“Marioneta”

"Marioneta", en cines comerciales. Foto: Twitter @imcine

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Muchas veces el teatro se ha apoderado del cine y viceversa, desde todo Shakespeare o ‘Un tranvía llamado deseo’ hasta ‘¿Quién le teme a Virginia Wolf?’. Ambos géneros, como pareja apasionada, se repelen y se funden, se enamoran y se niegan. Se hacen sobrevivir.

Hoy el cine mexicano pone en cartelera ‘Marioneta’ (2019), la segunda cinta de Álvaro Curiel, después de ‘Acorazado’ (2010). Un título atinado, pues en este mundo todos lo somos, movidos por los hilos invisibles del destino (o del gobierno, o de los publicistas, o de la Iglesia). Pero hay los que lo hacen voluntariamente, y se dedican a chantajear con tragedias actuadas, para que su público del Metro –en ocasiones tan pobre como ellos– se anime a soltarles más que aplausos, monedas.

El interesante argumento de esta historia –escrita por Arturo Arango y Álvaro Curiel– podría haber llegado a una historia maestra, pues las similitudes filosóficas tocan aquí muchas aristas, pero el guion prefiere caminar como una buena comedia que supera a muchas de las producciones estadunidenses en cartelera.

Todo comienza con Ernesto, un joven actor cubano –él dice que es muy bueno en su país, quizá sea pura propaganda– al que la directora de teatro que lo invitó a México (Patricia Reyes Espíndola) termina no dándole el papel, pues tiene enjuagues con otro actor no tan bueno. A punto de devolverse a la isla, en el Metro, este actor será público de un grupo de teatro, y sobre todo de la bella Belén (Fátima Molina), que cambia de personaje y de historia sin dirección alguna. Después de ser amenazado, y sin entender del todo la mafia que maneja hasta la mendicidad en México, el cubano convence al “patrón” Torrico (estupendo aquí Juan Manuel Bernal) de contratarlo como maestro de actuación de esa prole de desahuciados y hacer crecer, ahora sí con actuaciones merecedoras de un Oscar, los dineros de todos.

La clase de teatro comienza en un garage maloliente y, como lo decíamos antes, uno se queda con las ganas de haber llevado este planteamiento por más intensos caminos, y hacernos partícipes a los espectadores con partes de clases inspiradas en los maestros de maestros Seki Sano, Ludwik Margules, José Solé, Luis de Tavira, etc.

La clase es aquí apenas insinuada, con el profesor insistiendo en que un actor es un profesional en decir mentiras, y que ellos deben ser esos personajes a los que les prestan el cuerpo. Y muestra también el tremendo papel seductor del teatro hacia los actores mismos –en este caso los mendigos–, cuyos ojos abiertos y la veneración por el maestro son enamorados de ese arte que antes practicaban como un rezo mal repetido.

‘Marioneta’ es una puerta que se abre. Están tras bambalinas los mendigos que no queremos ver en el Metro de la Ciudad de México (y a las mafias que hay desde la calle hasta el teatro). Aquí los vemos, nos interesan, nos gustaría que se contara más sobre ellos, nos falta que la película hubiera penetrado más hondo en tan rico tema, aunque finalmente, como comedia comercial, se disfruta, mucho, con la buena fotografía de Guillermo Granillo y la música de Victor Hernández Stumpfhauser.

Se encuentra en cines comerciales –Cinépolis y Cinemex– desde el pasado 17 de enero y por el tiempo que logre navegar sorteando la competida cartelera hollywoodense.

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