Desde Honduras, la “caravana de la desesperación”

Migrantes de la caravana de Honduras encararon a la policía guatemalteca. Foto: AP / Santiago Billy Migrantes de la caravana de Honduras encararon a la policía guatemalteca. Foto: AP / Santiago Billy

El pasado martes 14 partió del norte de Honduras una caravana de mil personas desesperadas, acorraladas en su patria por la miseria y la violencia –los asesinatos y la extorsión están fuera de control–. Un día después el número de migrantes se había duplicado. Y los viajeros saben a lo que se enfrentarán cuando lleguen a la frontera con México… el rechazo absoluto. Aun así, hombres y mujeres, familias enteras emprenden la ruta con la esperanza de alcanzar un futuro seguro en Estados Unidos, país que tampoco los quiere.

TEGUCIGALPA (Proceso).- “Alguien que va huyendo no lleva sueños. Se van para poder sobrevivir. Este país ya es un desierto… nos toca llorar en silencio”. Son palabras de un tendero hondureño dichas el miércoles 15 al abogado Roger Pineda, miembro de una ONG.

Desde la terminal de autobuses de la norteña ciudad de San Pedro Sula, el martes 14 comenzaron a salir hacia Guatemala nutridos grupos de migrantes en una nueva “caravana de la desesperación”, como la han catalogado varios analistas y observadores.

Y la madrugada del miércoles 15 partieron nuevos grupos. Se calcula que salieron hacia los puntos fronterizos de Corinto y Agua Caliente unas mil personas, cifra que se habría duplicado en un día de marcha.

No le faltan razones al tendero. Tras un periodo de disminución en el número de asesinatos en el último lustro, 2019 vio un crecimiento alarmante de los mismos: 70 homicidios múltiples (con tres o más muertos en un solo evento) y 13 muertes violentas diarias. Y 2020 no se presenta más halagüeño. En los primeros seis días del año hubo 60 homicidios, un par de masacres, varios feminicidios y un auge de los suicidios.

Además el fenómeno de la extorsión, el “impuesto de guerra” que le imponen las pandillas (maras) y algunas bandas del crimen organizado a los comerciantes y transportistas de pasajeros y de carga, es un mal que ya puede considerarse endémico.

Aunque el gobierno le declaró la guerra a estos grupos, su accionar no ha disminuido. Crece. Para las pasadas fiestas de fin de año muchos extorsionados denunciaron que estos delincuentes les cobraron “aguinaldo” y ahora, iniciado 2020, han aparecido con otras modalidades para obtener dinero, como las “rifas” obligatorias.

Estos grupos sólo les cobran para permitirles seguir vivos, manifiestan muchas de las víctimas. Además, a cada comerciante o transportista lo extorsionan varios grupos, no sólo uno.

La mayoría de los analistas y observadores de este problema sospechan, aunque no se atrevan a asegurarlo, que en este delito habría policías coludidos, pese a la tan publicitada depuración policial, e incluso señalan a políticos y empresarios.

Por otro lado la situación económica no ha variado sustancialmente. Persisten los altos niveles de desocupación, subempleo y empleo precario y temporal, con salarios deprimidos que, en la mayoría de los casos, no alcanzan ni siquiera el salario mínimo.

Todo ello ha generado en los últimos años un notable crecimiento en el fenómeno migratorio, que está presente en la vida hondureña desde hace décadas.

En octubre de 2018, cuando partió la primera caravana desde San Pedro Sula, segunda ciudad del país y sede de la mayor parte de la industria local, mayoritariamente bajo la modalidad de maquilas, empezó esa nueva forma de migrar. Las justificaciones eran razonables: en grupos grandes el viaje era más seguro, se estaba menos a merced de los delincuentes y se obtenía ayuda desde instancias no gubernamentales nacionales a internacionales, debido a lo llamativo del fenómeno.

Eso varió a mediados de 2019 debido a los numerosos problemas generados en los países en tránsito, principalmente Guatemala y México, y a las medidas adoptadas por sus gobiernos.

Aun así, México seguía siendo un lugar promisorio, como paso hacia el norte o como destino final, especialmente desde que Andrés Manuel López Obrador llegó a la Presidencia y prometió visas especiales, trabajo y seguridad.

El espejismo duró poco: Hubo acuerdos que Trump obligó a firmar a los gobiernos del área: México primero y los del Triángulo Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras) casi inmediatamente. Con los llamados “acuerdos de tercer país seguro”, estos gobiernos se comprometieron a mantener en sus territorios a los migrantes de otras naciones, que pretendieran solicitar asilo en Estados Unidos.

Mucho se ha escrito sobre estos acuerdos: se considera que son una rendición incondicional de los gobiernos del área, especialmente en el Triángulo Norte, ante los deseos del inquilino de la Casa Blanca.

Si caben dudas, algunos datos dan la pauta de ello. En principio hay que mencionar que los textos de esos convenios no han sido traducidos al español ni se han dado a conocer públicamente.

Algunos de sus puntos generan controversia. En el caso de Honduras, por ejemplo, existe el “Acuerdo entre el gobierno de Estados Unidos de América y el gobierno de la República de Honduras para la cooperación en el examen de las reclamaciones de protección”, en el que en 10 puntos se establecen las obligaciones de las partes, aunque más correcto sería decir que se obliga al país centroamericano a recibir migrantes que sean referidos por Washington.

Asimismo se indica que Honduras no podrá devolverlos ni removerlos hasta que sus casos de asilo sean resueltos por las autoridades federales estadunidenses.

Si esto parece abusivo, el décimo punto es lapidario: Honduras no podrá discutir ni negar ninguna de las decisiones del gobierno estadunidense.

El presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, necesita del apoyo de Washington pues es impopular en su país y tiene un Partido Nacional dividido.

En la mayoría del gobierno hondureño impera el silencio. Sólo la vicecanciller Nelly Jerez se ha expresado para recordarles a los caravaneros los peligros del camino y las casi nulas posibilidades de llegar a Estados Unidos.

Además puso el énfasis en la situación de los menores de edad: “Si usted en este caso viaja con un niño que no es su hijo y no va con su respectiva documentación, definitivamente va a tener problemas legales correspondientes, según la frontera nuestra o la de los demás países”.

Por su parte, autoridades del Instituto Nacional de Migración (INM) revelaron que sus propios monitoreos contabilizan 547 ciudadanos hondureños que han hecho su trámite migratorio correcto en los dos puntos fronterizos con Guatemala hacia donde se han dirigido los caravaneros. Y 173 han sido retenidos por no llevar documentación.

Gracias al convenio CA-4 los hondureños pueden trasladarse con su tarjeta de identidad por Guatemala –el acta de nacimiento en el caso de los menores de edad–; pero para ingresar a México deben tener visa. Sin ella serán detenidos y deportados.

La mañana del jueves 16 sumaban 116 los hondureños que habían cruzado a Guatemala pero que fueron retornados al territorio nacional por no cumplir los mencionados requisitos.

Según datos del INM, al menos 42 menores fueron retenidos en la aduana de Agua Caliente por miembros de la Fuerza de Tarea del Migrante, encabezada por la Dirección de la Niñez, Adolescencia y Familia, ya que no contaban con ninguna documentación, pese a ir acompañados de un adulto.

Las caravanas de 2020

“Esta primera caravana muestra con meridiana claridad que el discurso oficial es falso, que la situación general sigue siendo dramática para la mayoría de la población”, comenta a Proceso un abogado y defensor de los derechos humanos que, por razones de seguridad, pide el anonimato.

El abogado agrega: “El gobierno nacional está más dedicado a su propia supervivencia que a solucionar los problemas del país. JOH (siglas con las que se identifica a Hernández) privilegia sus necesidades e intereses por sobre los de la población. Aumenta los presupuestos de las Fuerzas Armadas y de seguridad, pero disminuye notoriamente los de salud, educación y otros sectores vitales para el desarrollo nacional.

“No ha invertido más que en la construcción de cárceles y en el equipamiento castrense y policial. Hasta hizo construir un barco en Israel para la Fuerza Naval, con cuyo costo se habrían podido equipar y mantener muchos hospitales y escuelas. JOH no presta atención más que a su supervivencia, lo cual ha dividido a su propio partido.

“Por lo tanto, no es de extrañar que la desesperación lleve a la gente, especialmente a aquellos que conforman las clases más precarizadas de la sociedad, a migrar a como dé lugar”, finaliza.

Los migrantes conocen los riesgos del camino. Saben de los obstáculos a vencer y son conscientes de que Estados Unidos no les permitirá ingresar. Aun así, prefieren eso que permanecer en su país.

Palabras de los migrantes

“Seguro que habrá problemas, seguro que tendré que defenderme, seguro que la policía hondureña y la guatemalteca me garrotearán, pero ¿en qué se diferencia eso de lo que vivo a diario en mi colonia?”, dice al reportero, con un dejo de amargura y desesperanza, Diego L, migrante que vivía en el Sector Chamelecón de San Pedro Sula, sitio donde reinan las maras.

Por su parte, el abogado Roger Pineda comenta a este semanario: “No es Venezuela, Cuba, ni África. Es Honduras. Hoy (el miércoles 15) camino a los valles de Quimistán, alcanzamos varios grupos de la caravana de migrantes rumbo a la frontera de Agua Caliente con Guatemala. Un grupo de familias con niñas y niños entre dos y 12 años. Nos pidieron jalón (aventón), por lo cual los llevamos hasta cerca del desvío de San Marcos.

“Con un nudo en la garganta nos despedimos, ellos muy agradecidos. Nos detuvimos en una pulpería (tienda) con parte del equipo del Servicio Social Pasionista y amigos. Compramos agua y jugos para darles y que llevaran durante su travesía.”

Roxana F, madre de dos niños pequeños, con uno de ellos en brazos y el otro aferrado a su falda, expresa: “Tengo mi casita en Cofradía, ahí cerquita de San Pedro Sula, pero no tenía trabajo más que ocasional como aseadora de casas. Con lo que me pagaban por trabajar un día entero me alcanzaba solamente para comprar la comida para dos tiempos, siempre que no gastara en lujos, sino en lo más necesario, y ni siquiera tenía para la leche del tierno. No tengo marido, estoy sola con mis cipotes (niños), así que no nos puede ir peor, aunque los gringos no nos quieran, y tampoco nos quieran los chapines y los mexicanos. Yendo en esta caravana quizá tenga ayuda de la gente internacional que anda por aquí, ayudando en algo”.

Una verdadera muestra del razonamiento imperante entre estos caminantes, poseídos por la desesperanza.

“Soy bachiller, no tengo familia y trabajaba a tiempo parcial en un beneficio de café en Choloma”, nos comenta Abelardo R, un veinteañero con una mochila en su espalda, en el cruce de Ceibita, donde descansó unas horas esperando que algún alma caritativa lo acercara un poco más a la frontera de Agua Caliente. “Como no tengo familia que dependa de mí, mi viaje es menos penoso que el de aquellos que van con hijos y hasta abuelos en silla de ruedas. Si las cosas van mal, pues me regreso a seguir sufriendo el día a día en mi ciudad, escapando en lo posible de las maras y de los locos que abundan y andan a los balazos porque sí nomás”.

Se cree que a finales de este mes Honduras comenzará a recibir migrantes de cinco países, aunque originalmente se hablaba sólo de nicaragüenses y cubanos.

Se espera que en los grupos que lleguen a territorio hondureño haya cubanos y haitianos, que suelen ser mayoría entre los migrantes extrarregionales, aunque se infiere que predominarán mexicanos, salvadoreños, nicaragüenses, guatemaltecos y brasileños, según comentó a la prensa el canciller Lisandro Rosales.

Es extraño que haya incluido a ciudadanos mexicanos en la lista, pero no dio explicaciones al respecto.

Expertos centroamericanos en el tema migratorio señalan que Honduras no tiene capacidad para acoger a solicitantes de asilo extranjeros, a quienes se les deberían brindar condiciones adecuadas de salud, seguridad, educación y empleo para que tengan una estancia digna, a lo cual se comprometió el gobierno.

Estos migrantes, que se encuentran en la frontera sur de Estados Unidos, llegarían a Honduras para esperar la resolución a su solicitud de asilo en aquel país, la que puede demorar entre uno y tres años.

Pero Honduras no puede satisfacer las demandas más elementales de un amplio sector de su población. Hay insuficiencia de empleo y trabajo. Los sistemas de salud y educación están colapsados, como efecto de la corrupción imperante y de la notable baja en los presupuestos de ambos sectores. Respecto a la seguridad, la población local vive en constante zozobra.

Este reportaje se publicó el 19 de enero de 2020 en la edición 2255 de la revista Proceso

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