Coronavirus

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El presidente de Estados Unidos se refirió esta semana a “este virus extranjero” y, con ello, justificó una vez más el cierre de su país al mundo. La idea de ser isla la heredaron de Inglaterra y, aunque no lo sean, muchas de sus justificaciones políticas descansan en proteger sus fronteras que, a veces, están hasta el otro lado del mar. Pero veamos en qué tipo de metáfora se ha convertido al coronavirus. Hace unas semanas decíamos que encubre la paranoia antiinmigrante que dio origen a la moda del zombie, del muerto viviente que deambula sin respetar la cerca de la propiedad privada, avanza casi inconsciente, con los brazos al frente, y contagia a quien muerde. El peligro es el otro y la mejor forma de protegerse es mantenerlo a distancia. Esto tiene una historia que es, a la vez, europea y anglosajona: la degeneración social por contagio. 

Tras los efectos políticos de la revolución de 1848, la unificación de Italia y la Comuna de París, Inglaterra quiere encontrar en la ciencia una justificación para su insularidad. Entre otros, lee los resultados de El origen de las especies de Charles Darwin como una comprobación de que hay una “raza” propia de las islas, como en el caso de las Galápagos. Afuera de Inglaterra están los “extranjeros”, cuyos cuerpos están contaminados por bacterias y padecimientos que penetran el tejido de sus órganos y de la sociedad. En la era victoriana se creía que las bacterias no sólo se contagiaban, sino que se heredaban. En Francia se considera que estos “degenerados” sociales son producto de la falta de higiene, el alcoholismo, las enfermedades venéreas –que transmiten las prostitutas– y la pobreza, cuyos genes descompuestos se heredan de generación en generación, por lo que, si no se les separa de la sociedad “productiva”, las naciones desaparecerán. La idea de la sociedad como un organismo vivo, que nace, se reproduce, enferma y muere, se encuentra, de pronto, con que ya no es una metáfora, sino que se le toma literalmente. Hay, entonces, “naciones enfermas”, “clases degeneradas”, “regresiones genéticas”, que deben ser atendidas con un sólido Estado de excepción. No mucho ha cambiado desde entonces.  

Uno de los impulsores de esta idea fue Theodore Roosevelt, el ranger que fue presidente de Estados Unidos a inicios del siglo XX. Durante su mandato una -Home Office era la encargada de medir los cráneos y facciones de los rostros de los inmigrantes, seguros de que ciertos tamaños, longitudes y tallas eran signos externos de criminalidad, locura y pobreza. A eso le llamaron “degeneración social” y atendían los supuestos de Cesare Lombroso y Max Nordau sobre los rasgos faciales como síntomas de “enfermedades del alma”. Para justificar las tareas de esa oficina de inmigración, el presidente Roosevelt escribió en 1912: “Millones de dólares gasta el gobierno en investigar a los bacilos que enferman y matan a las plantas y animales de corral, pero no hemos hecho nada o casi nada para estudiar a esos bacilos mayores, los hombres que dañan a nuestras naciones”.

La idea de las naciones, razas y clases sociales “degeneradas” era compartida por la opinión pública a través de los relatos de la nota roja y de las novelas. En los mundos literarios de Conan Doyle, H.G. Wells y J-oseph Conrad hay una confusión entre extranjeros, salvajes, criminales y simios, a cuyos abismos puede descender, de pronto, un “hombre recto y decente”. Sherlock Holmes le dará una explicación racional al Dr. Watson: “Un árbol que ha crecido muy alto, de pronto desarrolla una excentricidad en la copa. Creo que así sucede con los seres humanos que copian, por así decirlo, en su historia personal el pasado de todos sus ancestros y que toda excentricidad, mala o buena, al final de sus vidas, proviene de su pedigrí. La persona es el resumen de la historia de su propia familia”. 

Si llevamos esta impresión de Holmes a nuestro actual y paranoico conflicto bélico con un virus, encontraremos todas las angustias sociales que nos aquejan desde el siglo industrial: hay algo malo en el fondo de lo que no sólo no nos separamos, sino que contagiamos a las siguientes generaciones. 

“El mundo como lo conocemos ya no será igual después del coronavirus”, asegura Don Lemon, el conductor de noticias de CNN por la noche. Me sorprende que no diga que está hablando de las medidas políticas en torno al virus que aparece como un dibujo del monero Jis, y no de los datos propiamente biológicos de propagación (cuatro metros), vida en el aire (30 minutos), bajo índice de mortalidad, y de que, como el del actor Tom Hanks y su esposa, en muchos casos es indistinguible del cansancio. Al contrario, los medios de comunicación en todo el mundo han insistido en propagar la paranoia viral que, lo sabemos, se convierte siempre en paranoia étnica. 

¿De qué nos habla la idea de encerrarse voluntariamente, de atrincherarse dentro del aire de tu propia recámara con un absurdo cubrebocas colgado de cada oreja? ¿De qué nos habla que un presidente califique a un virus como “extranjero”? Extraterrestre, extranjero y extraño tienen la misma palabra en inglés: “alien”. No hemos avanzado mucho desde que el sobrino de Darwin, Francis Galston, inventó una lectura política de la evolución de las especies y la convirtió en un exterminio de lo distinto: la eugenesia o “mejoramiento de la raza”. Por supuesto que la esterilización de poblaciones con “genes malos”, su segregación, y exterminio, tenía como base “científica” los rasgos físicos y morales de los extranjeros –negros, indígenas, judíos– cuyo contacto con el resto “bueno”, es decir, lo más parecido a quien elaboraba las mediciones, corrompía a los países. Y de pronto se topan con un giro político de la supervivencia de las especies: el parásito está mejor adaptado que quien lo hospeda. Lo que siguió fue matar al designado como parásito: el inmigrante. 

Max Nordau, uno de los fundadores del sionismo y enemigo personal de Oscar Wilde, detalló así lo que debía ser exterminado por vía eugenésica: “La excentricidad, la obsesión con los pensamientos impuros, la confusión de jerarquías, la destrucción indiscriminada, el odio irrefrenable que lleva a la violencia”. Todo ello se le atribuyó, entonces, a los inmigrantes, que venían de pueblos más primitivos y que, con su presencia, contagiaban a los barrios bajos de las ciudades. “No hay nada de malo en cortar las primeras ramas de un árbol que queremos que crezca con esplendor”, escribió Henry Maudsley, un psiquiatra que había sacado conclusiones políticas y morales del libro de Darwin y hacía presentaciones públicas donde aseguraba cosas tan burdas como: “Hay que rastrear el salvajismo dentro de nuestra civilización de la misma forma en que rastreamos el animalismo en los salvajes. Lo vemos con claridad en cómo los demagogos de hoy utilizan la promesa socialista en nuestros obreros, cuya inteligencia no acaba de superar la del orangután”. 

La paranoia que han generado con el coronavirus como fondo “científico” sigue uniendo, como hace dos siglos, a los que quisieran terminar con el contacto con los otros, siempre peligrosos, siempre contagiosos, siempre inasimilables. He ahí la metáfora política del nuevo virus que parece que atrapa en su secuencia genética, todas las angustias de la globalización, la inmigración, los desafíos de los sistemas de salud pública, y aun la vana idea de cierto periodismo de demostrar su poder a través de extender el terror a lo invisible.  

Este texto se publicó el 15 de marzo de 2020 en la edición 2263 de la revista Proceso

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