Herencia mortal de la Guerra de Vietnam

Restos de bombas de racimo en Laos. Foto: AP / Richard Vogel Restos de bombas de racimo en Laos. Foto: AP / Richard Vogel

Cada bomba es un desafío en el país más minado del mundo. Laos padeció entre 1964 y 1973 una lluvia de artefactos explosivos superior a la de Japón y Alemania juntas durante la Segunda Guerra Mundial. A más de cuatro décadas del fin de la Guerra de Vietnam sólo se ha desactivado 1% de los 270 millones de bombas de racimo que fueron sembradas y que siguen matando personas, principalmente a niños que las confunden con juguetes.

VIENTIÁN.- El museo ofrece un detallado recorrido por el arsenal de la época: morteros, granadas, misiles y bombas de todos los tamaños… Todo ese conjunto herrumbroso ha sido recogido en los últimos años en los alrededores de Phonsavan, un pueblito en el norte de Laos.

La atención del recién llegado se detiene en una bomba imponente de mil kilos, pero el director de la organización UXO Lao (Programa Nacional de Municiones sin Explotar), Charlie McFarlane, apunta a unos juncos con cientos de anodinas bolas de metal oxidadas. Tienen el tamaño de una pelota de tenis y un aspecto escasamente inquietante. Son bombas de racimo, conocidas aquí como bombitas.

“Si quieres destruir un puente, utiliza bombas grandes. Si quieres matar gente allí abajo, utiliza las de racimo. Pequeñas y baratas. Son perfectas”, dice.

Su único y a menudo despreciado defecto es que siguen matando a civiles muchas décadas después de que se firmó la paz.

Durante nueve años, entre 1964 y 1973, este pequeño país del sureste asiático recibió una lluvia de bombas. Más que las que soportaron Japón y Alemania juntas durante la Segunda Guerra Mundial.

Fueron 2.5 millones de toneladas –casi una tonelada por habitante– y sin tregua: 580 mil misiones, una cada ocho minutos. Su testamento más perdurable son las bombas de racimo: sólo 1% de 270 millones de ellas ha sido desactivado después de más de cuatro décadas, según la organización no gubernamental Legacies of War.

Diez de las 18 provincias siguen hoy “altamente contaminadas”. Los aviones estadunidenses las sembraron en el sur para interrumpir la Ruta Ho Chi Minh, un conjunto de carreteras y ríos por los que fluían el armamento y las tropas de Vietnam del Norte y el Vietcong. No había ninguna lógica militar para desparramarlas en el norte, pero la zona estaba controlada por el gobierno comunista del Pathet Lao. La instrucción era simple: borrarlo del mapa.

Hasta Phonsavan, apenas una calle que ensancha la carretera regional, ha llegado la solidaridad internacional para compensar la falta de fondos gubernamentales. Organizaciones neozelandesas, británicas y japonesas emplean cada día a 800 personas en la titánica misión de despejar el terreno de bombas.

La misión neozelandesa está comandada por McFarlane, ingeniero militar y exsoldado de andares pesados y antebrazos como remos, con experiencia en Irak, Bosnia y Timor Oriental. Los últimos 15 de sus 58 años los ha dedicado a eliminar bombas. Es un empleo con el futuro asegurado. “Sólo con las que hay en Laos mis nietos tendrían trabajo. Y hoy aún se están utilizando en Afganistán y Siria”, revela con amargura.

Acompañarlo en su jornada exige la firma de un documento de asunción de riesgos y especificar tu grupo sanguíneo mientras ves al personal médico. Un mapa con el perímetro de la zona dividido en cuadrículas indica el trabajo pendiente. Las verdes ya están limpias y cada punto identifica una bomba hallada. “Es como ir de pesca: hay días en que te vas sin nada y hay otros en los que encuentras 17 en un centenar de metros cuadrados”, revela.

Es una labor artesanal y paciente que exige delimitar el suelo con cintas rojas y limpiar la maleza antes de que el personal lo peine con los detectores de metal.

Algunas bombas están enterradas, otras se confunden con el terreno. Han transcurrido unos minutos cuando un zumbido sugiere que una se esconde en la ladera de un montículo. Se extrae con mimo y se conduce a un lugar deshabitado para detonarla. Una columna de humo lejana certifica que otra bomba ha sido eliminada: sólo quedan en el país 80 millones más.

“No es un trabajo seguro, pero no hemos sufrido ningún accidente. Eso indica que hacemos las cosas bien”, dice McFarlane. Su labor más crítica consiste en supervisar que los trabajadores locales observen el férreo protocolo que prohíbe fumar o establece amplias distancias de seguridad.

Bounsong, su ayudante, recuerda un cuadro opuesto antes de que la primera organización internacional llegara en 1994. “Era muy peligroso. No teníamos máquinas ni métodos. Los campesinos las buscaban con la vista y las retiraban con las manos. Muchos morían. Y al día siguiente sus familiares volvían al campo. Ahora es mucho más seguro, pero no te puedes confiar; cada bomba es un desafío”, explica.

Calcula que en dos décadas habrá encontrado unas 6 mil bombas de racimo en los alrededores de su Ponshavan natal.

UXO limpia 6 millones de metros cuadrados al año. McFarlane señala desde el todoterreno un lejano arrozal salpicado de campesinos con sombreros cónicos. “Lo limpiamos el mes pasado”, expresa satisfecho.

Odio a los estadunidenses

Las bombas de racimo están diseñadas para estallar antes de tocar el suelo y esparcir cientos de artefactos. Pero los errores de fabricación impidieron que 30% detonara; 40% de los 20 mil muertos desde el final de la guerra han sido niños que por los colores vivos y formas redondeadas las confundieron con juguetes. Recuerdan también a una pelota de petanca, un deporte popular en el país. En 2008 aún mataron a unas 300 personas; hoy “sólo” a 50. Un campesino murió hace dos semanas en Luang Prabang. Algunas áreas del país probablemente nunca serán limpiadas.

Las bombas lastran el desarrollo de uno de los países más pobres del mundo. Carreteras, ferrocarriles y otras infraestructuras imprescindibles se han desestimado y la economía eminentemente agraria se resiente de las grandes superficies fértiles forzosamente abandonadas. Pero la falta de alternativas empuja al riesgo: los campesinos se adentran en los cultivos y los chatarreros las cambian por unas monedas.

La historia de Maiin Thavong no es poco común. Del campo recogía el arroz y las bombas que vendía en el mercado a 200 kit (0.02 dólares) por kilo. Habían pasado dos décadas desde el final de la guerra cuando su azada topó con algo sólido. “No recuerdo nada, me desmayé y desperté días después en el hospital sin una pierna. Tengo suerte de estar vivo, en el pueblo ya habían muerto tres vecinos”, recuerda mientras a sus espaldas desfilan patos, gallinas y perros.

A su poblado, Viengkhan, se llega después de una hora en coche desde Phonsavan mediante carreteras bacheadas y caminos polvorientos que frecuentan bueyes y vacas.

Los riachuelos de aguas prístinas donde los lugareños lavan su ropa y pescan, o las laderas montañosas de un verde rotundo explican la atracción del turismo mochilero hacia Laos.

Este idílico remanso de paz fue durante nueve años arruinado por explosiones. Thavong no ha olvidado aquel zumbido al que le temía desde niño, pero que se acostumbró a escuchar. “Teníamos tres minutos para dejarlo todo y correr hacia el bosque para escondernos en los profundos hoyos que habíamos cavado antes de que llegaran los aviones”, recuerda a sus 55 años. No quedaba una casa en pie, habían muerto todos los animales, los cultivos habían sido destruidos y los aviones seguían acudiendo a su cita diaria. Sobrevivieron porque los vietnamitas les daban arroz y años después enviaron ganado. “Odio a los americanos. Ni siquiera nos han pedido perdón en todos estos años”, expresa.

El expresidente estadunidense Barack Obama declaró en un viaje oficial de 2016 que ayudar a Laos era “una obligación moral”. Fue más lejos que ninguno de sus predecesores, pero siguió quedándose muy corto: eludió las disculpas, habló de sufrimientos “compartidos” entre agresores y agredidos y los 90 millones de dólares que prometió equivalen sólo a cinco días de aquellas operaciones aéreas.

Laos estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado. La operación militar estadunidense fue ruin. Causó un número indeterminado de muertes, forzó desplazamientos masivos y borró aldeas y ciudades. La guerra fue ilegal porque Laos era neutral, pero pronto quedó arrastrada por la teoría del dominó por la que Washing­ton pretendía detener el comunismo en cualquier parte del mundo y a cualquier precio.

La decisión fue tomada por un puñado de gerifaltes y ocultada al Congreso. La “guerra secreta” dejó de serlo sólo siete años después, con el obligado reconocimiento del entonces presidente Richard Nixon. Las promesas de que sólo atacaban objetivos militares y la prohibición de acceso a la prensa impidieron protestas sociales como las de Vietnam.

“Lo ilegal lo hacemos inmediatamente, lo inconstitucional nos lleva un poco más de tiempo”, resumió el secretario de Estado y premio Nobel de la Paz, Henry Kissinger.

El ritmo de las misiones se cuadriplicó después de que Estados Unidos rebajó su campaña en Vietnam. “Bueno, teníamos todos esos aviones ahí y no podíamos dejarlos sin hacer nada”, explicó un representante en el Senado.

El mundo supo lo que ocurría gracias a Fred Branfman, un activista estadunidense que viajó a Laos en 1967 y escuchó de los campesinos las historias de los bombardeos en las zonas más remotas del país. Se puso manos a la obra: organizó viajes para periodistas y diplomáticos, escribió un libro con los testimonios de las víctimas y rebatió a los negacionistas en el Congreso.

Phonsavan es famosa por las decenas de misteriosas construcciones rocosas con forma de jarras. Se desconoce quién las hizo, desde hace cuántos siglos están ahí o cuál fue su utilidad.

Un paseo por “la llanura de las jarras” descubre cráteres de una decena de metros de diámetro y varios de profundidad que dejaron las bombas más pesadas. En una cueva cercana murieron casi 400 laosianos que pensaron que su estructura soportaría las detonaciones.

El rastro de la guerra es ubicuo aquí y la población se ha esforzado en el reciclaje. Los estilizados recipientes de las bombas de racimo son valiosos postes para apuntalar las típicas casas elevadas de las zonas rurales o sirven de sólido y amenazante vallado.

Algunos artesanos funden el metal para elaborar cucharas y otros utensilios cotidianos. En ningún colegio faltan los coloridos carteles que enseñan a los niños a diferenciar las bombas de piedras o pelotas.

“Mi madre siempre me repetía que tuviera cuidado cuando salía a jugar con los amigos”, recuerda el veinteañero Kham. “Yo también se lo tendré que decir a mis hijos”, menciona.

Ni Estados Unidos ni Rusia figuran entre los 116 firmantes de la convención contra el uso de las bombas de racimo.

Este reportaje se publicó el 19 de enero de 2020 en la edición 2255 de la revista Proceso.

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