Susan Sontag se contagia de coronavirus

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Todavía me irrita el recuerdo del brote de la gripe porcina entre marzo y mayo de 2009, cuando se hizo coincidir el estado de excepción con el control de la epidemia. Al supuesto “combate al crimen” que encabezaba el ejército, se le aunó la repartición de cubrebocas, el cierre de las escuelas durante tres semanas, la prohibición de que los mexicanos se saludaran de mano o de beso. En la lógica del estado de excepción –que en estos días denuncia Giorgio Agamben para la sospechosa reacción paranoide del gobierno italiano–, el otro era el contagio. De la mano, crecieron la xenofobia hacia los mexicanos en Estados Unidos y hasta en Argentina, tanto como la industria de los geles antibacteriales. Y algo se rompía, lentamente, en el estado de excepción que fue la esencia del gobierno de Felipe Calderón; era como si todos los mexicanos, potencialmente, pudiéramos ser excluidos, separados de la vida y arrojados a la prisión de la cuarentena. 

Ahora que los medios masivos tratan de vender un imperio patológico con un coronavirus que sólo en el 4% de los casos requiere de hospitalización, pareciera que el estado de excepción, con su soberano teológico que decide por encima de cualquier norma jurídica, se trata de hacer pasar como una forma regular de gobierno. Calderón lo hizo de una forma patética: desplazando militares por el país, acribillando inocentes, mientras sostenía que su poder se basaba en la violencia, cuando su utilización –lo sabemos– es precisamente el signo de la debilidad de un poder. Trató de aprovechar la idea del contagio como una justificación del poder abusivo y extralegal. 

A finales de los años setenta Susan Sontag escribió el ensayo clave sobre las afecciones y sus usos culturales, La enfermedad y sus metáforas. El ambiente lo proporciona Muerte en Venecia, de Thomas Mann, que además de ser una novela sobre la estética, lo es también sobre el contagio de una enfermedad estacional, parecida al cólera, que se le oculta a su protagonista, Gustav –vagamente basado en Mahler– para no asustar a los turistas. Su muerte, en la playa, mirando al efebo Tadzio, coincide con la romantización de nuestros anteriores siglos en torno a las enfermedades pulmonares: la tuberculosis que consume el cuerpo a favor del espíritu o de la inteligencia, como en La montaña mágica, y la fiebre como una pasión, y sus alucinaciones como un vehículo de la claridad existencial. La palidez y toser sangre pasaron a la cultura como signos de genialidad, de lo etéreo del espíritu, como en Chopin o Byron. 

En el otro extremo, nos aclara Sontag, está el cáncer, que es una metáfora de los sentimientos reprimidos, de la ira contenida, y de la resignación ante su crecimiento. Es lo contrario del contagio: te lo induces a ti mismo, es una falla del carácter. 

Lo que ha sucedido a inicios de este siglo XXI es que se hace responsable, como en casi todos los órdenes, al individuo de resultar contagiado. No atendió las medidas de seguridad, estuvo en el país del brote o, más amargamente, es “asiático” o “mexicano”. El futbol es el lugar donde se vierten todas nuestras fobias sin consecuencias; todavía recordamos al jugador mexicano amenazando al chileno con escupirle el virus si continuaba con sus comentarios xenófobos durante la Copa Libertadores. Los reportes de acosos escolares a los niños de origen chino en las primarias en Estados Unidos son un signo de cómo el virus no es el virus, sino sus usos políticos. Por ejemplo, se transmite la leyenda que une el contagio a la pobreza: los enfermos viven junto con los cerdos, las gallinas, los monos, que tienen originalmente el virus. El enfermo es de un país pobre, rural, sin medidas de higiene. Los servicios hospitalarios ahí donde existe el brote son deficientes, los médicos son piratas, los protocolos no se cumplen. El mundo desarrollado es capaz de permanecer aislado del contagio si cierra sus fronteras, inmoviliza a su propia población y militariza sus puertos. 

Las narrativas de una pandemia son propias de la imaginación del siglo XXI: los inmigrantes deben ser detenidos porque amenazan, a pesar suya y de los líquidos en sus pulmones, con terminar con la vida y el orden. Vienen contagiados. El virus se detiene si se les detiene a ellos, a sus cuerpos. Los inmigrantes se convierten en portadores de enfermedad biológica y social. Los “violadores” mexicanos. 

Si para el cáncer existe un juicio psicológico sobre no reprimir las emociones, y para la sífilis y el sida hay un juicio moral, para las enfermedades de los virus que flotan en el aire y se transmiten con estornudos como disparos, la valoración es lo exótico, los países abarrotados, densos. La enfermedad no es más un virus y sus formas de transmisión, sino un juicio sobre las formas de vida ajenas. 

En los casos de la lepra y la peste, Susan Sontag escribe con lucidez: “La enfermedad es la metáfora. La peste dio origen al ‘apestado’, es decir, lo que es ofensivo para la paz pública”. Así, con rapidez, llegamos de la enfermedad de pacientes y médicos a la decisión del estado de excepción de regularizar la exclusión por las razones del contagio: criminalidad y enfermedad son contagiosas. Se habla de la “destrucción del tejido social”, metáfora aparentemente textil, para referirse a una semántica médica: el tejido de los órganos degradado por un veneno, incapaz de sostenerse en sí mismo, necesitado de que se le extirpen los tumores sociales, que pueden ser grupos y poblaciones enteras. La idea punitiva está detrás del despliegue de los militares. Se trata de campañas contra el cáncer, el sida, el coronavirus. Tienen, en el imaginario cultural, el carácter de batallas contra enemigos que da la casualidad de que están dentro de ciertos cuerpos, de ciertas naciones o razas, de ciertas clases pobres. Los virus son “el bárbaro dentro del cuerpo”, a la espera de penetrar las ciudades amuralladas, físicas e imaginarias. 

Hay algo más perverso en tratar de generar una paranoia sobre un coronavirus que ha resultado menos dañino que una gripe fuerte, y es cuando el poder entra a controlar nuestros movimientos corporales, los horarios, los lugares de reunión, lo que sentimos del contacto con los demás. Contiene una lectura política no dicha: los virus que aparecen cada año son mutaciones de los anteriores, como la influenza, por lo que sus portadores son también mutaciones. De ahí, acaso, de la circulación de los migrantes ilegales en botes y contenedores, viene el renovado interés por los zombies, los muertos vivientes; la mutación de todas las mutaciones, la resistencia a la muerte. Es, dicen los expertos, la resistencia de los virus a nuestros antibióticos. Su origen es tan misterioso como la recombinación invisible de genes. Su visibilidad es el otro, el extranjero, el cuerpo enigmático de un país que, de otra forma, nunca nos ha interesado ubicar en un mapa.   

Este texto se publicó el 1 de marzo de 2020 en la edición 2261 de la revista Proceso

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