Los violentos

Integrantes de la Caravana por la Paz y simpatizantes lopezobradoristas protagonizaron incidentes el pasado 26 de enero en el Zócalo. Foto: Germán Canseco Integrantes de la Caravana por la Paz y simpatizantes lopezobradoristas protagonizaron incidentes el pasado 26 de enero en el Zócalo. Foto: Germán Canseco

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde que el 17 de noviembre de 2019 publiqué mi “Tercera carta abierta a López Obrador” (Proceso 2246) anunciando lo que sería la Caminata por la Verdad, la Justicia y la Paz, que concluyó en Palacio Nacional el 26 de enero, la violencia no dejó de acompañarnos. Tanto el presidente como sus corifeos en la prensa y las redes sociales no dejaron de ejercerla mediante la descalificación, la malversación del espíritu de la caminata y por último, mediante un grupo de choque que, auspiciado por Morena y las descalificaciones del presidente, nos aguardó en la plancha del Zócalo con discursos de odio.

Lo pavoroso de esa violencia es que no provino de psicópatas, perversos y sádicos que tienen aterrorizado al país con crímenes atroces, sino de gente normal, de gente que, como nosotros, ama a sus hijos; que, como nosotros, quiere el bien y la paz, pero que anteponiendo su fanatismo político a la espantosa realidad del país, a nuestro sufrimiento y a nuestra propuesta de verdad y justicia, se volvieron –como Hannah Arendt describió a Adolph Eichmann durante su juicio en Jerusalén– aterradoramente normales.

Esta normalidad que, cegada por lo ideológico, utiliza discursos de desprecio y odio, como lo hace el sadismo del crimen organizado con sus víctimas, es mucho más terrorífica que todas las atrocidades que diariamente se cometen en el país, porque en nombre de la supuesta bondad de un gobierno justifican lo atroz a la vez que lo ocultan e inoculan en la vida social y política el germen de la enemistad, del odio y del rencor que buscan combatir. 

Al mirar y escuchar el 26 de enero en la plancha del Zócalo a esos seres normales que nos cerraban el paso coreando insultos –que el subsecretario de Gobernación Ricardo Peralta potenció con su abominable tuit, “A chillidos de marrano, oídos de chicharronero”, y que el presidente aprobó al día siguiente elevándolos al rango de “diferencias de opinión”– pensé en los gritos de odio que, mucho antes de la Solución Final –que hizo de Eichmann un asesino, gente normal, “aterradoramente normal” como él–, lanzaba contra los judíos en la Alemania nazi. 

Entre exigencias de justicia e insultos de amlistas, termina la caravana por la paz

Pensé también en ese tipo de delincuencia que las ideologías fabrican y que hacen decir a la gente normal no sólo cosas que promueven el crimen, sino que, “ya que del dicho al hecho hay sólo un trecho”, la impulsan a llevarlos a cabo sin saber ni intuir que en uno y otro caso cometen actos de maldad. Enfebrecidos por un odio inoculado por lo ideológico, muchos de aquellos que nos insultaban bajo el grito de “Es un honor estar con Obrador”, llegaron a patear y a golpear en las costillas a algunas de las víctimas, que en medio de la violencia dimos una lección de la dignidad y la paz que buscamos.

En un país con cerca de 300 mil asesinados, de 66 mil desaparecidos, de actos de crueldad aterradores, esas formas de la agresión que se promueven desde la presidencia y Morena, están no sólo escalando la violencia a sitios aún intocados por ella, sino normalizándola como parte de la vida social y política, banalizando el mal y haciendo que las palabras y el pensamiento se vuelvan impotentes ante la barbarie.

Al hacer de la malversación del sentido, del desprecio, del insulto y de la provocación, una forma normal de la vida social y política, el Estado está llevando la perversión (volver de revés, pero también erosionar, desordenar, cambiar el mal en bien) a sus formas más abyectas: la violencia no como expresión de la transgresión de la vida, en el sentido sádico del término, que puede rastrearse en las formas en que se asesina en México, sino en nombre de una racionalización ideológica que complica la realidad criminal que desde hace mucho tiempo padece el país. 

La violencia que se promueve desde el poder no es heredera del sadismo con el que el crimen organizado tiene ensangrentadas nuestras vidas, a pesar de que, en una y otra, la violencia es el resultado de la malversación de la moral y de la ley. La violencia sádica obedece a un desorden estructural del alma, la que promueve el Estado a un desorden que coloca la ideología por encima de la realidad y termina también por desordenar el alma. Una y otra se retroalimentan, se vuelven cómplices y hacen imposible la paz.

Estamos asistiendo en México a una época en que desde todos los ámbitos, diría el recientemente fallecido Georges Steiner, se desprecia la vida humana, el delicado proceso por el que llegamos a ser lo que somos y a través del cual escuchamos el eco de nuestra humanidad. Este desprecio está promovido por intereses políticos, ideológicos y económicos que, al separar la vida moral de la vida emocional, convierten a las víctimas y su sed de verdad y justicia en seres inmundos, como Gregorio Samsa, que dan carta de naturalización al sadismo del crimen organizado y suscitan el odio de quienes deben protegernos y acompañarnos. 

Épocas así, donde la mentira se expresa tercamente, donde la crueldad se promueve y se disculpa en nombre de las abstracciones ideológicas, donde en el mundo de la polis las palabras se malversan en sus significados más humanos y profundos, y el lenguaje del diálogo y de la poesía fracasan, anuncian un periodo de oscuridad cuyos infiernos podemos leer en la historia de otros pueblos más civilizados que el nuestro. 

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

Este análisis se publicó el 23 de febrero de 2020 en la edición 2260 de la revista Proceso

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