Pérez Montfort y el Día de la Candelaria

Tlacotalpan, La Virgen de La Candelaria y los sones. Breviario 451 del FCE. Tlacotalpan, La Virgen de La Candelaria y los sones. Breviario 451 del FCE.

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Doctor en Historia de México por la UNAM, investigador titular en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Ricardo Pérez Montfort publicó en 1992 Tlacotalpan, La Virgen de La Candelaria y los sones (Breviario 451 FCE, Colección Popular, 161 páginas).

Siendo director de la fonoteca y programador musical en Radio Educación de 1979 a 1985, Pérez Montfort visitó Tlacotalpan, Veracruz, durante los festejos de la Virgen de la Candelaria, para en julio de 1987 conjuntar la crónica del volumen citado.

En su introducción, el autor refiere que varias décimas del veracruzano Guillermo Cházaro Lagos (Corral Nuevo, Acayucan, 31 de agosto de 1919-17 de marzo de 2010) aparecieron previamente en Décimas jarochas (1968) y Cantos del Papaloapan (1974). Muchos versos y algunas referencias a los sones incluidas en aquella primera edición de Tlacotalpan, La Virgen de La Candelaria y los sones, pueden encontrarse en el libro de Humberto Aguirre Tinoco, Sones de la tierra y cantares jarochos, de Premiá Editora (1983), “que por cierto inspiró la intención” del volumen de Ricardo Pérez Montfort.

Recogemos aquí un fragmento de aquella crónica histórica, tomada del capítulo décimo y final de Tlacotalpan, La Virgen de la Candelaria y los sones.

En la Perla del Papaloapan

(…) Pero el 2 de febrero es el día de la Candelaria. En la tarde hay que pasear a la Virgen tlacotalpeña. La lleva el pueblo en andas desde la iglesia hasta el muelle. La multitud y la procesión se coronan con su presencia, precedida por los estandartes de la Sociedad Guadalupana de Tlacotalpan o la Sociedad del Santísimo Sacramento.

La Virgen, rodeada de flores, es escoltada por la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen, cuya bandera tiene la imagen de un Cristo implorante y lloroso. El Cristo que va haciendo muecas gracias al viento que casi arrebata el estandarte a una cincuentona vestida de negro. Con pasos lentos, avanzan rumbo al muelle.

Allí, un barco, el Agustín Lara, espera tener el honor de pasear a la Santa por el Papaloapan. Con tremendos esfuerzos los fieles la suben a cubierta y la multitud extasiada mira cómo se sueltan los amarres y el barco se desprende del muelle.

Un gran número de lanchitas pulula en torno al barco que pasea a la Virgen. La piragua Me lo apartas abre su paso en la estela del Agustín Lara, que navega con la Santa en cubierta. Sus tripulantes arrojan globos al aire para acompañar a las pequeñas nubes que van formando los cuetes lanzados desde la cúpula de la iglesia.

Mientras la Virgen de la Candelaria se pasea por el río, en tierra los fieles se dispersan y se reincorporan a la feria. Al igual que los globos y los cuetes, la rueda de la fortuna se eleva con sus canastillas al aire para mirar desde lo más alto al pueblo de Tlacotalpan, al Papaloapan y, en lontananza, ver cómo se pierde el límite gris-verdoso de Sotavento. Abajo la mezcla de motores, gritos y sones acompaña a los tlacotalpeños y a sus invitados. Hay que hacer tiempo en tanto regresa la Virgen. Internándose en la multitud que puebla la feria, la media hora que dispensa la actividad religiosa ribereña se ocupa de comprar palomitas, plátanos fritos, algodones, vasos de popo,, tamales de anís, cabecitas de perro –así los llaman–; en fin, esa media hora se ocupa en gastar dinero.

Apenas se han podido tirar unos cuantos dardos o tiros al blanco, o echar un partido de futbolito, cuando ya viene la Virgen de regreso. Después del paseo la multitud nuevamente se congrega en el muelle para darle la bienvenida al Agustín Lara. Se va poniendo el sol y el barco que trae a la Santa se sujeta nuevamente a tierra. Otra vez los 40 cristianos ayudan al desembarco. Unos cuantos policías adornan la acción con sus uniformes llenos de confeti.

La Candelaria regresa despeinada. Quizá con la mirada agradecida por el paseo que llenó de bendiciones a todo Sotavento. Tiembla el templete y la gran mesa que detiene a la Santa se desprende del barco en una maniobra complicada llena de apretones, venas hinchadas y una que otra maldición contenida.

La procesión se vuelve a organizar y toma nuevamente rumbo a la iglesia. Desde la ventanilla de uno de los “Rápidos del Papaloapan” que ha detenido su paso ruidoso por el pueblo en fiesta, los pasajeros asoman sus miradas sonrientes que de momento se oscurecen de tanta persignación. Los vendedores de lagartijas de caña y de chicharrones con chile se unen a la muchedumbre que va desalojando la explanada del muelle. El “Rápido” continúa su trayectoria con el estruendo de su motor hasta perderse en la curva aquella que lleva camino hasta Alvarado.

A punto de anochecer la procesión deja tranquilo al río para congregarse en el regreso de la Virgen a sus santos lares. Ahora los cánticos tipludos de los fieles se van perdiendo hasta desaparecer por la calle de La Flecha. La procesión dará una vuelta al jardín central para después internarse en la penumbra de la iglesia.

Hoy es el último día de fandango. En la Plaza de Doña Marta se van reuniendo los músicos y melómanos, bailadores y mirones, para dar comienzo a una nueva sesión de sones y jarabes. Viejos conocedores del arte del requinto, jóvenes iniciados en la enredadera del arpa, puristas exquisitos del verso y de la jarana, discretos experimentadores locales y desinhibidos extranjeros contribuyen a sacar nuevamente al son de sus ataúdes de cedro.

Después de tocar en las cantinas y en los restaurantes, o de haberse pasado la tarde entre la multitud y la fiesta, los músicos se arriman a los pies del tablado con sus instrumentos ya medio destemplados por tantos días de juerga. Allí afinan, ensayan unas cuantas vueltas de son o buscan a otros miembros del conjunto que se han perdido en las garnacherías o en las calles aledañas. (…)

Hoy celebra la Piedad

su fiesta en La Candelaria

y la antorcha libertaria

alumbra nuestra ciudad

de heroica civilidad

con su fe republicana.

Fue sede veracruzana

de probado patriotismo;

reluce ya centenaria,

franca, leal, hospitalaria.

Su limpio catolicismo

sale a bañarse a su río,

y blanquea el caserío

con la fe de su bautismo.

La Virgen de la Candelaria,

la maternal luminaria,

remontará el padre río

amansando lo bravío

cuando olvide el Papaloapan

que su Perla es Tlacotalpan.

(GUILLERMO CHÁZARO LAGOS)

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