El Conacyt y su “Boletín” científico

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En la búsqueda del “bien común” –como se lee en el documento de apertura–, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) lanzó su Boletín Conacyt, publicación semestral que será el lazo que muestre las colaboraciones entre la comunidad científica con la academia y el mundo del arte.

De casi 100 páginas, la primera edición se divide en cinco apartados: “Ciencia por México”, “Entrevista”, “Saberes y sabores” –en donde se toca el tema del comedor institucional que atrajo críticas al inicio de la nueva gestión del consejo–, “Ciencia y Arte” –homenaje a Francisco Toledo en su labor de defensa contra el maíz transgénico–, más un apartado destinado a informar sobre los avances de la institución titulado “Conacyt avanza”.

Cada apartado tiene sus respectivos subtemas, pero de ellos tocaremos sólo algunos. En principio, propósitos de la empresa editorial, en la presentación firmada por María Elena Álvarez-Buylla, directora del consejo:

“Consciente de la necesidad de sostener un diálogo permanente con la sociedad, el Conacyt somete a su consideración el presente Boletín, que nace con espíritu de diálogo y también de análisis crítico en torno a temas urgentes. Este Boletín es uno más de los instrumentos de construcción colectiva de un nuevo modelo de ciencia pública comprometida con la sociedad, con el bienestar del pueblo mexicano.

“…Su propósito fundamental es ofrecer contenidos científicos rigurosos y abiertos que aporten a un proceso de difusión pública del conocimiento y coadyuven así a que los beneficios del quehacer científico y humanístico nacional lleguen a todos, tal y como lo manda la constitución”.

El Boletín abre con el texto “¿Qué son los pronaces?”, escrito por Raúl García Barrios, investigador del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, donde explica  los Programas Nacionales Estratégicos (Pronaces) concebidos para organizar los esfuerzos de investigación en torno a problemas nacionales concretos, en torno a 14 puntos, entre ellos: salud, movilidad y derechos humanos, soberanía alimentaria, prevención de riesgos y desastres, ciudades sustentables y transición energética.

Le sigue el análisis “Programa nacional estratégico de salud: Proyecto Nacional de Leucemia Infantil”, firmado por Rosana Pelayo, miembro del Centro de Investigación Biomédica de Oriente del INSS, en donde se destacan datos como que el grupo de edad de 0 a 4 años de edad presenta la mayor tasa de incidencia, sin embargo, el grupo de 16 a 19 años el de mayor agresividad y tasa de mortalidad, y la mayoría asociados a leucemias agudas.

Otro de los escritos destacados es el situado en el apartado de Entrevistas, con la realizada al astrónomo Manuel Peimbert Sierra, en la que el también Investigador Emérito por la UNAM hace un llamado a incentivar la inversión en ciencia.

“En México todavía se percibe que gastar en ciencia es perder el dinero, mientras que en los países desarrollados invertir en ciencia es tener un mejor futuro y lograr mejores desarrollos, que luego se verán reflejados en el ámbito económico. Los países que no hacen investigación no tienen tanta capacidad para resolver sus problemas”, afirma.

Como parte de “Saberes y sabores”, a raíz de una exposición del mismo nombre se destaca el artículo “Comedor agroecológico del Conacyt”, que en los inicios de la actual gestión fue cuestionado por un elevado costo de producción en la comida. Sin embargo, el consejo advierte que para la actual administración la salud de los trabajadores no es un asunto trivial sino un derecho adquirido y debe cumplirse a cabalidad:

“Como un acto de congruencia y compromiso con la comunidad trabajadora del Conacyt, se estableció un proyecto de comedor innovador, consistente en un modelo circular de alimentación sana, caracterizado por apoyar a las comunidades campesinas y el cuidado ambiental; con una dieta balanceada avalada por un especialista en nutrición y elaborada con ingredientes agroecológicos –es decir, que son producidos por familias campesinas y pequeños productores de la Ciudad de México y estados circundantes en forma natural y libre de tóxicos– y se complementa con productos no industrializados de pescado, pollo o pavo”.

Y como parte de la sección “Ciencia y arte”, se ofrece a los lectores homenaje al artista y promotor cultural y social Francisco Toledo –fallecido el año pasado–, escrito por la misma directora del Conacyt, en donde la científica comparte con el oaxaqueño la lucha por el maíz orgánico frente al transgénico.

El relato escrito en primera persona es un recuento de los varios encuentros en los que Álvarez-Buylla coincidió con Toledo, y a su vez un recorrido desde la década de los noventas –a raíz de un trabajo del científico mexicano Ignacio Chapela– sobre los primeros resultados de contaminación de transgenes en maíces nativos de Oaxaca:

“Estudios científicos y ciudadanos corroboraron la verdad de su hallazgo y alertamos, en consecuencia, sobre los riesgos de esta contaminación. Desafortunadamente, el gobierno mexicano de aquellos tiempos no asumió su responsabilidad de garantizar la bioseguridad de los mexicanos, y los maíces nativos se siguieron contaminando…”

De interés como materia de discusión familiar o de grupo, el texto concluye con una de las tantas labores en vida que tuvo Toledo:

“Aquí le damos las gracias, querido maestro Toledo, por haber defendido con ternura y firmeza nuestro maíz. Nuestro México. Nuestro sustento. Aquí tiene nuestro corazón que es su casa. Usted descanse, se lo tiene bien merecido, nosotros seguiremos cuidándolo”.

Es una lástima que la primera edición del Boletín Conacyt no esté disponible en su versión online más allá de conseguirse en el gremio científico; ello ayudaría a informar y estar en contacto con la sociedad en temas de interés nacional que a todos competen.

 

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