Ríos Galeana, el sanguinario asaltabancos de los 80, bajo la mirada de Monsiváis

Ríos Galeana. Su detención en 2005. Foto: Octavio Gómez

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La fama que construyó a partir de sus célebres asaltos, no le alcanzó a Alfredo Ríos Galeana, considerado en la década de los 80 como el enemigo público número uno del país, para que las autoridades federales dieran a conocer oficialmente la noticia de su muerte.

El exsoldado del Ejército y expolicía que se incorporó luego a las filas de la delincuencia falleció en diciembre pasado en un hospital del Seguro Social del estado de Oaxaca a causa de una infección en la sangre, de acuerdo con información extraoficial.

Con un récord de más de 20 asaltos bancarios perpetrados entre 1978 y 1984, terminó su carrera delictiva en julio de 2005, cuando fue aprehendido en la ciudad estadunidense de California y trasladado posteriormente al penal de máxima seguridad del Altiplano. En 2009 fue condenado a 25 años de prisión.

Gracias a su fama, inspiró al director de cine Juan Manuel Cravioto a llevar a la pantalla grande su vida delincuencial. El filme se llama Mexican Ganster, el cual fue protagonizado por el actor Tenoch Huerta.

En su biografía, Ríos Galeana también grabó discos con el sobrenombre de El charro misterioso y, ya en prisión, grabó música cristiana.

A continuación, se reproduce íntegramente una estampa de su vida publicada por el semanario Proceso en diciembre de 1986 (número 527) y escrita por el ya fallecido cronista Carlos Monsiváís.

 Ríos Galeana, un mito construido con ayuda de la corrupción 

Carlos Monsiváis

El crimen no es una enfermedad, es un síntoma… y el crimen organizado es el precio que pagamos por el culto a la organización. Lo tendremos con nosotros durante mucho tiempo. El crimen organizado es el otro lado sucio del dinero rápido.

Raymond Chandler, El Largo adiós.

Cada foto alecciona. Sólo la primera de 1981, tomada en los separos, es distinta. Allí, golpeado, sucio, con la mirada perdida del acoso, el detenido se despreocupa por el flash. En tamaña medida, esto no volverá a ocurrir. En la presentación ante la prensa, ya rasurado y repuesto, el detenido se explaya sin sentido de culpa visible, mientras lo escucha el guardián de la ley, general Arturo Durazo Moreno, jefe de la policía. Click. El rehén sonríe y declara mientras lo contempla el subjefe policiaco Francisco Sahagún Baca, con la expresión solícita de los guardianes de la ley. Click. Disminuido por las rejas y acrecentado por el pequeño motín a su alrededor, el-sujeto-de-marras oye el auto de formal prisión. Click. Cuatro años después, sonriente, con actitud de candidato a la gubernatura, el detenido se jacta mientras lo contempla, suponemos que impávida, la procuradora del DF Victoria Adato de Ibarra.

Nace una estrella

Alfredo Ríos Galeana nace en 1951 en Arenal de Alvarez, en el estado de Guerrero. De su biografía predelictiva se sabe poco, lo que aporta el análisis de personalidad del Reclusorio Sur, del 24 de febrero de 1986 (Unomásuno, 5 de diciembre). Sus padres, Sabino Ríos Benítez y María Galeana Ibarra, vivían en unión libre. Sabino muere en 1952, y Ríos Galeana crece en condiciones muy adversas, su “progenitora laboraba como diseñadora y en ocasiones como costurera de una tienda de ropa, situación que motivó que el interno deambulara por las calles de la comunidad parte del día. Así transcurrió parte de su vida hasta los 17 años de edad, cuando emigra a la ciudad de México, en busca de mejorar su economía”. Así es, ya no se dice “vagar” sino “deambular por las calles de la comunidad”, y Ríos se alista en el Ejército Mexicano donde obtiene el grado de sargento segundo, lo que, por lo visto, no le resulta currículum suficiente. En 1985 asegura haber cursado la carrera de ingeniería civil, enseña un título profesional con su foto, y el nombre de Luis Fernando Gutiérrez Martínez (luego dirá haber llegado hasta el quinto semestre de ingeniería civil). La policía contraataca: el título es falso, y los conocimientos de Ríos no van de acuerdo con la escolaridad que proclama (¡Qué acto de confianza policiaca en la UNAM!) Lo que no es falso es la sagacidad de los peritos del Reclusorio que en su diagnóstico criminológico de Ríos, afirman que en él “no se encontraron datos biográficos que sugirieran proclividad criminal, proviene de un núcleo familiar donde careció de la figura paterna y de una adecuada orientación y estimulación. (Por eso) decide independizarse en la adolescencia, ingresando a la milicia, donde fue adquiriendo un desarrollo ascendente para el rompimiento de la norma”. Más diáfano ni Derrida.

Una etapa no aclarada del personaje. Según fichas policiacas, Ríos es detenido por vez primera el 17 de octubre de 1974. ¿Cómo o quién elimina este tropiezo curricular y le permite a Ríos ser en 1977 miembro estrella del Barapem (Batallón de Radio Patrullas del estado de México)? Según Ríos Galeana, en 1974 los agentes del Servicio Secreto lo dejaron libre con tal de que trabajase para ellos. Entonces deserta del ejército y se une a las “Fuerzas del Estado”, organismo que el gobierno de Carlos Hank transforma en Barapem. El “cuerpo modelo” lo es durante el año de adiestramiento, al cabo del cual emergen 560 elementos que de inmediato desprestigian al batallón.

Comisionado en Xalostoc, Ríos se distingue por su astucia y eficacia. Pasea por doquier su metro ochenta de estatura, es ostentoso y ágil, maneja las armas con ambas manos y en Barapem da clases de educación física, defensa personal y tiro. Pronto, Barapem se convierte en el azote de los obreros mexiquenses y empresas aledañas. Con puntualidad, hay asaltos masivos en los días de paga, golpes, torturas e intimidaciones para los renuentes, que incluyen acusaciones de tráfico de drogas. El asedio es tan extremoso que el líder de la CTM Fidel Velázquez se ve forzado a amenazar con marchas de protesta en Toluca.

No hay necesidad de que don Fidel grite “El obrero organizado/jamás será robado”. Concluye esa impunidad y en septiembre de 1981 Barapem desaparece por decreto. Ya desde antes Ríos, según cuenta, se ve obligado a delinquir: “Renuncié a la policía el 16 de enero de 1978, por el bajo salario, aunque ya había cometido mi primer asalto días antes, el 10 de enero”. Al parecer, los hechos delictuosos realizados durante su estancia en Barapem no le resultan dignos de tomarse en cuenta para su ficha.

El asalto más notorio de esta etapa de Ríos, homenaje no tan involuntario a Bonnie and Clyde, Baby-Face Nelson o Bloody Mama, ocurre el 18 de septiembre de 1979, en la sucursal Bancomer de Tlaxcoapan, Hidalgo. Allí la banda obtiene millón y medio, y huye perseguida por la Policía Federal de Caminos. En la fuga, matan al oficial Eduardo Morales Ovalle, y –por resistirse al despojo de sus automóviles– a los campesinos Reynaldo Ortega Cristóbal y José Guadalupe Rodríguez, y a los taxistas Jaime Rodríguez y Rogelio Vega Paredes (En un asalto anterior la banda ya había asesinado a un policía bancario).

Todo como en película. En la conformación del personaje no es de extrañar su manifiesta predilección por los medios masivos. El se ve a sí mismo, y ésta es su tradición inescapable, como un héroe cinematográfico, alguien encumbrado por la astucia y las balas, a quien las cámaras siguen ocultamente. Esto explica su capacidad de riesgo y su voluntad de anacronismo. Si se le compara con otros jefes policiacos, Ríos Galeana es singular. Es “artesanal” y encabeza los asaltos, se ufana de sus actos, no le interesan las calificaciones morales, y, de seguro, no le conmueve en lo mínimo la conclusión del dictamen criminológico de 1986: “Partiendo del análisis global del sujeto en estudio, se considera que posee un índice de estado peligroso y probabilidad de reincidencia en alto”.

Saber para prever. Prever para actuar

Ríos sí aprovecha experiencia y contactos. En el período 1978-81 intensifica su blietzkrieg bancario, apoyado en su conocimiento detallado de los movimientos de la policía, que incluyen la posesión de un radiopatrulla, y el manejo de sus claves. En todas las corporaciones hay cómplices suyos, y al ser detenido en 1981 él asegura haber pagado protección (5 millones de pesos al mes), a funcionarios policiacos y judiciales, y se queja: la saña empleada en su persecución se debía a que no consiguió “llegarle al precio” a un mandamás.

De 1978 a agosto de 1981, y aquí aprovecho la información de La Prensa, y de sus reporteros Sergio Mora Flores, Augusto Cabrera, Guillermo Cardoso y José Santos Navarro, la banda se encarga de 26 asaltos a bancos y 6 asesinatos, más atracos a 50 casas-habitación, 17 negocios, 10 tiendas de abarrotes, e instituciones oficiales como Telégrafos y diversos Conasupos. El ovillo y el hilo: el comandante Luis Aranda Zorrivas localiza en Irapuato a un cómplice de Ríos, quien proporciona la información requerida. ¿Cómo no lo habíamos pensado? Es que no leímos con cuidado La carta robada de Poe. Ríos se oculta bajo la personalidad bravía de Alfredo del Río, el Charro Cantor, y canta en palenques y en cabarets de no muy alto prestigio. La detención ocurre en un palenque clandestino, a punto de asumir Ríos el liderazgo vocal de un mariachi. Como corresponde a un sujeto “de índice de estado peligroso”, él se defiende, pero las balas se le acaban y se le somete.

Al caer la banda (a la que se le achacan robos por más de 15 millones de pesos), se recuperan 377,500 pesos, 12,900 dólares, un dodge 71 y un Lebaron. Y algunas armas: Colt 45, Colt .38 Super, metralletas de 9 milímetros, carabinas, cargadores, cientos de cartuchos. Su capturador Sahagún Baca, los presenta en el auditorio José López Portillo de la Dirección General de Policía y Tránsito. Allí, caballeroso, Ríos Galeana felicita a la DIPD por su captura: “Yo estaba seguro de seguir atracando y burlando cualquier cerco policiaco, porque considero a la policía mexicana sumamente incapaz para aprehender a los auténticos asaltantes”. Ante los reporteros, Ríos se compromete a fugarse lo antes posible, antes de un año. No hay muros y rejas lo bastante fuertes como para detenerlo. Se le envía a la prisión de Pachuca, Hidalgo, junto con sus cómplices Yadira Areli Berber Ocampo, Gabriel García Chávez y Caritino Carmona Cortés. (Según los mal intencionados, en esa red de las “verdades sin comprobación penal”, la seguridad de Ríos en la fuga proviene de un pacto: él le entregó a “altos jefes policiacos” de la DIPD 40 millones de pesos para que se les enviase a Pachuca, de donde les resultaba fácil huir).

Otro rumor volandero por comprobar: en 1982, se detiene de nuevo a Ríos, y se le envía a la cárcel de Barrientos, en Tlanepantla, de donde obviamente se escapa. La película continúa y en octubre de 1983, en un gran asalto en Puebla, el grupo se lleva 200 millones de pesos. La Policía Judicial Federal captura a 12 miembros de la banda, que poco después se evaden del Reclusorio Oriente. El 16 de diciembre de 1984, se asalta el Banco de Cédulas Hipotecarias. Ríos describirá después la operación:

–Mi mejor golpe: el asalto a Banco BCH en diciembre del año pasado. Nos llevamos 236 millones de pesos. El asalto fue inteligentemente planeado desde 15 días antes. Esa ocasión me presenté elegantemente vestido a las puertas de la institución, y le dije al vigilante que llevaba un regalo para el gerente. El uniformado abrió de inmediato y rápidamente mis cuatro compañeros y yo nos internamos en el establecimiento. Amagamos al personal, les dijimos que si colaboraban no pasaría nada y después con herramientas violamos la bóveda.

La policía informa: “Los tipos que se llevaron el dinero eran unos asaltantes”

La persecución y la leyenda prosiguen. Se dice, en el límite, que en Ciudad Sahagún, en Apan, y en otras poblaciones de Hidalgo, los empleados bancarios alzaban las manos al ver entrar a Ríos Galeana. (El reflejo condicionado del temor admirativo). En los periódicos y en los medios policiacos se comenta la impunidad de Ríos, insólita o previsible. Para probar lo contrario, el comandante Aranda Zorrivas dirige la investigación, y vigila las casas, la mujer y las amantes, los antros predilectos de Ríos. Al ser aprehendido, su cómplice Salvador Ornelas Rojas proporciona los datos que conducen a la captura de Ríos a principios de 1985. Con orgullo genuino, él narra los hechos:

–El día 9 de este mes, como a las 14 horas, llegué a casa de Leonardo (Montiel Pérez), una de las casas de seguridad en Plaza Aragón, cuando al tocar la puerta cuatro señores me invitaron a pasar. En seguida me di cuenta de que se trataba de agentes, saqué mi pistola, disparé y corrí.

Veinte cuadras más adelante subí a un camión de pasajeros y obligué a los usuarios a tirarse al piso. Atrás de mi venían los agentes en otro autobús. Ante esto, descendí rápidamente de la unidad y en la Avenida Central abordé una Caribe a cuyo manejador le indiqué que me querían asaltar, que me sacara del lugar.

Sin embargo, varias patrullas preventivas del Estado que observan la escena, se sumaron a la persecución, y a poca distancia fui detenido por los agentes de la Policía Judicial del Distrito, apoyados por los uniformados.

Desafortunadamente al correr por primera vez se me cayeron cuatro cargadores y no pude disparar más, pero si eso no hubiera ocurrido no me pescan o me matan”.

En la cacería, Ríos es herido en el talón izquierdo. Luego, ya sin el estímulo de las cámaras y grabadoras, será más modesto: “Fui a casa de Leonardo, a despedirme de él y de los demás compañeros, ya que tenía pensado retirarme de las actividades delictivas”. La investigación aporta datos contundentes. Al grupo de Ríos se le decomisan 100 millones de pesos y gran cantidad de armas (una metralleta, Thompsons, Smiths an Wesson, carabinas, 5,000 cartuchos). Conservadoramente –se dice extraoficialmente– ha robado mil millones de pesos. Durante siete años (84 meses) la banda dio un golpe mensual. Eso sin contar los atracos no denunciados. Ríos tenía bajo sus órdenes más de 20 personas, divididas en grupos distintos de asaltantes especializados: para bancos, para instituciones oficiales y privadas, para robos en el DF, para asaltos en provincia.

También se adoran los esquemas operativos: en la casa de Valle de Aragón no vivía nadie. Sólo se usaba para planear asaltos, y repartirse el botín en forma equitativa. Cada uno ignoraba la vida familiar y el domicilio de los demás. Al grupo se le responsabiliza de 44 robos y 16 muertes (en algunos periódicos se habló de 40 asesinatos), del robo de 353 millones 300,000 pesos, sin contar joyas, aparatos electrodomésticos y vehículos. En las confesiones se evidencian algunos fracasos. Por ejemplo, en un robo en El Pedregal de San Angel sólo obtienen 10,000 pesos. “Lástima de fachada”, comenta Ríos. Se habla de que él quizá participó en el secuestro de ganaderos de las huastecas veracruzana y potosina.

El grupo de Ríos no discrimina. Al hospital de Cardiología le roban 20 millones. También a la Delegación de Tlalpan, a Sumesa, a la SAHOP, a empresas harineras, a varias Conasupos, a instituciones oficiales, a casas habitaciones. La logística es cuidadosa y todo se vigila escrupulosamente, en especial las rutas de fugas. Han comprado casas, más de 20, en colonias populares o en colonias residenciales como el Club de Golf Acozac. Poseen automóviles de lujo (Montecarlos, Mustangs), y una completísima parafernalia de disfraz: uniformes de policía, pasamontañas, lentes, pelucas, gorras, bigotes, maquillaje.

El mayor asaltante bancario

Nerviosa, la procuradora del DF Victoria Adato de Ibarra le presenta al enjambre de reporteros a su detenido, un hombre sonriente y cínico. Si ya en 1981 Ríos era jactancioso, en enero de 1985, consciente de la atención de los medios masivos y de su status de celebridad, es desafiante y se explaya. Al fin y al cabo, él es el Enemigo Público número Uno, el presidente de la criminalidad:

–”Soy el hombre que en México y en el mundo ha cometido más asaltos bancarios. Soy muy inteligente y mi captura no fue por error, sino por un chivatazo de uno de los elementos de mi banda. Cuando salga de la cárcel creo que continuaré con mis actividades delictivas… No me siento orgulloso de lo que hice; sin embargo puedo decir que nunca me arrepentiré de mis acciones; me gusta el dinero, vestir bien, pasearme y convivir con mujeres, y el único modo de lograrlo era con robos.

Asesiné a varios policías que trataron de impedir los asaltos, pero al planear las acciones nunca tuvimos intención de hacerlo. Ni modo, son cosas que ocurrieron y que ahora no puedo remediar. En los asaltos siempre actuamos con el factor sorpresa. Todos los atracos los planeábamos perfectamente, a modo de que nada saliera mal y que no pudiéramos ser capturados. Repito, mi aprehensión no fue por error, sino por un chivatazo de uno de mis compañeros.

Soy muy inteligente, pero él (su captor Aranda Zorrivas) lo fue más que yo, y eso hay que reconocerlo. Nadie debe pararse el cuello con mi detención; el comandante tuvo perseverancia, destejió la madeja y llegó a mí”.

El lenguaje es cuidadoso, se apropia del habla de los juzgados y de la nota roja, y acata el juridiñol. Pero aún Ríos conoce límites. No acepta muchos cargos, declina la responsabilidad en varios asaltos, y niega todo vínculo con la guerrilla y con el narcotráfico. Lo que le interesa es destacar el sentido del honor y del mérito criminales que ha extraído de la novela y del cine policiacos. Por lo menos, está al tanto de la mitología que ensalza al policía-ladrón Vidocq, a Nick Carter y Arsenio Lupin, a los robos perfectos, a los cínicos que sonríen con generosidad, a los que respetan su propia leyenda. Ríos es y se sabe un personaje, y lo subraya a cada paso. Nada más lejano a él que la conciencia de culpa. Desde hace mucho memorizó lo esencial: sus reglas de juego se inician y se extinguen en el dinero.

–¿Que cuánto me llevé en los asaltos?… No sé, no llevo contabilidad, fue muchísimo. Con los millones ayudé a mucha gente pobre. Incluso di medio millón a través de otras personas para las víctimas de San Juan Ixhuatepec. No soy héroe ni pretendo constituirme en un Chucho el Roto, pero también traté de ayudar económicamente a las familias de los policías que maté. Desgraciadamente, nunca pude hacerlo.

En la sociedad del espectáculo, una celebridad cumple con sus deberes. No se trata de negar los hechos que edifican el mito, y Ríos Galeana nunca lo hace. Declararse inocente sería, además de inútil, indigno. Una celebridad asume las causas de su fama. Con avidez, Ríos pregona su implacabilidad, su astucia, su sangre fría, su deseo de proseguir.

Los crímenes que no conmueven

Entrevistado el 16 de enero de 1985, el abogado Juan Véytez Palavicini le confía a La Prensa su veredicto:

–Ríos Galeana por su forma de actuar, por el daño que le hizo a la sociedad, por su desfachatez, su burla de la policía, su egocentrismo y su deseo de publicidad parece un demente, y sería conveniente un examen psiquiátrico…

Y procede el abogado Véytez a describir la razón de la locura de Ríos:

–”Porque con el dinero que ya tenía, y el armamento que poseía, pudo haberse ido a vivir tranquilamente a Chile, como lo hizo un defraudador de Pemex, a disfrutar su fortuna. Por eso considero que debe estar tocado porque seguía asaltando”.

¿Para qué robar cuando ya se puede ser Columna de la Sociedad? En febrero de 1986, el diagnóstico sobre Ríos en el Reclusorio es casi luminoso: “Existen datos psicológicos y sociales que lo hacen proclive a la transgresión de la norma social”. En verdad os digo… Pero Ríos no se siente fuera, sino dentro de la norma. Por lo menos, dentro de la única moral que ha conocido. Por eso declama complacido su filosofía de la vida: “Viví bien, me divertí todo cuanto quise y pude, visité todos los estados de la República, disfruté de los mejores vinos, mujeres y alimentos. De todo ello no me arrepiento”.

El hedonismo en la punta del revólver. ¿Hasta qué punto Ríos Galeana se cree distinto de sus correspondientes dentro y fuera de la policía? Quizás se siente mejor y más vulnerable, pero en lo fundamental no tiene por qué distanciarse. Debido a eso jamás se acerca a la contrición: “Desgraciadamente los policías (muertos) se cruzaron en mi camino. Frustraban asaltos, oponían resistencia. Eran ellos o yo”.

¿Cuántos policías han sido asesinados en asaltos bancarios? ¿Y qué explica la indiferencia abrumadora hacia las víctimas que a su modo y frontalmente representan una defensa de los valores que la sociedad dice profesar? A los policías muertos, medallas póstumas, pensiones a las viudas y olvido instantáneo. No existieron, no son la policía a considerar, la que se deja emblematizar en las figuras de Durazo, Sahagún Baca y Ríos Galeana que en el espacio público son la representación admitida de la esencia policiaca. Al creer fatal, inescapable, la conducta delictiva de toda la policía, la sociedad, como de hecho los dirigentes del gobierno, se marginan de cualquier intento de cambio, y condicionan respuestas todavía más violentas o virulentas, en la plena imposibilidad de comunicación. Tal es el contexto inequívoco de las declaraciones del jefe policiaco José Domingo Ramírez Garrido Abreu a los comisionados del Senado:

–Estamos haciendo una cosa muy interesante: policía que mate a un delincuente, le damos una condecoración al valor oficial y un hermoso cheque de 100,000 pesos… No estamos pagando como allá en el oeste de “se busca, recompensa”, no, sino simplemente los estamos premiando y sólo que junto con la condecoración está autorizado un cheque por 100,000 pesos. Esto lo hacemos con el objeto de que los muchachos, pues se lancen a matar delincuentes, y por otro lado estamos pidiendo que haya una modificación en el manejo de la justicia. Porque resulta que muchos de ellos, los que se quedan en la cárcel son nuestros muchachos. ¿Y qué pasa con los delincuentes? Tienen sus abogados, manejan dinero por aquí abajo, cosa que no podemos hacer nosotros, y a la mera hora nuestros muchachos matan a un delincuente, son en esos momentos detenidos por homicidio, abuso de autoridad, etcétera (La Jornada, 4 de diciembre de 1986).

La ideología del personaje de Charles Bronson e Deth Wish. El respeto a las leyes se olvida en favor de los determinismos (acosados, exasperados) de la crisis, y de la ubicación de la policía ante la sociedad.

Rico, famoso y en libertad

En el dormitorio 9 del Reclusorio Sur, de los reos de “alta peligrosidad”, Ríos Galeana se convierte, aseguran numerosos testimonios, en el mayor, “el más fregón”. Videocasetera en la celda, guaruras a su servicio, su mujer (una de ellas) que permanece a su lado hasta 8 días seguidos. Además, toma clases de pirograbado, juega futbol y levanta pesas, pertenece al círculo de lectores. Una conveniente diversificación de intereses para quien está acusado de asociación delictuosa, robo, daño en propiedad ajena, homicidio, disparo de armas de fuego, acopio de armas, robo de armas de la nación, lesiones y evasión de reos.

Y el sábado 22 de noviembre al mediodía, Ríos Galeana se fuga del Reclusorio, cuando apenas ha cumplido un año diez meses de su condena de 40 años. La secuencia de la fuga es obviamente cinematográfica: a la una de la tarde, sesiona el juez trigésimo tercero en materia penal, licenciado Alfonso Corona Tapia. En ese momento, hay en el juzgado cerca de 40 personas, entre funcionarios, empleados y familiares de los presos. Apenas iniciada la diligencia, irrumpen siete hombres y tres mujeres, con granadas y metralletas. Hacen estallar una granada y conminan: “Tírense al suelo. No quieran ser héroes. El que se mueva se muere”. Luego golpean brutalmente a cuatro custodios. Ríos y sus acompañantes hacen un boquete y ganan los pasillos de la entrada principal. Llevan pistolas calibre .45 y tres granadas de armas (que les ha proporcionado el custodio José Bautista Conde, aún prófugo).

La operación dura alrededor de quince minutos. Los trece presidiarios y sus cómplices desconectan los teléfonos, advierten a los presentes que sigan tirados diez minutos más, si no quieren perder la vida, y los despojan de las llaves de sus autos. Luego escapan por el juzgado 33 y por la zona de aduana y se llevan los autos de los sorprendidos. Se dice que Ríos utiliza un Mustang rojo. Algunos de los prófugos lo son por poco tiempo. Carecen de recursos o son inhábiles, al ser capturados, llaman “traidor y cobarde” a Ríos Galeana y aseguran que el director del Reclusorio, Salvador López Calderón, recibió 70 millones de pesos por permitir la fuga (según otra versión, tampoco comprobada, fueron 200 millones).

En la historia del crimen organizado en México la impunidad es el tributo que la virtud pública le rinde al vicio.

Comentarios

Load More