Banderillas negras en infortunado festejo

De la sexta a la duodécima corrida el drama en los ruedos ha sido –en promedio– amabilizado por la apuesta que empresas, apoderados y ganaderos hacen por la mansedumbre repetidora y predecible. De las tardes destaca la de la Corrida Guadalupana en la que el juez Jorge Ramos ordenó poner al sexto (de la reaparecida ganadería Begoña) banderas negras en desaprobación máxima a un encierro de reiterada docilidad. Contrario a la tarde del 12 de diciembre último, el matador José Mauricio y el hierro de Piedras Negras brillaron en la octava y undécima tarde, respectivamente.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Habida cuenta de que el total de corridas será de 18, sorprende la manera con la cual la empresa de la Plaza México divide su anual Temporada Grande, desairado serial que en promedio recibe una asistencia menor a la cuarta parte del aforo del coso (42 mil localidades), situación que en 23 años de gestión no preocupó a los Alemán y tampoco a los Baillères en los últimos tres años en ese mal fario que inmoviliza la tradición taurina mexicana. A los primeros 12 festejos los llama “primera parte” y al resto, “segunda parte”.

La tauromaquia líquida, que diría Zygmunt Bauman, o el hecho de confundir lo natural con lo trivial, lo individual con lo vulgar y la autoestima con el entreguismo, se ha encargado, por lo menos durante las recientes cuatro décadas, de amabilizar el drama en los ruedos con la apuesta que empresas, apoderados y ganaderos hacen por la mansedumbre repetidora y predecible mientras el público encuentra una insospechada variedad de opciones para divertirse más que emocionarse.

Si a lo anterior se añaden las desalmadas combinaciones de toros y toreros en los carteles, la suerte del espectáculo en México parece estar echada por el monopolio de Baillères y dos o tres empresas satélites sin ánimo de competir o con propuestas diferentes. La posmodernidad se cruzó con la negligencia.

Ureña, ¡qué torero!

El 8 de diciembre alternaron el francés Sebastián Castella, con 37 años de edad, 19 de alternativa y 40 corridas toreadas en 2019; el español Paco Ureña, con 37 años, 13 de matador y 29 tardes; el queretano Octavio García, El Payo, con 30 años, 11 de matador y 21 tardes, y el franco–yucateco André Lagravere Peniche El Galo, con 20 años, cuatro de novillero y 15 novilladas el año pasado, para estoquear reses de Xajay, propiedad de Javier Sordo, socio de Baillères en la empresa Tauro Plaza México.

Ante un encierro anovillado, débil y claro, Castella –ya sin imán de taquilla– anduvo frío y oficioso a diferencia del murciano Paco Ureña, quien en septiembre de 2018 perdió el ojo izquierdo en Albacete al torear a la verónica a su segundo.

Sin memoria para el dolor, Ureña le plantó cara a su deslucido primero en una pundonorosa y mandona faena por ambos lados, cobró una estocada que hizo rodar sin puntilla y apenas fue llamado al tercio a agradecer la ovación. Con su segundo, otro soso, probón y con sentido, consiguió muletazos imposibles, metiendo al toro y al escaso público en su faena.

Falló con la espada, pero dejó clara la diferencia entre torear bonito y enorgullecer al aficionado con tamaña ética torera.

El Payo malogró una magnífica labor con su primero, corroboró la evolución de su sello y el poco filo de su espada. El Galo lo intentó todo, pero no le salió casi nada en una confirmación de alternativa tan precipitada como inexplicable. “Haces, pero no dices”, le gritaron cuando se daba la vuelta por su cuenta tras despachar mal a su segundo.

El Begoñazo

El neotaurinismo ansía tanto la estética sin ética en una fiesta brava sin bravura que no sólo están acabando con la tradición, sino que apedrean su propio tejado.

El jueves siguiente se dio la Corrida Guadalupana, ahora con un encierro de Begoña, una de las cinco ganaderías propiedad de Alberto Baillères, hierro que tenía 23 años sin venir a la Plaza México y que, según la crítica positiva, era esperado con sumo interés como si sus triunfos en los estados fueran la constante.

Pero se trató de una mansada de antología, bautizada con nombres tan piadosos como cursis en un cartel que hizo menos de media entrada con tres buenos diestros que no acaban de hacerse del público capitalino: el tlaxcalteca Sergio Flores, de 28 años de edad, siete de alternativa y 24 tardes en 2019; el limeño Andrés Roca Rey, de 23 años, cuatro de alternativa y 17 tardes en España (debido a una lesión en las cervicales), y el hidrocálido Luis David Adame, de 21 años, tres de matador y 50 corridas el año pasado de las cuales 17 las hizo en España.

“En el mismo punto en que se fue (Begoña) –escribió el cronista Luis Eduardo Maya–, vuelve… para pegar un petardo. En un nivel que ni la peor pesadilla podría imaginar, regresa… con el prestigio trastocado y rompiendo las ilusiones de miles.

“Begoña descarrila no sólo a la Temporada Grande, que recibe un nuevo frentazo de realidad por segunda ocasión consecutiva y en una misma semana, además saca de contexto un concepto que pone en entredicho la idea de Fiesta Brava que ofrece el actual régimen taurino mexicano.

“Banderillas negras incluidas, Begoña escribe una de las páginas más oscuras que puedan haberse dado en casi 74 años de historia en la Plaza México, cargándose los intentos de Roca Rey, Luis David y de Sergio Flores, quien recibe un obsequio en forma de oreja.”

Lo más interesante del infortunado festejo –aprobación de reses de reprobable presencia, premio improcedente y devolución de un toro a destiempo– fue que el juez Jorge Ramos, con el mismo escaso respaldo de la alcaldía Benito Juárez que sus colegas, ordenara poner al sexto banderillas negras –sanción máxima a un encierro de reiterada mansedumbre– para en seguida devolverlo después de haber sido picado y dar salida a un reserva igual de manso. De lujo todo.

Deslumbre

Para la octava corrida se anunciaron reses de Barralva, de su encaste español Atanasio Fernández, muy bien presentados y exigentes en otro cartel diseñado por el enemigo, con el español David Fandila, El Fandi, de 38 años de edad, 19 de alternativa y 33 corridas en 2019; el potosino Fermín Rivera, de 31 años, 14 de alternativa y 11 tardes, y el capitalino José Mauricio, de 35 años, 14 de matador y 21 corridas toreadas el año pasado.

Al Fandi no le lucen las mil 600 corridas acumuladas a lo largo de su carrera; a la facilidad como eléctrico banderillero añade bastedad con capa y muleta. Fermín Rivera, con un toreo reconcentrado que limita su expresión y le impide remontar la sosería de algunas embestidas, consiguió la oreja de su segundo por enjundiosa faena.

Lo verdaderamente perturbador sobrevino con la tauromaquia emocionada, fina y mandona a la vez de José Mauricio, quien con su primero deslumbró con un toreo de capa y un juego de brazos que parecían olvidados, y un trasteo tan parsimonioso como emotivo… empañado con la espada. Así y todo dio exultante vuelta al ruedo y los restos del toro fueron ovacionados.

Se superó con su segundo, Malagueñito, castaño cornipaso que recargó en la vara y con el que desplegó técnica, valor sereno y emocionada expresión en tandas por ambos lados que requirieron aguante y mando.

Dispuesto al triunfo, Mauricio dejó un estoconazo, resultó prendido y en la arena recibió una tunda del codicioso toro, así como dos merecidas orejas que recibió bañado en lágrimas. Hace 10 años en este mismo escenario, con otro toro de Barralva –Azucarero– José Mauricio realizó sensacional faena premiada con las orejas. ¿Se tardó en madurar o sólo fue relegado?

Como no hay dicha completa, para la denominada “corrida de triunfadores mexicanos”, con Rivera, Mauricio y Juan Pablo Sánchez, la empresa trajo un encierro de Montecristo, retornando así a la falta de trapío y de transmisión en las embestidas.

No obstante la exitosa tarde de José Mauricio en la semana anterior, la plaza registró otra pobre entrada, confirmando la severa crisis de toreros mexicanos taquilleros, gracias a la debilidad importadora de las sucesivas empresas.

De nueva cuenta lo memorable corrió a cargo de un mentalizado e inspirado José Mauricio, cuya cadencia y profundidad con capa y muleta remontaron la sosería de su lote para llevarse la oreja de cada uno de sus toros y volver a salir en hombros, no sin llevarse un fuerte achuchón al ejecutar un natural.

Avances

Una de las corridas más emocionantes y desestimadas de la temporada fue la décima, con los rejoneadores mexicanos Horacio Casas, Emiliano Gamero y Santiago Zendejas –los rejoneadores europeos apenas alternan con jinetes nacionales– y los Forcados Amadores de Lisboa de Turlock, California, y de Mazatlán, gracias a su afición y a la bravura de los toros de Vistahermosa, tres de los cuales mostraron transmisión y fuerza, destacando el quinto que fue indultado.

Se llamó Gaspar, pesó 551 kilos, y con él Gamero alcanzó por fin el merecido premio a su tenacidad y afición. Fue un toro de incansable y boyante embestida al que recibió en toriles con la garrocha en la diestra para luego llevarlo muy templado a lo largo del redondel y colocar certeros fierros. En un momento afloró el drama al caer ambos a la arena tras tropezar el caballo, aparentemente, con sus cuartos traseros; otra versión sostiene que la desventura fue causada por lo blando de la arena añadida que la empresa no ha retirado tras el encuentro de tenis realizado en noviembre último. Pese al riesgo adicional que eso representa, ni matadores ni subalternos han externado alguna queja.

Repuesto del porrazo, Gamero dejó otra banderilla y quitó las riendas a su cabalgadura para clavar otra más en todo lo alto, la quinta, y tres rosas certeras. Cuando tomó el rejón de muerte, la concurrencia, no por escasa menos metida en la faena, solicitó el indulto, concedido por el juez Enrique Braun, no sin que los mexhincados levantaran la ceja, habituados a ver triunfar exclusivamente a jinetes extranjeros.

Tras una esforzada campaña europea en poblaciones modestas, este Emiliano mostró innegables avances, notable dominio de su cuadra y casta torera. Vestido a la usanza charra y luciendo tupido bigote, quizá en evocación a Ponciano Díaz, malogró con el rejón de muerte una buena labor con su primero, destacando preciso violín sobre precioso corcel. Poco pudo hacer Horacio Casas, quien llegó con siete corridas, y mejor se vio el joven Zendejas, con menos de dos años de alternativa y 16 tardes, que si bien acusa verdor muestra un buen dominio de sus jacas e importante control escénico.

Los Forcados Amadores de Turlock, de California, Estados Unidos, grupo formado hace 43 años por descendientes portugueses que celosos de sus tradiciones celebran periódicamente corridas incruentas a pie y a caballo, se llevaron el trofeo en disputa. La decisión obedeció a la excelente pega realizada al primer toro de Gamero, templando mucho la embestida George Martins, forcado de cara, sujetándose bien y recibiendo coordinado apoyo de las ayudas.

Por fin, en la undécima corrida, regresó al coso de Insurgentes la legendaria y maltratada ganadería de Piedras Negras, que luego de su exitosa reaparición en marzo de 2017 no había vuelto y no precisamente por mansa y pasadora. A casi tres años de que su criador, Marco Antonio González Villa, diera sonora vuelta al ruedo en este mismo escenario, se le anunció para celebrar los 150 años de su fundación, con una desalmada terna de banderilleros: José Luis Angelino, de 37 años, 19 de matador y 10 tardes el año pasado; Antonio García, El Chihuahua, de 34 años, 11 de matador y 24 corridas, y Gerardo Rivera, de 24 años, tres de matador y ocho corridas en 2019, cuando esa casa ganadera exige, como pocas, muletas definitivamente dominadoras.

Y cuando los partidarios y defensores del torito de la ilusión, del puyazo de trámite y del dócil pasador de entra y sal se frotaban las manos ante el descalabro de esta congruente casa ganadera, saltaron al ruedo tres astados que merecían otra suerte y podían haber consagrado a quien los hubiese dominado para lucimiento de ambos, no sólo pastoreado.

De nuevo, el cronista Luis Eduardo Maya apuntó: “No son toros diferentes a los demás, son lo que los demás no son, bravos. A secas. Atacar, acometer, siempre al frente, sin dejarse, eso es de toro bravo. Al que no le gusta que no le salga, hará evidente (más) su impotencia… Piedras Negras llega, vence y convence de que la primera variable de la ecuación taurina se llama toro y que se compone de la suma de trapío y bravura. La otra parte de la ecuación son los toreros, hoy descompuestos”.

Y sí, ni a cuál ir. Los tres coletas anduvieron afanosos, pero sin remontar la exigente cuesta de la lidia ante la exigencia de la bravura, hoy tan postergada por el taurineo internacional.

Cerró plaza Siglo y medio, con el pelaje cárdeno claro de la casa, pitones sin exageración y su emblemática corbata en la badana, que fue pronto al caballo y recargó en el puyazo metiendo la cara abajo, no topando con el peto y durmiéndose en éste. Fue tan evidente la calidad y emotividad de la embestida por ambos lados que la gente, sin saber pero sintiendo, empezó a pedir el indulto para tan bravo y noble ejemplar, el que a la postre fue acertadamente concedido.

Pero como no se trató de un figurín importado y el modesto torero estuvo por debajo de las condiciones de la res, ahora los partidarios del medio toro, cansados de aplaudir la mansedumbre, se rasgaron las vestiduras y declararon que ese premio era exagerado, evidenciando su preferencia por el sistema, no por la bravura.

En la duodécima corrida, probablemente en uno de los carteles más redondos del serial, partieron plaza el tlaxcalteca Uriel Moreno El Zapata, de 45 años de edad, 23 de alternativa y 23 festejos; el capitalino Jerónimo, de 42 años, 20 de alternativa y 15 tardes, y el michoacano Antonio Mendoza, de 26 años, cuatro de alternativa y 11 tardes, ante un muy bien presentado encierro de Pozo Hondo, cumplidor en varas y claro, pero escaso de fuerza.

Y vuelta a los falsos descubrimientos: El Zapata confirmó lo que se sabe hace años, que es el torero mexicano más completo, que cubre los tres tercios con solvencia y que sabe dar espectáculo con lo que le toque en suerte al grado de que le tumbó una oreja a su primero, debido a variados quites, espectaculares banderillas y mandona faena por ambos lados, correctamente coronada.

La apoteosis vino con su segundo: variada sucesión de suertes capoteras y soberbio segundo tercio llevando los tres pares en una mano, dejando primero a su par monumental, en seguida un violín y al final un certero cuarteo. Luego, otra faena con cabeza, corazón y cojones haciendo lucir lo que el toro no tenía. Estoconazo del que sale trompicado, dos orejas y… a esperar la remota posibilidad de otro trato de parte de la empresa.

Jerónimo, torero de sentimiento y hondura donde los haya, logró con su primero una faena derechista de menos a más y, sin temor a exagerar, de las mejores tandas de naturales en lo que va de la temporada. Dejó una entera caída, recibió una oreja y, más importante, la adhesión de un público fiel a su excepcional tauromaquia.

Antonio Mendoza, con valor sereno, técnica y conexión con el tendido, rescató el toreo por alto y con su primero ejecutó tandas de gran intensidad emborronadas con la espada. Sin embargo, la vuelta que dio entre ovaciones confirma que en él hay una figura en ciernes… si lo ponen a torear, no a hacer antesalas.

Este texto se publicó el 19 de enero de 2020 en la edición 2255 de la revista Proceso.

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