Batallas en la OEA

Juan Guaidó y Luis Almagro. Foto: Twitter @Almagro_OEA2015 Juan Guaidó y Luis Almagro. Foto: Twitter @Almagro_OEA2015

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Dentro de unas semanas tendrá lugar la votación para elegir al secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). No se trata de un acontecimiento trivial. Las relaciones hemisféricas se encuentran en circunstancias muy complejas. Existen divisiones profundas respecto a cómo encarar los problemas políticos y económicos que atraviesa la región; el empantanamiento de la situación de Venezuela produce malestar y frustración; las interrogantes sobre el futuro de la democracia en Bolivia, en particular la posibilidad de llevar a cabo elecciones confiables y legítimas, despiertan dudas; la convivencia entre regímenes con sustentos ideológicos y programáticos muy distintos dificulta la elaboración de posiciones conjuntas que tengan impacto en asuntos mundiales. A lo anterior, cabe añadir pronósticos poco alentadores sobre el futuro económico de los países de América Latina y la incertidumbre, inevitable, que produce la celebración de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. 

En opinión de algunos, sería deseable que la OEA fuese un foro que contribuya a relaciones pacíficas en el hemisferio occidental así como al mayor peso de la región en la política internacional; la conducción del secretario general sería un factor importante para ello. 

Sin embargo, es poco probable que la próxima elección de secretario general contribuya a tales objetivos. La OEA se embarca en ese proceso en medio de un ambiente de polarización interna y falta de legitimidad muy acentuado. Cualquiera que sea el resultado, es poco probable que su significado en el panorama internacional se acreciente. 

Hace apenas cinco años la elección del secretario general, en marzo de 2015, fue un evento sin reflectores. Se presentó un solo candidato, el excanciller de Uruguay, Luis Almagro, quien fue elegido sin contratiempos. Sus posiciones iniciales no fueron controvertibles. Siguiendo la tendencia de la época, la OEA se desdibujaba.

Los problemas de Venezuela cambiaron el panorama. El asunto llegó tarde a la OEA por varios motivos: Ese país tenía aliados sólidos entre los miembros de la Alianza Bolivariana, entre los que se encontraban Ecuador, Bolivia y Nicaragua; asimismo, gozaba de solidaridad por parte de los países latinoamericanos de mayor peso: Argentina y Brasil. Desde el punto de vista democrático, las elecciones fueron ganadas libremente por Hugo Chávez y, en sus primeros momentos, por su seguidor Nicolás Maduro. 

Las circunstancias cambiaron cuando la oposición en Venezuela tuvo su primer triunfo al ganar la mayoría de la Asamblea Nacional en 2015, al surgir las tendencias autoritarias de Maduro en 2016 y al fortalecerse los reclamos externos después de los cambios de gobierno en Brasil y Argentina, transformados en vivos opositores de Maduro. 

Fue entonces cuando la figura de Almagro y el ambiente de la OEA tomaron otro rumbo. Ignorando las divisiones que existían entre los miembros respecto a qué hacer en Venezuela, Almagro tomó partido comprometiéndose, abiertamente, con el objetivo de acelerar un cambio de régimen en ese país. Se convirtió así, en el portavoz de las posiciones encabezadas por Brasil, Colombia y Estados Unidos a las que pronto se uniría la voz del representante del gobierno provisional de Venezuela, encabezado por Guaidó.

Le llegada de un representante de Guaidó, aprobada por el Consejo Permamente de la Organización, con el apoyo de Almagro, constituyó una clara violación a los estatutos de la organización. Ubicó al secretario general en una posición de parcialidad, lo cual dificultó la tarea de acercamiento de posiciones que, en principio es la que corresponde al secretario general. Este hecho y el que, finalmente, el problema de Venezuela siga sin resolverse son elementos que han contribuido a poner en duda las excelencias de su gestión. 

La OEA que hereda Almagro es una organización dividida, ineficiente y carente de legitimidad. Tres candidatos disputan la Secretaría General: Almagro mismo, apoyado por el precedente que los secretarios generales anteriores han ganado siempre un segundo periodo; María Fernanda Espinosa, excanciller de Ecuador y expresidenta de la Asamblea General de la ONU; y Hugo Zela, representante de Perú ante la OEA y conocido funcionario con altos puestos en esa organización. 

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Almagro cuenta con el apoyo de todos los países del Cono Sur, Estados Unidos y Canadá, Haití, República Dominicana y los países centroamericanos, con excepción de Nicaragua y Panamá. Es, desde luego, el candidato más fuerte pero no alcanza los 18 votos que se requieren para ser elegido. 

Por su parte, María Fernanda Espinosa tiene el voto favorable de todos los miembros de la Comunidad de Estados del Caribe (Caricom) Argentina, México, Nicaragua y Panamá.

El fiel de la balanza sería Hugo Zela, quien sólo cuenta con el apoyo de su gobierno pero quien ha declarado, de manera contundente, su reticencia a favorecer la reelección de Almagro. La moneda está en el aire. Sólo se puede afirmar que cualquiera que sea el resultado de la elección, la actividad de la organización estará seriamente limitada por la polarización y desconfianza que producen los acontecimientos recientes. 

Los problemas políticos de la OEA colocan sobre la mesa el viejo tema de la pertinencia de un organismo político internacional caracterizado por la enorme asimetría que existe entre sus miembros. El caso más evidente es la presencia misma de Estados Unidos. Su dilema reside más en cómo evitar ser percibido como el miembro hegemónico que en cómo favorecer acciones cuyos resultados sean contundentes. Lo último ha sido evidente en el caso de Venezuela. 

A pesar de lo que se pensaría a primera vista, el poder de Estados Unidos para poner fin al gobierno de Maduro es en realidad limitado. Pocos o nadie apoyan abiertamente su intervención militar en el país andino. Piénsese, por ejemplo, en el desagrado que ello produciría entre el sector militar de un país fronterizo como Brasil. Tratar, entonces, de precipitar la salida de Maduro por una vía “políticamente correcta”, como es la asistencia humanitaria, llevó al gran fracaso de 2019, el cual sólo sirvió para fortalecer el papel del ejército que mantiene lealtad a Maduro. 

Lo anterior no significa que Estados Unidos esté dispuesto a perder toda influencia sobre cuestiones económicas y de seguridad en el Hemisferio que atenten contra sus intereses. Pero lo hace calladamente, acompañado de socios ahora confiables como Brasil o Colombia. Imposible ignorar el papel que en alianza con esos países desempeñó en la caída de Evo Morales. 

Más allá de Estados Unidos, la situación de los países del Hemisferio es tan diversa que resulta casi imposible imaginar los puntos que pueden unirlos haciendo de la OEA el organismo aglutinador de posiciones políticas que algunos anhelan. 

Lo mejor es dejar en segundo plano tales acuerdos al interior de la OEA para fortalecer, a cambio, lo que sí puede funcionar: derechos humanos, cooperación en materia de desarme o narcotráfico, cooperación para puntos muy específicos de ciencia y tecnología. Si el próximo secretario general sigue ese camino –María Fernanda Espinosa lo haría– el futuro de la OEA puede ser más promisorio.

Este análisis se publicó el 23 de febrero de 2020 en la edición 2260 de la revista Proceso

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