pregunto: ¿qué es esta incógnita, estamos destinados a la zozobra y la disputa? ¿Debemos hasta el final entregarnos de buena fe a gentes que nos harían cien pedazos para conservar intacta su vida? ¿Qué hacer, qué aconsejar?”

Susana Ibarra vivió en carne propia el drama de un individuo que no se adaptó jamás a la mediocridad, a la censura, la injusticia, la inequidad; al hombre que fue tras la utopía. El que no se sometió al autoritarismo de nuestro gobierno, a su corrupción o su ineficacia. El que pensó y actuó con valentía y por ello fue señalado y perseguido. Esta mujer entendió a la perfección el esfuerzo, el trabajo, la angustia, el aislamiento, la soledad y el dolor intenso que la verdad exige a un reportero.

Respecto al ejercicio del periodismo, ambos creían que la obligación de servir era permanente pero no infinita. Tenía un límite, prestar un servicio útil a la sociedad sin faltar al respeto a la dignidad de dicha sociedad y a la de ellos mismos.

Susana Ibarra estuvo al lado de Julio Scherer en los momentos aciagos, los de prueba, los que calibraron sus vidas. Y lo condujo con sabiduría por la senda que recorrería el periodista en la segunda etapa de su existencia: la de escritor. Con el apoyo incondicional de su mujer, escribiría el primer libro, La piel y la entraña, que años más tarde sería transformado por el propio autor.

Había tres opciones para la edición de La piel y la entraña. No pudo ser impresa por Yáñez, no estuvo terminada en el plazo establecido (septiembre de 1964). El culpable fue Siqueiros, que trató de convencer a mi papá de que la publicara como parte de una gran biografía escrita por el muralista.

Luego, las dificultades surgieron por parte de la editorial del Soldador. El dueño era enemigo de Siqueiros. No beneficiaría ni indirectamente al pintor. Elogió grandemente el libro pero puso trabas. Al final, se concretó la tercera opción.

El título apareció en 1965, editado por ERA. Cinco mil ejemplares. La segunda edición tuvo un tiraje de 10 mil. Fue impreso el 15 de enero de 1974 en los talleres de Rotograbado de Excélsior, Compañía. Editorial, S.C.L. México, DF.

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Susana Ibarra fue estrella polar en el navegar a la deriva de Julio Scherer García. A ella vino para ser contenido la noche de la traición que marcaría su destino: el golpe a Excélsior. Ese día, él sintió por vez primera llegar la muerte, se cansó de vivir; lo rindió ese agotamiento surgido del cansancio de perder, cuando comprendió que esa etapa de su batallar se había resuelto en una derrota.

Era suficiente con mirar atrás para concluir que la sombra del fracaso afectaba su presente con la impiedad de un tumor maligno. Bastaba con que desanduviera el camino para comprender que su única victoria había consistido en no rendirse ante nada ni nadie, en no ceder ni ante los momentos de incertidumbre, amenazas o duda.

Susana Ibarra fue piedra angular en la construcción del verdadero proyecto de vida de su esposo: la fundación de Proceso.­ Y fue quien armó la fiesta el día que apareció el semanario, en el ocaso del gobierno traidor de Luis Echeverría.

Proceso sería, desde su aparición, la razón última, la culminación del empeño personal, profesional y social de Julio Scherer García. Por qué no suponer que ese sufrimiento que producía imaginar al periodista tan cerca del peligro se habría de transformar en legítima satisfacción, la de saberlo más dueño que nunca de su destino; alegría auténtica, legítima, de cumplir con el deber y la conciencia, ella y él juntos, su miedo vencido.

Existen muchas maneras de ver pasar los años. Para mí, transcurren dejándome vivencias y remembranzas de las personas a las que he amado. Desconocer el valor de lo pasado equivale a la negación de nosotros mismos.

Añoro los tiempos en que éramos la familia que una vez fuimos, aquellos en que no había dudas ni zozobra. Los recuerdo a los dos, juntos, y a mí misma perdida en el laberinto irremediable de nuestro pasado al que quiero volver y que se ha ido para siempre.

Pienso mucho en su matrimonio y estimo que mis papás tuvieron temperamentos que no siempre lograron conciliar. Su relación negativa estuvo sólo hecha de exabruptos, que no de malestares hondos. Hubo un tiempo en que las manifestaciones de su amor intenso estuvieron cargadas de reproches y reclamos hasta que un día resolvieron amarse simplemente a partir de diferencias secundarias frente al dato esencial: eran el uno para el otro.

A mi papá le gustaba por sobre todas las cosas el amor adulto, la comprensión hecha de razones y experiencias, de lecturas y cultura. Agradecía la sencillez, la naturalidad, la dulzura, la ternura. Y sobre todo en este sentido, mi mamá fue su compañera ideal.

Por mis recuerdos sé de las personas que amo y la razón de esos amores. Por el pasado sé también de mí misma. Julio y Susana fueron dos de mis razones esenciales en la dicha y en la desdicha que no logro revertir después de la partida de mi viejo.

Cruzan por mi mente las cuatro vidas de que se habla y una quinta que agrego: la vida pública, la vida privada, la vida íntima, la vida secreta, que es la fantasía inconfesable, y la vida indescifrable, el enigma del azar. Gracias a los testimonios escritos que dejó mi mamá, he ido descubriendo una nueva dimensión de su vida y de la mía. El sentimiento que nos unió a las dos me confrontó con la experiencia de lo absoluto, con el principio mismo por el que existo: el amor entre un hombre y una mujer.

Los últimos 26 años de la vida de mi padre los pasamos sin mi madre. Mi papá se aferró a nosotros, a sus hijos, con la fuerza de la soledad. Fue él quien nos enseñó a vivir con ella en el alma, a constatar que, de este modo, cada nuevo día de ausencia sería uno menos de angustia.

Pero sólo lo conseguiríamos si luchábamos por rescatarla del olvido con el poder evocador de las palabras y la contundencia de nuestros actos, guiados por su ejemplo, por su rectitud y bondad, por los valores que nos inculcó ella.

Su pérdida causó una herida profunda que se encuentra en el lugar por el que transitan los recuerdos: el corazón. En tanto llega el día en que esa herida cicatrice, preparo mi corazón que quiere ser como el suyo: fuerte y siempre dispuesto a darse a los demás.

A diario se aprende a perder. Se pierde la ilusión, la salud, la orientación, el sueño, la fortuna, pero sobre todo se disipan los recuerdos. Sin embargo, los que he atesorado son hoy mis posesiones más preciadas. Si recordar es otra vez pasar por el corazón, nunca voy a olvidar a mis padres. Perduran en mí, en sus nueve hijos, en sus nietos, igual que en la época de mayor plenitud en nuestras vidas.

El último regalo de cumpleaños que recibí de mi papá venía con una tarjeta. Esa con la que él solía acompañar cada presente que ofrecía. Dice:

“Ana: conservas lo mejor de tu madre, a veces hasta el carácter, bronco, generoso y apasionado. Te amo con amor regocijado, siempre espontáneo, festivo. Te amo, te amaré siempre.”

Para celebrar ese aniversario, sexagésimo para mí, nos invitamos a un crucero. Imaginarlo nos llevó meses e ilusiones, amantes del océano como éramos los dos. Su fragilidad ya no nos permitió realizarlo.

Un mes antes de la fecha marcada, mi papá me indicó que debía buscar un suplente para la travesía y que estando en alta mar pensara mucho en nosotros.

Estallé en llanto. Entonces me dijo, dulcemente, que me quería tranquila, en paz, y que mientras no me viera así, me llevaría en un corazón pesaroso, pero no por él, sino por mí, a quien tanto amaba.

Le contesté:

“Nunca sin ti. En las circunstancias que sean, eres y serás irremplazable. Siempre estarás a mi lado, eres parte fundamental de mi vida, de mi tiempo, de mis ansias, de mi esperanza en un porvenir luminoso. En ese sentido, padre, te pertenezco. ¿Y si no fuera así, podría ufanarme de ser tu hija?”

Este testimonio se publicó el 5 de enero de 2020 en la edición 2253 de la revista Proceso

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