Los sonidos del patriotismo (Tercera y última parte)

Cartón de Gallut

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En los dos textos previos hemos expuesto el inmenso poder que tienen los himnos o marchas nacionales para promover la cohesión socio-emocional de los países, pero también, para legalizar la violencia de Estado. Abundando, digamos que la patria es un producto neto de la imaginación colectiva, derivando de ahí la importancia de comprender las formas de intervención con las que cuentan las naciones para manipular los símbolos que las sustentan. E incuestionablemente, los emblemas sonoros son los medios más eficaces de la propaganda estatal.

Además de ocupar un sitio preeminente en el espacio público nacional, una tonada patriótica también habita dentro de las ideas, los sentimientos, las emociones y las experiencias culturales de los individuos que se identifican con ella. Y no sólo de los oriundos, sino también los extranjeros para quienes la melodía patriótica los remite a la noción de país que se han formado, mediante sus vivencias personales, en su propio imaginario. Y en cuanto a los casos concretos, abordamos cronológicamente las sorprendentes historias de los himnos de Japón, Holanda o los Países Bajos, Inglaterra, España, Alemania, Austria, Liechtenstein, Francia, Estados Unidos de Norteamérica y el de la república Argentina; este último como ya apuntamos, fue el primero de nuestro continente (1813) y en su génesis encontramos varias similitudes con el mexicano.

Asimismo, hemos dado cuenta del enorme acervo de músicas de concierto surgidas a partir del himnario y hemos tocado, de refilón, el delicado asunto de los hurtos intelectuales que están plasmados en las partituras patrias.

Para esta sección conclusiva, nos limitaremos a ampliar levemente el enfoque temporal y anecdótico, a citar más ejemplos de plagios y a hacer una propuesta concreta, basada en lo que ya se ha hecho en otras naciones, con respecto a nuestro himno.

Mas antes, es necesario precisar, por aquello de alguna reclamación de algún ciudadano danés inconforme con una supuesta omisión nuestra, que su himno real en homenaje a las gestas del rey Chrystian data, efectivamente, de 1780, empero, el himno oficial se adoptó en 1844,[1] de ahí que no lo hayamos mencionado. Y para zanjar la cuestión, digamos que ambos coexisten y que del himno real Tschaikovsky realizó una  brillante Obertura triunfal op. 15 en 1867.[2]

Después del himno argentino se convocó, en 1821, en Perú, el concurso para la creación del himno nacional y los ganadores, tanto de letra como de música, fueron peruanos (el compositor fue José Bernardo Alzedo (1788-1878)). Es interesante anotar, sin embargo, que no finalizaban aún las luchas libertarias comandadas por el general San Martín cuando se creyó necesario anticiparse a la independencia de España, creando una música que apoyara el proyecto del naciente país (en México, la misma acción estratégica se dilató, nada menos que 33 años, es decir hasta 1854).

Una década después (1831), hizo su aparición el himno de Brasil (Ouviram do Ipiranga às margens plácidas)[3] a cargo también de dos nativos, el poeta Joaquim Osorio Duque Estrada y el músico Francisco Manoel Da Silva (1795-1865), aunque en momentos distintos. Y el caso brasileño es digno de mención, ya que en el tema melódico se verificó un plagio que tardó muchos años en desvelarse. Se trata de un tema extraído de la ópera Don Sanche que el niño Franz Liszt ‒tenía 11 años de edad‒ presentó en París con poco éxito y que quedó en el olvido. Igualmente, hemos de apuntar que el origen del himno se remonta a Pedro II, que era aún menor de edad cuando accedió al trono ‒se convirtió en emperador oficial hasta 1840‒ y que la letra original fue obviamente encomiástica. Proclamada la república en 1890, se destituyó la letra “imperial” convocándose a otro concurso, del que resultó vencedor el poeta citado. Inclusive, se pensó en vetar el himno de Pedro II para crear uno “republicano”, pero la nueva propuesta musical, sin importar el plagio, no convenció.

En la década de 1830 surgieron otros himnos, el de Bélgica, el del Reino de Cerdeña, el del Imperio Ruso y el primero del Imperio Otomano. De los cuales sólo queremos señalar que el ruso nació de la preocupación del zar Nicolás I, al percatarse del absurdo de que en las batallas de su milicia se habían entonado cantos populares desvinculados de la temática guerrera. Por ello, el encargo recayó en las manos del compositor Aleksej L´vov (1789-1868) y del poeta Vasilij Zukovskij. No obstante, cuando los bolcheviques tomaron el poder, Lenin decidió suprimir de inmediato el himno imperial y adoptar como propio la Marche Internacional Socialiste del francés Adolph Degeyter (1837-1908). Y con Stalin volvió a cambiar la tonada, pidiéndoles un nuevo himno a los mejores compositores soviéticos ‒Khachaturian y Shostacovich, quienes por vez primera en la historia escribieron una partitura a cuatro manos‒ que tampoco prosperó. Finalmente, con el derrumbe de la URSS, apareció en 2001, el actual.

Llegando a la siguiente década es el turno de Bolivia, cuyo himno surge en 1842, de Uruguay con el suyo en 1845, de Paraguay en 1846, de Chile en 1847 y, por vez primera un himno africano, el de Liberia, también en 1847. ¡Qué duro para nuestras ínfulas patrias enterarnos que, inclusive, un país del continente negro se nos adelantó! Y en este grupo también encontramos anomalías, como el hecho de que el compositor del himno boliviano no era nativo sino italiano ‒Leopoldo Vincenti (1815-1914)‒, que la autoría del paraguayo no está clara, oscilando entre el húngaro Joseph Debalí (1791-1859) y el paraguayo-francés Francisco Sauvageot (1813-1861), que la del uruguayo es la misma del anterior, es decir, Debalí, quien ha sido desenmascarado por el plagio cometido en este himno al utilizar fragmentos de la ópera Lucrezia Borgia de Donizetti y que la del chileno es obra del español Ramón Carnicer (1780-1855). Con respecto al canto patriótico de Uruguay ‒Orientales, la patria o la tumba‒ es de asentar que ha sido el único himno iberoamericano conocido que ha suscitado una paráfrasis de concierto. Hablamos de la sinfonía A Montevideo,[4] del eximio compositor norteamericano Louis Moreau Gottschalk, quien utilizó la melodía del himno como simiente de la obra.

Y antes de que Su Alteza Antonio López de Santa Anna cayera en la cuenta de la imperiosa necesidad de que México tuviera un himno, surgió en Costa Rica otro canto nacional que nos aventaja. Es la marcha instrumental Noble patria que Manuel Gutiérrez compuso en 1853, pero por decreto presidencial se le adhirió una letra en 1900.

Para concluir algunos enunciados truncos, es necesario que digamos, con respecto a algunas de las extrañas vinculaciones “nacionalistas”, que el himno del Vaticano es de la autoría de Charles Gounod, que el himno finlandés fue escrito por el alemán Pacius, el de Honduras y el de Ecuador por los germanos Hartling y Neumann, respectivamente, el de Colombia por el italiano Sindici, el de Australia por el escocés Mc Cornick, el de Thailandia por el ruso Surovskij, el de Suazilandia por el inglés Rycroft, el de Senegal por el francés Pepper, el de Mauritania por un ucraniano, etcétera, etcétera…

Como curiosidades tenemos que el himno más breve del mundo es el de Uganda, que dura sólo 25 segundos, mientras que el más extenso es el de Uruguay, que sobrepasa los 5 minutos ‒de material melódico distinto, se entiende‒. Y en cuanto al número de estrofas, el griego gana por contener 158 versos que se dividen en 13 estrofas, mismas que si se entonaran completas le darían una extensión que superaría los 12 minutos (el nuestro tiene 8, sin contar el estribillo del coro, naturalmente). La nación que detenta el récord del mayor número de himnos cambiados y modificados es Afganistán, que ha tenido 6 a lo largo de su historia y a ellos se les ha modificado la letra 8 veces.

En cuanto a los “robos”, no deseamos, morbo mediante, omitir estos casos: El himno de Israel, Hatikva (La esperanza) proviene de una melodía del checo Bĕdrick Smetana y el de Sudáfrica de la canción Aberystwyth, del galés Joseph Parry.

Y en lo que concierne a los textos, es imperativo apuntar que hay himnos que se cantan en varias lenguas. El suizo, por ejemplo, se entona en cuatro versiones, una para cada idioma que se habla en el país (alemán, francés, italiano y romanche) y el de Sudáfrica tiene su letra en cinco idiomas: xhosa, zulu, sethotho, afrikaans e inglés.

Con lo antedicho, es hora de hacer la propuesta anunciada. ¿Qué tal si al nuestro se le tradujeran sus 68 versos a las lenguas indígenas sobrevivientes, cada verso en una lengua distinta?, ¿no sería una medida elemental para que realmente nuestro himno fuera de todos?… ¿Y si a su orquestación se le agregaran instrumentos musicales prehispánicos? ¿No sería aún más nuestro?…

[1] Se trata del himno Der er et yndigt Land (Esta es una tierra amable) de la autoría de Hans Ernst Krøyer (1798-1879)

[2] Se sugiere su escucha. Encuéntrela en: proceso.com.mx o pulsando el código QR impreso. www.youtube.com/watch?v=dMEGUSf-lYg

[3] “Escuchábamos desde las plácidas riberas del Ipiranga”.

[4] Se recomienda su audición. Disponible también en la www y en QR. www.youtube.com/watch?v=k7uIahkKvYw

Este texto se publicó el 9 de febrero de 2020 en la edición 2258 de la revista Proceso

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