La sui generis vida política de Malasia

El primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, le da la mano al sucesor Anwar Ibrahim en Putrajaya, Malasia. Foto: AP Vincent Thian El primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, le da la mano al sucesor Anwar Ibrahim en Putrajaya, Malasia. Foto: AP Vincent Thian

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hace unos días dimitió el primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad de 94 años, el premier más anciano del mundo. Pero no renunció debido a su avanzada edad, sino a divergencias con su coalición de gobierno y, según algunas fuentes, como maniobra para incumplir el compromiso de delegar su cargo este 2020 en su aliado político Anwar Ibrahim.

Mahathir anunció el retiro de su formación política Bersatu de la coalición gubernamental Pakatan Harapan (PH), y también lo hicieron 11 diputados del partido Keadilan Raykat (PKR), que encabeza Anwar, con lo cual ésta perdió la mayoría parlamentaria y obligó a notificar la disolución del gobierno al rey Abdullah, quien no obstante pidió al nonagenario político que se mantenga en su puesto en tanto se designa a su sucesor.

Juntos en la PH, Bersatu y el PKR lograron en 2018 lo que parecía imposible: sacar por vía de las urnas a la Organización Nacional de los Malayos Unidos (UMNO, por sus siglas en inglés), en el poder desde que Malasia se independizó del Reino Unido en 1957. Y en ese triunfo jugó un papel fundamental la alianza entre Mahathir y Anwar, entonces cabeza de la oposición y en la cárcel. Fue cuando el primero le prometió al segundo que, si ganaban, además de liberarlo le dejaría su cargo dos años después.

Y ganaron. Pero la relación entre los dos líderes y también la vida política malaya en general son bastante intrincadas y, por momentos, cobran giros rocambolescos.

Mahathir, para empezar, ya fue primer ministro entre 1981 y 2003, y lo fue bajo las siglas de la UMNO, que 15 años después sacaría del poder. Y durante esos poco más de dos decenios al mando, se comportó como cualquier otro político malayo tradicional: con mano dura, pero tolerando el nepotismo y la corrupción.

Durante la década de los ochenta, cuando frisaba los 60 años, fue cuando se fijó en el líder de un movimiento estudiantil islámico 20 años menor que él, quien hacía gala de una buena oratoria y mostraba signos de sagacidad política: Anwar Ibrahim. De inmediato lo invitó a incorporarse a la UMNO y luego a su gabinete, donde ocupó varios puestos ministeriales hasta convertirse en su viceprimer ministro, entre 1993 y 1998.

Pero ese último año, la crisis financiera que azotó Asia acabó con su buena relación. Anwar, mucho más moderno y reformista que Mahathir, criticó las malas prácticas políticas que arrastraban tanto su partido como su mentor, lo que le valió no sólo su destitución, sino la acusación de que se había aprovechado de su poder para seducir a hombres de su entorno. Bajo el cargo de sodomía –considerada un delito en la conservadora sociedad musulmana malaya– el exlíder estudiantil pasó cinco años en la cárcel, hasta que Mahathir terminó su mandato.

Ya con 78 años a cuestas, el viejo tutor decidió retirarse de la vida pública, mientras que, una vez liberado, su pupilo optó por pasarse a la oposición, donde formó su propio partido, el PKR. Y desde ahí otra vez comenzó a subir. Tanto, que en relativamente poco tiempo empezó a incomodar a la UMNO, la formación histórica donde había hecho su carrera política.

Diez años después, Anwar y sus seguidores ya se habían convertido en una amenaza electoral para ese poder hegemónico, así que su primer ministro en turno, Najib Razak, optó por recurrir de nuevo al manido cargo de sodomía y enviarlo otra vez a la cárcel en 2015.

Pero poco le duró la rebaja de la presión política a Najib, porque ese mismo año una investigación financiera realizada en Estados Unidos se filtró a la prensa y reveló el desfalco de cuatro mil 600 millones de dólares por parte de su gobierno a través de un fondo denominado 1Malaysia Development Berhanrd (1MDB), supuestamente destinado al desarrollo de Malasia, y de los cuales al menos 680 millones habrían ido a parar directamente a los bolsillos de Najib y su mujer Rosmah.

Pese a la intensa campaña de control de daños emprendida por el premier, que incluyó un reacomodo en el aparato judicial, la mordaza de la prensa, la persecución de la oposición y hasta una ley antiterrorista, la rabia popular fue cada vez más en aumento, y constituyó el acicate para que Mahathir dejara su retiro de 15 años y se erigiera en la figura que no sólo podía restablecer la decencia y el orden, sino inclusive dar una vuelta de tuerca a la política malaya y sacar del poder a la desacreditada UMNO.

Fue entonces cuando el ya nonagenario político formó su partido Bersatu. Pero pronto se dio cuenta de que si quería ganar tendría que sumar a la oposición y, dentro de ella, sin duda la formación más fuerte era el PKR y su encarcelado líder, Anwar Ibrahim. Así que Mahathir no vaciló en buscar a quien primero fue su protegido y luego su víctima, para pedirle que se aliara con él a cambio de su liberación y de sustituirlo luego de dos años en el poder. Y Anwar aceptó.

Reunidos en la coalición PH, Bersatu y el PKR, junto con otras fuerzas opositoras minoritarias, lograron fácilmente más de la mitad de los escaños en el parlamento, lo que le permitió a Mahathir formar inmediatamente gobierno. Najib fue detenido y sometido a juicio. Y Anwar fue indultado por el rey Mohamed V y puesto en libertad. No fue incorporado al gabinete, pero su esposa Wan Azizah, una oftalmóloga con la que tiene seis hijos, fue designada viceprimera ministra; una situación que obligaría a su esposo a pedirle la renuncia, en caso de asumir la primera magistratura.

Pero eso parece que no va a suceder. Aunque Anwar asegura que Mahathir no ha vuelto a traicionarlo, se sabe que ha habido reuniones de sus aliados con otras formaciones para lograr una mayoría parlamentaria sin necesidad del PKR. El problema es que los apoyos provendrían de miembros de la UMNO y del islamista partido Pan-Malaysia (PAS), a los que derrotó la PH en 2018.

Esto habría suscitado el desacuerdo del viejo primer ministro y motivado su dimisión. Sin embargo, medios de prensa malayos aseguran que Mahathir efectivamente ya no desearía que Anwar lo suceda, y que ha derivado su apoyo a Azmin Ali, uno de los once diputados que abandonaron el PKR. En consonancia, Azmin anunció esta semana que planeaba formar un “nuevo bloque político”. Tanto en este escenario como en el arriba descrito, Anwar quedaría excluido de la primera magistratura, pero Mahathir podría concluir su periodo de cinco años.

La tercera opción es que no se pueda llegar a ningún acuerdo y, por lo tanto, el rey decida disolver el Parlamento y convocar a nuevas elecciones. Ante las fracturas y traiciones dentro de las diversas fuerzas políticas, ello llevaría probablemente a un nuevo periodo de inestabilidad a la península malaya. Pero en Malasia nada es estable, ni siquiera la monarquía.

A diferencia de las monarquías vitalicias y hereditarias en todo el mundo, el sistema monárquico malayo es rotatorio y se turna cada cinco años entre las nueve casas reales que gobiernan sendos estados, y cuyas raíces se remontan al siglo XII. Los reyes no intervienen en el gobierno, pero fungen como jefes de Estado y custodios del Islam, por lo que representan la unidad del país. Encabezan las fuerzas armadas, firman los nombramientos y convocan a elecciones. También pueden conceder amnistías.

Una de las más sonadas fue precisamente la que concedió Mohamed V a Anwar en 2018. Pero ese monarca ya no es el mismo que le aceptó ahora su renuncia a Mahathir; y no porque haya fallecido, sino porque renunció sin haber completado su quinquenio.

Resulta que Mohamed V, procedente del estado de Kelantan, se enamoró de una exmiss Moscú 25 años más joven que él y se casó con ella. Esto ya no gustó a la mayoría musulmana malaya, a pesar de que ella se convirtió al Islam. Pero la furia estalló cuando se filtraron unos videos de la moscovita teniendo relaciones sexuales en un reality show de la televisión rusa. Abrumado, Mohamed V optó por abdicar y también se divorció, en medio de un culebrón que ha hecho las delicias de los medios amarillistas.

En su lugar, los nueve miembros del Consejo de Gobernantes eligieron al gobernador de la provincia central de Pahang, el sultán Tergku Abdullah Ahmad Shah. Ahora a él le tocará sancionar las disputas entre los partidos.

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