La política internacional, en alerta roja

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La política internacional comienza el año 2020 con fuertes turbulencias. El asesinato de uno de los generales más poderosos de Irán, Qassem Soleimani, ha producido enorme nerviosismo. En parte por la incertidumbre respecto a las represalias que muy probablemente tomará el gobierno iraní, en parte por el escalamiento de las tensiones en una región tan incendiaria como el Medio Oriente.

El asesinato de Soleimani había sido puesto sobre la mesa por las agencias de seguridad y defensa de Estados Unidos como una opción para detener la influencia creciente de Irán en el Medio Oriente. Los presidentes Bush y Obama siempre lo descartaron, por considerar que era una medida demasiado arriesgada. En efecto, Soleimani era admirado y determinaba el comportamiento de numerosos grupos chiitas radicales actuando en Siria, Líbano o Irak.

Esta vez el presidente Trump decidió actuar por cuenta propia. Según informaciones de prensa no esperó el visto bueno del Pentágono u otros especialistas en asuntos de la región. Tal manera de tomar decisiones contribuye al nerviosismo. La forma atropellada de actuar del presidente del país más poderoso del mundo no inspira confianza sobre el futuro de la paz mundial.

Al parecer, lo que precipitó la decisión de Trump fueron los violentos ataques contra la embajada de Estados Unidos en Irak, organizados por los seguidores de Soleimani, así como su convicción de que sólo era el comienzo de confrontaciones más intensas que afectarían seriamente a intereses y ciudadanos estadunidenses.

Sin embargo los observadores no descartan que el verdadero motivo haya sido otro, circunstancias de política interna que lo alentaron a promover un espíritu de reivindicaciones nacionalistas entre sus seguidores, colocando en segundo plano de atención el ríspido asunto del impeachment. Es difícil llegar a conclusiones definitivas sobre este punto porque es conocida la poca simpatía de Trump por aventuras guerreras en lugares lejanos, sentimiento que, al parecer, era compartido por su clientela electoral más dura. Queda por definir si tales sentimientos han cambiado.

Cualquiera que haya sido el detonador del camino emprendido, la pregunta que se formulan ahora los observadores de la política internacional se refiere a los peligros hacia el futuro. La respuesta a tal pregunta invita a recordar brevemente los cambios que venían ocurriendo en las relaciones de Estados Unidos con Irán desde la llegada al poder de Trump y reflexionar sobre los factores, al interior de ambos países, así como en la situación internacional, que pueden acelerar o detener el escalamiento de las tensiones.

Desde la toma de los rehenes en la embajada de Estados Unidos en Irán, hace 40 años, la confrontación entre los dos países ha sido una constante que dificulta seriamente la búsqueda de entendimientos para la estabilidad en el Medio Oriente. La firma del Acuerdo sobre el Programa Nuclear de Irán, impulsado por el presidente Obama y aprobado unánimemente en el Consejo de Seguridad de la ONU en 2015, representó un punto de transición hacia la deseable normalización de las relaciones de Irán con Estados Unidos y, en general, de aquel país con el mundo occidental.

El gran valor del Acuerdo no era solamente detener actividades en Irán que, según algunos, estaban dirigidas a fabricar la bomba nuclear. Su importancia residía también en normalizar las relaciones diplomáticas y económicas en una región de gran importancia geopolítica debido, entre otras causas, a las riquezas petroleras que ahí se encuentran.

Aunque para muchos el Acuerdo fue un motivo de esperanza, el documento siempre fue criticado por los halcones del Partido Republicano, por Trump y por Israel. Desde su punto de vista, no había seguridades del cumplimiento efectivo por parte de Irán de los compromisos asumidos. Lo veían así, a pesar de que los informes de los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) encargados de la supervisión del Acuerdo siempre fueron positivos. Por otra parte, les parecía inaceptable que no se hubiese exigido a ese país poner un alto a sus acciones de apoyo a los grupos chiitas en toda la región, de las que se encargaba, justamente, el general Soleimani.

En las circunstancias anteriores, Trump decidió en 2018 –de manera unilateral y rompiendo con los compromisos establecidos en la Carta de la ONU sobre la obligatoriedad de las decisiones del Consejo de Seguridad– retirarse del Acuerdo sobre el Programa Nuclear. Se rompió así el puente para la posible normalización de las relaciones con Irán, cuidadosamente construido por la administración anterior.

La reacción ante la muerte de Soleimani, cuya expresión más visible ha sido la impresionante concentración en las calles de Teherán de cientos de miles de admiradores provenientes de todas partes del país pidiendo venganza, profundiza temores sobre las represalias que se aproximan.

Las represalias que se tienen en mente son acciones terroristas de diverso tipo, desde ataques selectivos de escasas consecuencias hasta acciones de alto impacto, inspiradas por el derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York. Asimismo, persisten los temores de que Irán se empeñe en fabricar la bomba nuclear.

Por lo que se refiere al último punto, a pesar de los ánimos tan exaltados del momento, los dirigentes iraníes han sido cautelosos. Han enfatizado su decisión de ya no sentirse comprometidos con las disposiciones del Acuerdo relativas a los niveles de enriquecimiento de uranio (elemento fundamental parar fabricar la bomba), pero mantienen la relación con los inspectores del OIEA y se han declarado dispuestos a regresar a todos los compromisos si Estados Unidos suspende las sanciones económicas. Dejan así abierta la puerta para volver a la diplomacia.

La ruta que sigan los acontecimientos estará muy influida por dos circunstancias: la reacción de los poderes nucleares (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad) y la evolución de la política interna en Estados Unidos.

Entre los primeros, Reino Unido y Francia, actuando conjuntamente con la Unión Europea y los miembros de la OTAN, llevarán a cabo sendas reuniones a partir del viernes 10 para decidir una posición conjunta; hasta ahora no han secundado la decisión de Trump. Sus declaraciones han sido reservadas, muy lejanas a lo que sería clara aprobación de lo ocurrido. A su vez, China y Rusia, sin ser simpatizantes de Irán, lo son aún menos de la manera en que actuó Trump. Es muy poco probable que se sitúen abiertamente de uno u otro lado.

El elemento de mayor peso será la reac­ción al interior de Estados Unidos. Ahí se viven momentos complicados en que se cruzan campañas electorales y el juicio político a Trump. La política exterior, que normalmente tiene poca presencia en las elecciones, recibirá ahora mayor atención. Si la irresponsable decisión de provocar la ira en sectores numerosos del mundo islámico levanta mayores apoyos a la reelección de Trump, el escalamiento de las tensiones puede ocurrir en cualquier momento. Lo único seguro, por lo pronto, es que una chispa podría producir un incendio difícil de controlar. La política internacional se encuentra en alerta roja.

Este análisis se publicó el 12 de enero de 2020 en la edición 2254 de la revista Proceso

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