Populismos que marcan el fin de la política                                              

Trump y Suleimani, populismos que marcan el fin de la política. Fotos: AP Jacquelyn Martin y Twitter Trump y Suleimani, populismos que marcan el fin de la política. Fotos: AP Jacquelyn Martin y Twitter

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En un mundo donde el Estado todo lo controla no hay lugar para la bondad, para la compasión, ha dicho Gabriel  Marcel. Tal Estado controla por tanto la palabra misma. Pero al controlarla, la ahoga y transforma en ruido. Ruido que deja de ser manifestativo de la realidad.

Y sin palabra, no hay hombre, ni mujer, ni política, sino fuerza. Y ese ruido junto con otros ruidos que asaltan el ambiente todo, ensordecen cuerpo y alma. Aturdimiento ese que sofoca el Espíritu, que desemboca en deshumanización, violencia y odio.

El año 2020 comienza con el cobarde torbellino yanki que asesina a militar iraní. El generalizado populismo ruidoso y vulgar, ya sea de derecha neoliberal, izquierda de género o mixto, es el nombre actual de la vetusta demagogia. Las masas fanatizadas huyen de la palabra y de la responsabilidad. Huyen para ponerse en manos de regímenes populistas que prometen fantasías y brindar el “servicio” de seguridad y orden. Fantasías, seguridad y orden en un mundo nihilista y anárquico.

Regímenes que se jactan del mal que llevan a cabo, simulando que hacen el bien. Y el precio que se paga por ese “servicio” es doble: la renuncia a libertad y reflexión, por un lado, y por otro, la perturbadora identificación entre patria y régimen. Identificación esa denunciada por Karl Jaspers, pensador alemán, sobreviviente de la demagogia nazi.

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La lealtad verdadera es con uno mismo, con Dios, con el prójimo, con la comunidad, con el sentimiento secular e inviolable de solidaridad.

El pago de ese precio que sepulta libertades, marca el fin de la política. Cuando eso ocurre, “existen cosas más importantes para la dignidad humana que el Estado” (Max Weber). El mundo y la persona no viven hoy humanamente. Viven aplastados bajo una lápida de zozobra, odio, inseguridad, violencia, asesinatos cobardes, venganza, justicia selectiva que es injusticia, violación de presunción de inocencia.

Viven bajo el yugo de contaminación suicida en aras del dinero, encono, división como estrategia, racismo contra migrantes pobres, miseria de tantos, indiferencia ante el dolor ajeno, falta de conciencia de sí mismo, del Otro y de la realidad.

Vegetan individuos y mundo abrumados bajo el peso de droga, usura bancaria, celular, escándalos, vigilancia perpetua, funesto clima de sospecha y desconfianza, uniformidad cultural y de género que no es igualdad sino irracionalidad, descabellado intento de desconocer personalidad, inteligencia y naturaleza. Se vive el olvido de la metafísica, del ser borrado del horizonte vital donde solo despuntan bagatelas, vanidades.

El alto honor de la estirpe humana está mancillado. Habrá que reivindicarlo con un silencio reflexivo e implorante, con una callada plegaria. Percibo que es la hora del silencio transfigurador para encontrar salidas a la cerrazón del mundo. Hay que guardarlo para que palabra, confianza, compasión, política, honor y ser, recobren su sentido originario. Guardarlo para que cese el ruido oscuro que anula, que destruye lo humano al ahuyentar la Trascendencia y renazca la luz.

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Es el silencio luminoso, elocuente, creador y compasivo del Nazareno ante el largo monólogo del Gran Inquisidor citado por Arendt. Y guardadas proporción y época, es el interminable silencio poético de Rimbaud.

Hay un tiempo para todo dice el Eclesiastés, uno para reír, otro para llorar…  Pienso con humildad que el de ahora es para callar y llorar por un tiempo. Pausa y retorno a la manera de Toynbee. Por ello, para ser consecuente, dejaré de escribir un año en la revista Proceso digital. Agradezco a ésta, a Raúl Monge, a Alejandro Caballero y a los lectores, su gentileza. A todos les deseo lo mejor.

Termino con una frase de Albert Camus: “Mientras haya un ser que acepte la verdad por lo que es y tal como es, habrá lugar para la esperanza”.

Dedico este texto a la bebita Elena de tres meses de edad que ha conocido el dolor desde el comienzo por grave enfermedad. Una verdadera guerrera mi nietecita queridísima. Y también a la memoria del insigne Jean Guitton, de la Academia francesa, filósofo católico, defensor genial de la veracidad histórica de los testimonios sobre Cristo frente a críticos cuya exégesis depende de una “filosofía hostil a priori a lo esencial del misterio cristiano” -como la reciente de Elisur Arteaga-.

 

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