El Estado creó a Ríos Galeana y 560 como él, advierten sus compañeros 

Alfredo Ríos Galena, considerado en el México de los 1980 como el enemigo público número uno, murió a mediados de diciembre de 2019 en una prisión de Oaxaca Foto: Octavio Gómez Alfredo Ríos Galena, considerado en el México de los 1980 como el enemigo público número uno, murió a mediados de diciembre de 2019 en una prisión de Oaxaca Foto: Octavio Gómez

Alfredo Ríos Galena, considerado en el México de los 1980 como el enemigo público número uno, murió a mediados de diciembre de 2019 en una prisión de Oaxaca. En ese contexto, Proceso revive este texto publicado el 1 de diciembre de 1986, en su número 526, en donde varios de sus excompañeros y cómplices lo consideran un producto del Estado con el PRI en su total apogeo.

TOLUCA, Edomex. – “Lo hicieron cabecilla y ahora todos se quieren pasar de chorizos (vivos) con él; era buena onda, buen elemento y mejor tirador. Si alguien tiene la culpa, es el mismo gobierno: engendró y dio vida a un monstruo. Eso fue el Batallón de Radio Patrullas del Estado de México (Barapem). Alfredo Ríos Galeana, el ahora llamado ‘enemigo público número uno’, es sólo una cabeza. Pero el monstruo tenía 560 cabezas, tanto o más peligrosas que el propio Ríos Galeana”.

Hablan a Proceso sus excompañeros. Muchos están ahora fuera de servicio. Bien o mal, y así lo admiten, “ya la libramos”. Tienen sus negocitos: unos manejan taxis de su propiedad. Otros se consideran prominentes comerciantes. Los menos, todavía visten el uniforme de la policía.

No hay mitificaciones ni la pretendida idea de hacer de Ríos Galeana un héroe. Pero para algunos se presenta como un incomprendido. Lo llaman enfermo de una sociedad corrupta hasta sus entrañas, engendro del sistema. Otros lo toman a chunga: “Nomás falta que salga la película y hasta esté reclamando derechos y regalías”.

También lo llaman Traidor, porque faltó a la lealtad militar. Ríos Galeana causó baja del ejército cuando era sargento segundo.

Y coinciden: “Ríos Galeana es la viva hechura del sistema, pero la quebró y ahora se friega; por eso lo persiguen como rata. Igual que a los políticos que traicionan al sistema; sólo que éste es más fregón, tanto que ya se les volvió a fugar”.

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Junto con catorce delincuentes, Ríos Galeana se evadió el sábado 22 del Reclusorio Sur de la Ciudad de México. En 1981 había hecho otro tanto de la cárcel de Pachuca, Hidalgo.

Las entrevistas, todas por separado, se realizan en Toluca y los municipios de Naucalpan, Tlalnepantla, Tultitlán y Xalostoc. Quiénes accedieron a la charla no ignoran la peligrosidad de su excompañero. El reportero comprobó plenamente la identidad de sus entrevistados, quiénes pusieron como condición para hablar que se omitieran sus nombres. “No es miedo, pero mejor así lo dejamos. Ese güey es bravo, para qué le buscamos. Además, la bronca es de otros. Esos que lo hicieron lo que ahora es”.

Según el propio Ríos Galeana, la primera vez que fue detenido, en 1973, los agentes del Servicio Secreto lo dejaron libre, a condición de que trabajara para ellos. Entonces era miembro del Ejército, del que desertó poco después.

Sus excompañeros se remontan al momento en que se unen para formar las llamadas “Fuerzas del Estado”, nombre con el que inicialmente se conoció al “Batallón de Radio Patrullas del Estado de México” (Barapem) creado por iniciativa del entonces gobernador profesor Carlos Hank González, y fortalecido durante el gobierno de Jorge Jiménez Cantú, como una respuesta a las demandas de seguridad de la banca y la industria. Se buscaba crear algo especial: “un cuerpo modelo”. Más aún, no sólo se pretendía que fuera el mejor batallón de la entidad, sino de toda la República (Proceso 269).

Habla uno de sus compañeros de fila: “Esto fue entre 1974 y 1975. Éramos el resto. Al final sólo quedamos 560. De éstos, el 80% había sido militar. El 20% restante lo formaban muchos recomendados y uno que otro que destacó por propios méritos.

“Fue un año completo de adiestramiento. Ocho horas diarias. Nos pagaban 30 pesos diarios. Pura instrucción militar. Había que amolarse. Empezamos en un terreno baldío que de inmediato se bardeó. Todos lo conocían como La Romana, por el rumbo de Altos Hornos en Tlalnepantla”.

El entonces comandante del naciente cuerpo policial, teniente coronel Silvio Saavedra Mújica, refería con orgullo que el Barapem aspiraba a ser una nueva imagen de las fuerzas del orden, eliminando su carácter represivo y resaltaba la “estricta selección” de sus elementos.

Juan No., ahora comerciante en zapatos, recuerda: “Cuando nos estaban preparando, la verdad que yo veía normal a Ríos Galeana. Era bravo, pero había mejores, y eso que era buen tirador. Tuvo dos que tres broncas, pero entre tantos, pues era normal. Lo que pasa es que lo hicieron grande y ahora a ver quién le atora. Es igual como un perro al que traen en chinga y a la hora que se descuidan los muerde”.

Otro de sus excompañeros, ahora propietario de tres autos de alquiler, lo recuerda también dentro del campo de adiestramiento: “Nunca llegamos a ser amigos, aunque dicen que era de buena ley. Lo conocí en la práctica de tiro y movimiento y la verdad sí la hacía. Pero dicen que en lo que de verdad era fregón era en la fabricación de explosivos. Ese güey en menos de dos minutos te vuela un carro”.

Al describir un día de práctica en “La Romana”, los entrevistados coinciden: “Todo estaba a cargo de puros oficiales del Ejército. La disciplina era superestricta. Ahí nadie podía fallar. Los instructores eran expertos en diversas tácticas militares y todo se nos dio.

“El día normal se iniciaba con acondicionamiento físico. Después pasábamos a las prácticas de tiro y manejo de armas. También se nos instruía sobre dispositivos antimotines, desactivación de explosivos y su fabricación, tácticas de guerra de guerrillas, artes marciales. Fueron ocho horas diarias durante todo un año”.

Concluida la etapa de adiestramiento, los miembros del Barapem fueron dotados, además, del mejor armamento: pistolas Magnum, metralletas M-1, equipo antimotines, máscaras antigas y todo el apoyo del gobierno de la entidad, que durante la administración de Jorge Jiménez Cantú fue tal que pudo hacer frente a las protestas del dirigente cetemista Fidel Velázquez.

Otro de los excompañeros de Ríos Galeana, aún en servicio dentro de la policía estatal, expresó: “Cuando concluimos la etapa de preparación se formaron diferentes destacamentos con un total de 84 unidades motorizadas. De éstas, diez camionetas y 74 patrullas. Se trataba de dar seguridad en los municipios considerados más conflictivos.

“Ríos Galeana fue enviado a Xalostoc. Era una compañía de reserva con 106 elementos. Nunca fue comandante. Era teniente, igual que yo, sólo que nuestro pago salía como comandante D.

“En apariencia, Ríos Galeana era igual a todos nosotros. Sólo que la quebró. Todo el adiestramiento lo utilizó en su beneficio y allá él. Lo cierto es que cuando se tope con alguno de sus compañeros aún en servicio, lo va a pensar. Todos salimos tanto o más bravos que él”.

Según la ficha policial del considerado “enemigo público número uno”, éste inició su carrera delictiva en enero de 1978. Sin embargo, se afirma que muchos otros ilícitos que no se le pudieron comprobar se planearon dentro del Barapem, cuando él se encontraba destacado en Xalostoc. Su audacia no tenía límites. Pronto logró la confianza de sus superiores, lo que le permitió conocer el movimiento interno y externo del Barapem.

“Era un fregón. Imagínese, con todo el apoyo del Estado, con las armas del propio Estado y la enseñanza del Estado, se las volteó. Y cómo no, si sabía todo el manejo de los bancos y de las principales industrias”, dice otro de sus excompañeros.

Los objetivos iniciales buscados con la creación del Barapem se habían cumplido con creces. La guerrilla urbana, las invasiones de tierras y muchas otras acciones que pretendían subvertir el orden habían desaparecido. Pero luego vinieron los excesos. Así, el monstruo creció. Se perdió su mando.

Del Barapem surgió el delincuente más buscado del país, Alfredo Ríos Galeana, quien apenas la semana antepasada logró fugarse del Reclusorio Sur, junto con otros catorce delincuentes.

Pero Ríos Galeana sólo es uno de los 560 elementos que inicialmente formaron el Barapem. Decretada su desaparición, en septiembre de 1981, por el entonces gobernador, Alfredo del Mazo, más de 300 elementos fueron dados de baja, tanto o más peligrosos que Ríos Galeana. Entre los cesados estaban nueve comandantes.

Xalostoc, donde creció “el monstruo”, fue considerada la zona más peligrosa. Con la reestructuración, la base de Xalostoc quedó integrada a la novena región de Policía y Tránsito. Ríos Galeana, para entonces, sumaba ya decenas de ilícitos en su haber.

Sus excompañeros coinciden en que sólo muerto lo podrán recapturar. “Se la va a jugar en serio. No le queda otra. La quebró y se tiene que fregar. Lo peor del caso es que todos los que formamos parte del Barapem parecemos apestados…”

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