Morena

Alfonso Ramírez Cuéllar. Líder con buenas credenciales éticas y pragmáticas. Foto: Eduardo Miranda Alfonso Ramírez Cuéllar. Líder con buenas credenciales éticas y pragmáticas. Foto: Eduardo Miranda

A Sergio Aguayo, con mi solidaridad

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde su resurrección, alrededor del siglo XVIII, no se ha inventado una democracia que funcione sin partidos políticos. Aunque se han ganado a pulso su desprestigio, especialmente en los últimos cuarenta o cincuenta años, no podemos darnos el lujo de soslayarlos. Son, si se quiere, un mal necesario. Tan necesario que en buena medida la fortaleza de un régimen democrático se mide por la solidez de sus partidos.

Bajo este criterio la democracia mexicana resulta asaz endeble. Nuestros partidos políticos están en malas condiciones, unos por inmadurez, otros por senectud, todos por déficit de representatividad. Morena está en la lactancia, MC en la pubertad y el PRI en la decrepitud, mientras que el PAN ha perdido parte de su identidad, el PRD está en terapia intensiva y el PT, el Verde y otros que perfilan su reencarnación son rémoras de un pez teleósteo. De los nonatos no hay mucho qué decir aún. De los opositores que ya gobernaron a México, uno no quiere y el otro no puede contrapesar al presidente López Obrador: el priismo tiene una fijación presidencialista que sólo cambia de colores y el panismo no acierta a recrear su defensoría democrática. Un síntoma de la crisis de esta oposición es que nadie se atreve a tomar la bandera –quizá la única con la que hoy por hoy le pueden ganar a AMLO en el círculo verde– de exigir el enjuiciamiento a Peña Nieto.

El caso más llamativo es el del Movimiento de Regeneración Nacional, que ha vivido su auge y decadencia en menos de dos años. Su éxito electoral en 2018 fue espectacular y, sin embargo, parece empeñado en devorarse a sí mismo. Muchos dicen que ha iniciado un proceso de “perredización”; la verdad es que está cerca de concluirlo. El PRD nació como un partido caudillista, con corrientes subrepticias que luego se formalizaron y, una vez entronizadas, trocaron en auténticas tribus. Si bien existieron desde el principio, pues el perredismo fue una suma de organizaciones disímbolas, el caudillo en turno las contenía y arbitraba. Al faltar esa figura las disputas se recrudecieron. Con el tiempo una de las expresiones se volvió hegemónica y controló el aparato hasta carcomerlo, para luego ser rebasada. En suma, más allá de fases, siempre hubo batallas tribales, pero del acotamiento se pasó primero a la rispidez y después al salvajismo.

Morena se está saltando la primera etapa. Puesto que AMLO sólo le da línea en algunas ocasiones, el caudillismo opera erráticamente por la vía de la exégesis o de plano hace el vacío. Los pleitos intestinos, pues, han sido muy ásperos desde los primeros momentos. Y es que la gran mayoría de sus dirigentes y militantes vienen del PRD y traen el mismo chip rijoso. A veces pienso que se trata de una pulsión pendenciera incubada en la desconfianza de la antigua izquierda por la norma, a su vez originada en la lógica de la lucha de clases, el uso faccioso del Estado de derecho en su contra y el hecho de que sus conquistas fueron resultado de la presión ejercida con diversas formas de lucha, a contrapelo del orden jurídico. Lo cierto es que prevalece entre muchos morenistas el ADN perredista, que por cierto tiene algunos cromosomas del PRI o, mejor dicho, del PNR-PRM y sus cacicazgos regionales que sólo dejaban de pelear cuando intervenía el jefe máximo o el presidente.

En todos los partidos hay conflictos que se recrudecen en función del poder que detentan. La diferencia es, en todo caso, cuáles dirimen la mayoría de ellos institucionalmente, con apego a su normatividad, y cuáles son incapaces de evitar algún tipo de violencia y litigios crónicos. Morena no heredó la disciplina priista del siglo pasado, construida a partir de una estructura vertical con mando presidencial omnímodo, porque al igual que el PRD erigió un entramado horizontal que en ausencia del gran decisor se sustenta en complejas negociaciones y suele propiciar reyertas. El dilema de Morena es que si AMLO ejerce el liderazgo no se va a institucionalizar, y si no lo ejerce se va a desmembrar. Él amaga con irse con el nombre a otro lado, pero la pregunta es a dónde y con quién. Porque con los mismos se repetirá el mismo problema, y sin su partido no tendrá el principal instrumento para competir en 2021 y seguir controlando la Cámara de Diputados.

¿Hay cuadros en el partido de la 4T que no tienen o pueden quitarse el chip de marras? Desde luego. A mi juicio desperdician a gente muy valiosa que podría rediseñar sus reglas democráticas y aplicarlas con oficio conciliador. Ahí está un talentoso experto en parlamentarismo como Jaime Cárdenas, por ejemplo. Y el mismo Porfirio Muñoz Ledo. Si la razón por la que no son convocados es su postura crítica, malo. Quedarse atrapados entre la beligerancia entre ellos y la pleitesía a AMLO es lo peor que puede ocurrirles a los morenistas. Alfonso Ramírez Cuéllar no cae en esos extremos y es un líder con buenas credenciales éticas y pragmáticas, pero Morena necesita más refuerzos para enfrentar el desafío. Ejemplifico con tres operadores eficaces: Carlos Sotelo, Ariadna Montiel y Horacio Duarte. Creo que ninguno de ellos está donde más puede aportar.

En fin. Sin partidos políticos sólidos la democracia mexicana no superará su precariedad. Con un presidente tan poderoso, con una oposición tan débil y con un partido gobernante en guerra civil padeceremos más desequilibrios democráticos. He aquí la paradoja de Morena: tiene que sacudirse sus instintos autodestructivos y adquirir vida propia, pero no puede existir sin AMLO. Esto no es bueno para ninguno de ellos. Ni para México.

Este análisis se publicó el 9 de febrero de 2020 en la edición 2258 de la revista Proceso

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