Judy: aniquilada por el éxito

La actuación de Renée Zellweger en Judy está muy por encima de la cinta. Foto: Twitter @JudyTheFilm La actuación de Renée Zellweger en Judy está muy por encima de la cinta. Foto: Twitter @JudyTheFilm

MONTERREY, N.L. (apro).-  Judy Garland nació y murió entre reflectores. Nunca tuvo vida personal, fue mala madre y peor esposa. Su deceso prematuro y en bancarrota constata la infelicidad en la que vivió, como una de las más grandes estrellas de la era de oro de Hollywood que fue arruinada por el éxito.

Judy (Judy, 2019) echa una mirada severa a la industria del entretenimiento que tritura a sus supernovas, para extraerles el máximo provecho, antes de abandonarlas cuando su fulgor se extingue.

El mundo la adoró al verla en El Mago de Oz (Wizard of Oz, 1939), por su prodigiosa voz, su irresistible encanto y su incontrastable talento como la niña prodigiosa que enamoró a una generación. Sin embargo, muy pocas personas conocieron el sufrimiento por el que pasó para alcanzar la cúspide de su profesión.

Renée Zellweger interpreta con una intensidad autodestructiva a la diva, pero lo hace favorecida por una drástica reconfiguración facial que, en años recientes, la hizo irreconocible. Los retoques dérmicos le dan una apariencia precisa para convertirse a Garland. Y además interpreta, con educada voz, todos los números musicales.

Y así, con precisa similitud, se mete bajo la piel de la actriz que interpretó a Dorothy para torturarse una y otra vez por la felicidad que nunca tuvo, pese a que invirtió toda su niñez en el trabajo sin obtener recompensa.

En el drama dirigido por Rupert Goold se muestran los últimos meses de vida de la actriz, que pereció a sus 45 años. Deprimida, sin un dólar y arrastrando a sus hijos pequeños a su infierno existencial, encuentra una última oportunidad para resucitar: una gira por Londres con fechas agotadas, lo que le augura recuperar su vida y obtener la estabilidad que anhela.

Pero algo hay en ella que no le permite gozar. Acostumbrada a vivir atormentada, encuentra la forma de arruinarlo todo. Hay mucha tristeza en torno a Judy, pues la única manera que encuentra para lidiar con el monstruo de la fama es a través del alcohol y los barbitúricos, complementos que contribuyen a llevarla por una conducta errática que la mete en el tobogán del que no habrá de salir.

En flashbacks dolorosos se exhiben estampas de una niñez desolada. La chiquilla que hace ensoñar a millones es, detrás de cámaras, una esclava de los productores. En esa enloquecida doble vida, en la que debe sonreír ante el público, mientras su corazón llora espantado, la actriz y cantante crece en una indefinición que la lleva a estados demenciales.

Hasta que el desenlace trágico se hace inevitable.

Es difícil entender que la adorable dama considerada “la más grande estrella del entretenimiento” que deleitó al mundo con el superclásico número musical Over the Rainbow, fuera una persona tan desdichada.

Judy es el retrato crudo de una infancia robada. Pese a todo, la cámara la retrata con simpatía y compasión.

La actuación de Renée está muy por encima de la cinta.

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