Beijing aprendió las lecciones del SARS

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El brote del coronavirus en Wuhan (que rebasó las fronteras chinas al punto de que la OMS declaró la crisis como emergencia de salud internacional) trató de ser escondido por el alcalde de esa ciudad,  con resultados catastróficos. El gobierno de China aprendió la lección y ahora las cosas fueron distintas: se actuó con rapidez y eficiencia, se sometió a cuarentena a 50 millones de personas, en cuestión de días se erigieron dos hospitales y se movilizó a miles de médicos desde provincias vecinas. Algo cambió en Beijing.

BEIJING (Proceso).- Un virus amenaza con arruinar el recién estrenado Año de la Rata en China después de que la guerra comercial, las revueltas en Hong Kong y la victoria de los independentistas en Taiwán atormentaran al país durante el Año del Cerdo: al cierre de esta edición, el coronavirus de Wuhan (ya considerado emergencia de salud internacional por la OMS) ha matado a 170 personas, infectado a 7 mil 915 y se ha expandido a una docena de países desde que los primeros casos fueran detectados en diciembre, en el mercado de una ciudad del interior.

Cualquier epidemia en China obliga a recordar la del SARS (síndrome respiratorio agudo y grave) que entre 2002 y 2003 infectó a 8 mil personas y mató a 800 en el mundo. La mortalidad del coronavirus es una quinta parte de la de aquél y sólo es letal en ancianos o pacientes con complicaciones previas. 

Pero su capacidad de propagación inquieta: en apenas un mes ha contagiado a tantos como el SARS en dos años. No causa síntomas visibles, como fiebre o tos en muchos afectados, es contagioso durante un periodo de incubación que puede alargarse a dos semanas y se han detectado “superpropagadores”, como el que infectó a 13 trabajadores de un hospital.

Los coronavirus causan problemas respiratorios de diversa gravedad en mamíferos. Algunos no van más allá de inocuos resfriados mientras otros, como el SARS o el MERS (síndrome respiratorio de Oriente Medio), pueden ser mortales. Los expertos aseguran que el aumento de contagios no significa necesariamente que la epidemia empeore, sino que mejoran los métodos de detección. Los escenarios oscilan entre el control en pocas semanas y una cronificación similar a la del sida. 

“Es difícil saber cuándo terminará el brote. Será muy importante seguir la evolución de la mortalidad porque por ahora hay más casos leves que severos. Debido a la propagación actual en la comunidad, será difícil de contener en China. Pronostico que continuará durante unas semanas más”, dice Amesh Adalja, epidemiólogo del Centro para la Seguridad de Salud de la Universidad Johns Hopkins, entrevistado por correo electrónico.

Su control en invierno es difícil: consiste en aislar y monitorear a cualquiera que estornude –y a los que hayan estado en contacto con ellos–, en un país de mil 400 millones de habitantes. En Hong Kong tuvieron que encontrar a los viajeros que compartieron el vagón de tren con un infectado y Shanghái ordenó a todos los ciudadanos que habían visitado Wuhan en las dos últimas semanas que acudieran al hospital: eran 300 mil personas.

Se acumulan indicios de que el sistema sanitario chino no estaba preparado para esta epidemia. Las fotografías muestran hospitales atiborrados, con enfermos hacinados en pasillos y médicos robando unos minutos de sueño en cualquier rincón tras jornadas extenuantes. Faltan personal e insumos elementales, como mascarillas.

La crisis del SARS hizo comprender al gobierno que su febril desarrollo económico había desatendido la sanidad. La inversión de administraciones locales se ha multiplicado por 20 desde entonces, un sistema nacional de detección y comunicación de enfermedades fue inaugurado en 2006 y se profundizó en el estudio epidemiológico. Uno de los centros punteros, paradójicamente, se levantó en Wuhan. En ese “sueño chino” que promete el presidente Xi Jinping, la cobertura médica es uno de los pilares principales.

La celeridad de la respuesta a esta crisis evidencia las reformas. China detectó e identificó un nuevo patógeno en dos semanas. Lo hizo en invierno, cuando conviven múltiples virus que provocan síntomas similares. En 2014, y en condiciones más ventajosas, el mismo proceso con el virus ébola se demoró varios meses. 

“Es extraordinario”, señala vía e-mail Matthew Frieman, experto de la Escuela de Medicina de la Universidad de Maryland. “Están siendo muy rápidos en todos los análisis, practican las pruebas tan pronto es posible y suman hospitales en todo el país. Alabo a los científicos y al personal médico de Wuhan y ciudades vecinas por sus esfuerzos”, añade.

Revolución sanitaria

El epicentro de la epidemia es un buen ejemplo de la revolución sanitaria. En Wuhan, capital provincial de Hubei, se cuentan siete grandes hospitales (también el tercero mejor valorado del país), otros siete de menor tamaño y más de 60 clínicas. Es un desarrollo apreciable para un país que, si descontamos las mediáticas ciudades de la costa oriental, acumula zonas en vías de desarrollo y aún lucha por erradicar la pobreza.

Pero el cambio más radical que provocó el SARS es la transparencia. Aquel desastre hundió la reputación china cuando se hacía un hueco en el mundo y señaló a Beijing como un socio poco fiable. Las autoridades se esforzaron en ignorar el protocolo y el sentido común. Callaron primero y minimizaron la gravedad después, redujeron el número de afectados, acusaron de revelación de secretos de Estado a los médicos que rompieron el silencio oficial, prohibieron la entrada de expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, ya con éstos en el terreno, escondieron a los enfermos en ambulancias y hospitales militares. 

Muchos de aquellos 800 muertos se hubieran evitado sin la gestión calamitosa de China. De ahí salió la promesa de que nunca se repetiría esa ignominia y, ya durante las posteriores epidemias del H1N1 o del MERS, la nueva actitud china recibió los halagos globales que estos días se repiten.

El presidente de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha aplaudido tanto las briosas medidas como su transparencia. Un editorial de la revista de referencia The Lancet asentaba que “China ha aprendido las lecciones del SARS”. 

“Las autoridades cumplen los estándares internacionales y aíslan los casos sospechosos, desarrollan diagnósticos y procedimientos de tratamiento e implementan campañas de educación pública”, continuaba. Tampoco se han escuchado lamentos desde la comunidad científica, que recibió de China la secuenciación del patógeno para su estudio.

Medidas extremas

El discurso de Beijing hace pensar en una guerra. Xi Jinping ha hablado del virus como de un “demonio” que ha colocado al país en una “situación muy grave”. El presidente anunció esta semana la creación de un gabinete especial que será dirigido por el Comité Permanente, el órgano más poderoso del Partido Comunista. La medida trasciende la estética en los arcanos de la política china: en un país tan jerarquizado y centralista, envía un mensaje a los gobiernos locales para que cierren filas y no demoren ninguna acción.

En sus palabras resonaban las consecuencias de la gestión del alcalde de Wuhan, Zhou Xianwang, del que se sospecha su fidelidad a aquella estrategia de esconder las crisis bajo la alfombra. 

Zhou dijo en una conferencia de prensa que la gestión “no fue suficientemente buena” en los inicios de la epidemia, ofreció su dimisión y bosquejó una ligera crítica al sistema jerárquico que atenaza la libertad de acción. Los 5 millones de ciudadanos de Wuhan que salieron en las horas previas a la cuarentena y se desperdigaron por el país han complicado el control de la epidemia.

Contra la información fiable se confabula otro problema: la invencible desconfianza de los chinos hacia los medios oficiales y la inercia de recurrir a internet, donde la rumorología más delirante se comparte sin que la censura pueda frenarla. 

“Estoy relajado porque tenemos actualizaciones constantes y recomendaciones sobre cómo prevenir el contagio. Pero los jóvenes están ahora de vacaciones, con mucho tiempo libre, y no dejan de consultar las redes sociales. Muchos sólo quieren crear caos”, señala Liu, un inversionista financiero, desde Wuhan en comunicación telefónica.

El coronavirus resume las ventajas e inconvenientes de un gobierno férreo frente a una crisis: es un gigante al que le cuesta desperezase, pero imparable cuando se echa a andar. Ha habido epidemias antes, pero nunca una reacción más briosa. 

No hay precedente de una cuarentena impuesta a 50 millones de personas. Tampoco de la construcción, en cosa de días, de dos hospitales. Ni de la movilización de miles de médicos y tropas desde provincias vecinas. Todos los actos públicos han sido prohibidos en las vacaciones de Año Nuevo. Han faltado las muchedumbres que saludan el cambio de año en las calles detonando petardos para ahuyentar a los malos espíritus y las que se amontonan en los templos budistas para concitar a los buenos quemando incienso. 

Esas medidas sólo son posibles en China, donde se juntan un gobierno fuerte y una sociedad de raíz confuciana que tolera cualquier molestia individual por el bien común.

“Son las vacaciones más tristes de mi vida”, sentencia la empresaria Olive Yang desde Tianjin. Su tedio en esa ciudad de 15 millones de habitantes, mil kilómetros al norte de Wuhan, es compartido en gran parte del país. No hay bares, cines, gimnasios ni actos públicos. “Hace cuatro días compré abundante comida y no he salido desde entonces. Veo televisión, hablo por teléfono con mis amigos y hago yoga”, cuenta al reportero. Ella vive sola en su apartamento y no ha visto a sus padres desde la cena de Año Nuevo, a pesar de que viven a escasos cinco minutos. “Es más seguro para todos”, continúa.

Ningún rincón del país está más deprimido que Wuhan, empujada de golpe a los focos mediáticos. En el imaginario nacional persiste la zambullida de Mao en el río Yangtsé de la que sacó el vigor para emprender la Revolución Cultural. Por esas aguas fluyeron durante siglos las mercancías e ideas que la hicieron próspera y moderna. 

En Wuhan se incubó la revuelta que destronó a la dinastía Qing y hoy es un centro de alta tecnología. Pero es probable que la ciudad quede en la memoria global atada a un coronavirus. 

Este reportaje se publicó el 2 de febrero de 2020 en la edición 2257 de la revista Proceso

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