"Hijo de la guerra": un libro inclasificable de Ricardo Raphael

miércoles, 11 de marzo de 2020 · 09:09
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hijo de la guerra (México, Seix Barral, 2019, 444 pp), el último libro de Ricardo Raphael, es una suerte de híbrido inclasificable. Su estructura conjuga dos voces en primera persona: el escritor que narra una detallada investigación periodística y un narcotraficante que está vivo y muerto al mismo tiempo. Hijo de la guerra relata la historia de Galdino Mellado Cruz, desertor del ejército mexicano y miembro fundador del cártel de los Zetas que, según el gobierno de Enrique Peña Nieto, está muerto. Sin embargo, Raphael entra en los detalles profundos de su biografía contados a viva voz por el mismo Galdino desde una prisión en Chiconautla, Estado de México. El libro es inclasificable porque entreteje dos universos que rara vez se mezclan: la primera persona en voz de Raphael narra la edificación de una pieza periodística en forma, mientras que el mundo del Z9, contado desde su visión, se construye desde la ficción literaria. Hijo de la guerra es ficción, pero también su inverso. La narración no respeta una estructura cronológica estricta y sobre las dos voces centrales aparecen de vez en cuando entradas completas del diario que el reo escribía para el periodista que lo visitaba semanalmente. No obstante, el hilo conductor es claro y busca responder una pregunta central: ¿quién es Galdino Mellado Cruz? Hijo de la guerra retrata la complejidad de una biografía múltiple. Además de una presunción de muerte, Galdino Mellado Cruz tiene un arsenal de identidades, lo que obliga a hacerse la obvia pregunta si se trata, en efecto, de quién dice ser. Desde prisión Raphael tomó una serie de fotografías que, a través de pruebas que combinan la antropología física con la estadística, apuntan a que la persona frente a su cámara oculta es la misma que el gobierno anterior declaró como muerta. Por su parte, Galdino cuenta una cruda infancia, marcada por la indiferencia de su madre, la violencia de su padre —un criminal y proxeneta de Tepito—, las atrocidades de un sacerdote y un episodio sobrenatural que lo introduciría en el mundo de la santería. Galdino creció en un contexto perfectamente disfuncional, un ambiente en el que el crimen hizo metástasis hasta llegar a él mismo. En un caldo de cultivo de tal naturaleza, pareciera que la actividad criminal en primera persona era cuestión de tiempo. Sin embargo, la historia no es lineal: Galdino se enlistó en el ejército para volverse parte de un grupo de élite que eventualmente se transformaría en el brazo armado del Cártel del Golfo y que, bajo el nombre de los Zetas, cambiaría la historia contemporánea de México. El papel de Galdino, un zeta primigenio, se traza a la par de grandes narcotráficantes como Osiel Cárdenas Guillén, el Tony Tormenta y Heriberto Lazcano, por mencionar algunos. Hijo de la guerra narra los pormenores, a ras de suelo, de las historias íntimas de los Zetas. Para corroborar lo dicho, además de pruebas antropológicas, Raphael —y un pequeño equipo de investigación del que fui parte— leyó la literatura previa sobre los Zetas, desempolvó hemerotecas y expedientes jurídicos, además de contrastar la historia de Galdino con entrevistas adicionales e incluso letras de narcocorridos. Se trata, en parte, de un trabajo de documentación y contraste periodístico que, desde el tejido fino y a partir de una serie de microhistorias narradas por el Z9, esboza la macrohistoria del cártel de los Zetas.
Libro en tres géneros
Raphael hace uso de los tres géneros que coexisten en Hijo de la guerra ­—novela, pieza periodística y una suerte de autobiografía— para adentrarse en las entrañas del narcotráfico. El autor rompe con las fronteras convencionales para dar luz a un fenómeno brutalmente complejo: el nacimiento de la expresión más violenta de nuestra crisis más atroz. Y lo hace desde la perspectiva de un muerto en vida que, de ser un líder de los Zetas, pasó días enterrado bajo tierra, torturado entre escremento y vómito, para terminar como una hormiga más en prisión. La respuesta a la pregunta central del libro —¿quién es Galdino Mellado Cruz?— es espejo de su hechura: se trata de una verdad a medias. El libro evoca la opacidad del mundo del narco que, por definición, es subterráneo. La verdad y la mentira, muestra Raphael, no son dos rectas paralelas. Por el contrario, se acercan hasta intersectarse para después distanciarse nuevamente, como lo hace la doble hélice del material genético. Mentira y verdad; autoridad y crimen; transacciones abiertas y mercados negros; luz y oscuridad; novela e investigación; periodista y escritor de ficción. Hijo de la guerra encara también, al menos, un par de dilemas filosóficos. Por un lado, el periodista reflexiona sobre la ética de tomarle el dictado a un asesino serial, sin acudir a las autoridades. Por el otro, se aproxima al debate sobre la naturaleza de lo verdadero. Raphael revela la ontología del narcotráfico: es imposible conocerlo por completo. Es un campo en el que lo verídico se escurre fácilmente. El ejercicio interdisciplinario que despliega muestra que no vamos a ciegas, pero también se queda corto en alcanzar una respuesta definitiva. Como investigación periodística, Hijo de la guerra es un trabajo que deja cabos sueltos y preguntas sin responder —no podría ser de otro modo. Incluso un esfuerzo de este calibre por adentrarse en la profundidad del iceberg no logra determinar su verdadera dimensión. No obstante, el libro ofrece una radiografía cabal y una serie de conclusiones para enfrentar la barbarie que nos atraviesa. Raphael arroja luz en la necesidad de atender la violencia intrafamiliar, en mejorar radicalmente la administración de nuestro sistema carcelario y, más importante, en cómo entender la psicología detrás de narcotraficantes, grandes y pequeños. Como están las cosas, el prohibicionismo asfixia un entendimiento completo de nuestra tragedia. Es imposible saber la magnitud de la bestia: el tamaño del minotauro nos escapa. Mientras el comercio de drogas esté enterrado, entre hormigas y vómito, la verdad de una narración plena —y la justicia que exije— quedarán aún por descubrir. Aún así, Hijo de la guerra es un libro que empuja los límites actuales, tanto de nuestro entendimiento del cártel de los Zetas como del espacio en el que Raphael normalmente habita. Es una nueva vía y también una provocadora invitación. Tanto para el mundo literario como el periodístico, así como para nuestra lectura del narcotráfico, Hijo de la guerra es una profunda y necesaria transgresión. Te recomendamos: El ritual de iniciación de Los Zetas

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