La crisis migratoria, “una emergencia  humanitaria”

Tikal del Norte en El Salvador. Visita de Jan Egeland. Foto: Consejo Noruego para Refugiados Tikal del Norte en El Salvador. Visita de Jan Egeland. Foto: Consejo Noruego para Refugiados

Para el activista Jean Egeland, directivo del Consejo Noruego para Refugiados, la crisis migratoria de Centroamérica hacia México y Estados Unidos debe ser tratada como una emergencia humanitaria. Sin embargo, dice, el gobierno de Trump está descargando sus responsabilidades en países con menos recursos y con índices de violencia comprables a los de un conflicto armado, lo que también dificulta la ayuda de las naciones europeas a la zona. Y añade que México debe ejercer un “liderazgo moral”, por tratarse de un “gigante en la región”.

GINEBRA, Suiza (Proceso).- “La política de Estados Unidos ha contaminado el sistema de asilo, de trato al refugiado y al migrante a lo largo del continente”, afirma en entrevista con Proceso Jan Egeland, secretario ejecutivo del Consejo Noruego para Refugiados (NRC), organización no gubernamental fundada en 1946.

Desde su punto de vista, el presidente estadunidense Donald Trump está evadiendo su responsabilidad porque “no está concediendo asilo” a los migrantes y, con sus presiones comerciales orilló a México –que se plegó a los dictados de Washington, sin explorar otras opciones– a militarizar su frontera sur, además de que “recortó el presupuesto de ayuda para los países del Triángulo Norte de América Central”.

“Hay que llamar a las cosas por su nombre”, dice Egeland, y afirma que la crisis migratoria es una emergencia humanitaria, ya que miles de personas huyen de la violencia en Centroamérica y se topan con una barrera militar en la frontera sur de México.

Él constató la situación en el lugar, ya que en septiembre del año pasado viajó en una minivan con cinco de sus compañeros desde El Salvador hasta Tapachula, pasando por Guatemala. “Quería verlo con mis propios ojos y tener una idea más clara de lo que está pasando”, dice.

“Lo primero que entendí de manera muy evidente –señala– es que las personas no huyen de su tierra porque quieren una vida con mejores condiciones económicas en Estados Unidos; no van en busca del sueño americano, huyen de la violencia, de conflictos armados como los que he visto en África.’’

Lo recalca porque “muchos políticos dicen en Washington y en otras partes que la principal razón es que huyen porque quieren mejorar su economía, eso es mentira”.

Durante su recorrido, el secretario general del NRC se entrevistó con varias personas en refugios como la Casa del Migrante de los misioneros de San Carlos Scalabrinianos, en Guatemala, y en el refugio de Fray Matías, en Tapachula.

“Conocí a madres que tuvieron que dejarlo todo de un día para otro y llevarse a sus hijos en brazos, y a una familia completa de tres generaciones; escuché lo duro que fue para ellos ser expulsados de su propia tierra, que han tenido por generaciones pero los grupos armados se la arrebataron cuando ellos abandonaron el lugar.

Egeland, quien también fue enviado especial del secretario general de la ONU para la coordinación de acciones humanitarias en Siria, deplora la “exorbitante” dimensión de las extorsiones en la región.

Por ejemplo, relata, en Tapachula conversó con una madre muy joven que por fortuna obtuvo asilo en México. Ella vivía sola con sus hijos en San Pedro Sula, ciudad hondureña que muchos hombres han abandonado. Poseía una tienda, pero tenía que pagar derecho de piso a un grupo armado.

De por sí era difícil obtener lo necesario para subsistir y además pagarle a los delincuentes, cuando su madre enfermó de cáncer y tuvo que cerrar la tienda para cuidarla. Tras el fallecimiento de la señora, la entrevistada abrió de nuevo la tienda, pero los delincuentes le reclamaron por su ausencia y le dieron un ultimátum: si al día siguiente no pagaba tres mensualidades de la extorsión, se llevarían a su hijo de 12 años para enrolarlo en su pandilla.

Aterrada, ella y el niño partieron hacia el norte. Sin embargo, en Guatemala cayó en manos de otra banda, ésta dedicada a la trata de personas, y fue utilizada como esclava sexual y como cocinera, pero logró escapar.

Al llegar a México se sintió a salvo, pero se enteró de que las bandas hondureña y guatemalteca anunciaron en las redes sociales que la estaban buscando para matarla. Incluso algunos de los sicarios consiguieron pasar la frontera militarizada.

“Estos grupos delictivos no tienen fronteras, es la gente que huye de la violencia la que se topa con las fronteras –comenta Egeland–; ella no pudo regresar a ver a su familia.”

No es la única historia. Unas 700 mil personas huyeron del norte de América Central tan sólo el año pasado, principalmente debido a la violencia brutal, para salvar sus vidas. Más de 10 mil asesinatos se cometieron durante el mismo periodo en la región.

Madres, padres, jóvenes y niños con los que habló el activista noruego “relataron historias similares a los horrores que he escuchado en las zonas de guerra que conozco de Medio Oriente y África”.

Desde Honduras, la “caravana de la desesperación”

Una lotería, solicitar asilo

Ante esta compleja situación, el directivo del NRC tiene expectativas: “Lo que yo espero de México es un liderazgo moral”, dice.

Desde su punto de vista, la necesidad de proteger el comercio con Estados Unidos ante la amenaza de los aranceles especiales no justifica la actitud restrictiva del gobierno mexicano. Por eso llama al presidente Andrés Manuel López Obrador a crear una estrategia conjunta con Canadá para inducir al gobierno de Trump a cumplir sus responsabilidades en materia de asilo, de acuerdo con los tratados internacionales de los que forma parte Estados Unidos.

Para Egeland, ningún país de Centroamérica ni México pueden convertirse en “tercer país seguro”.

“Lo que está haciendo Washington es dejar a estos países pequeños su responsabilidad para ofrecer asilo, está dejando a su suerte a las personas, a los civiles, en una zona en la que existe un conflicto armado. Los grupos armados en Honduras y en El Salvador tienen decenas de miles de combatientes, esto es del tamaño de cualquier conflicto en África o en el Medio Oriente, con 10 mil asesinatos en un corto periodo en el norte de Centroamérica’”, reitera.

Por eso lamenta que al cruzar la frontera de Guatemala con México lo primero que encuentra una familia migrante son las metralletas, soldados fuertemente armados.

A Egeland le sorprende el grado de militarización. “Esto no era así, es algo relativamente nuevo”, señala, pues ahora los migrantes son llevados a centros de detención y se separa a las familias: madres e hijos van a uno y los padres a otro.

“Es una lotería que aquellos que llegan a la frontera puedan tener el derecho a pedir asilo, a pedir protección… a muchos se les regresa ahí mismo o poco después… Aquellos que logran escabullirse y pasar los controles de la frontera, lejos de los cruces fronterizos, tienen más oportunidades de tramitar su solicitud de asilo en Tapachula o en la Ciudad de México, en el ya de por sí sobrecargado sistema de asilo.

“Eso es mejor que enfrentar directamente a los militares, ahí las posibilidades son casi nulas.”

En la oficina de Migración en Tapachula, el activista noruego observó una situación “verdaderamente caótica”, entre otras cosas por las enormes filas para realizar los trámites o la restricción a los migrantes africanos para salir de la ciudad.

“Son migrantes que vienen de al menos 18 países. Es difícil imaginar lo que han tenido que pasar para llegar hasta ahí, las penurias que han sorteado, el agotamiento físico y emocional… Están ahí atorados, no les permiten salir de ahí, es incomprensible y deplorable.

“Me gustaría ver que la política migratoria mexicana fuera más sistemática, que deje de ser una lotería obtener asilo para los que verdaderamente lo necesitan.”

Tras llegar a Tapachula, Egeland partió a la Ciudad de México para reunirse con funcionarios de las secretarías de Relaciones Exteriores y de Gobernación, incluidos del Instituto Nacional de Migración y otras dependencias, cuyos nombres no revela.

Posteriormente fue a Washington y discutió con representantes del gobierno, sociedad civil y académicos la situación que atraviesan miles de migrantes: “Les dije que es contraproducente que Washington haya suspendido la ayuda para los países del Triángulo Norte de Centroamérica, es totalmente incomprensible… Están castigando a los migrantes, a la gente… Les dije que necesitan ayuda”.

Añade que NRC, por ejemplo, brinda protección, educación, medios de subsistencia y esperanza a gente de El Salvador y Honduras, además de que sus actividades en América Latina y el Caribe responden a las necesidades y derechos de las personas desplazadas y refugiadas, sin distinciones de edad, género, condición social, étnica, religiosa o nacionalidad, con un enfoque de acceso a derechos y soluciones duraderas.

“¿Y quiénes nos están financiando? ¿Estados Unidos? ¡No! Nos financian la Unión Europea, Suiza, Noruega, Suecia… pero no debería ser así: la responsabilidad es de América del Norte y quizá de México también”, puntualiza.

Explica que la paradoja del trabajo humanitario en esta región es que se trata de países muy pequeños, a los que se podría impulsar con mucha más facilidad que a los extensos países del Medio Oriente o africanos.

Por una parte, dice, a los migrantes centroamericanos no se les está dando protección, educación ni sustento en su propio país, pero tampoco cuando lo dejan, porque se topan con fronteras militarizadas y al final chocan con el muro gigante de Trump.

Tarde o temprano, indica, esto va a ser contraproducente para el gobierno de Estados Unidos, pues no es posible rehuir así de una crisis en la que están en riesgo tantas personas, a las que “no se les da esperanza en casa ni fuera de ella”.

Esta entrevista se publicó el 19 de enero de 2020 en la edición 2255 de la revista Proceso

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