Bienestar, un remedio para la próxima pandemia

Los no aslariados, los más afectados por la pandemia de Covid-19. Foto: Miguel Dimayuga Los no aslariados, los más afectados por la pandemia de Covid-19. Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Escribo desde la comodidad de mi hogar, con la familia al lado, con limitaciones en los ingresos, pero hasta este día, con todas las necesidades básicas cubiertas y sin carencias insalvables, aunque tampoco exento de riesgos. Trato de estar al tanto de informaciones verificadas, me doy el tiempo de escuchar los mensajes del gobierno y algunos análisis al respecto, trato de mantener buen humor y entereza.

Más que preocuparme por la posibilidad de algún contagio, mis pensamientos más estresantes los detonan temas económicos. No creo ser materialista, es más bien una cuestión de fe. Ante todo ello, no me cabe la menor duda, gozo de privilegios que una inmensa parte no tiene al alcance. Me apeno, me pongo triste, luego me recupero al percatarme que mucho trabajo me ha costado estar en paz. Sea como fuere, lo que ocupa mi mente es, en esencia, lo injusto de nuestra actual situación.

Gracias a esos privilegios, los riesgos que me toca afrontar son bastante menores. Por supuesto, sigo las indicaciones para minimizarlos, todas las que puedo. Y aquí lo importante: mi familia y yo disfrutamos de mayores espacios de libertad porque no nos los restringen necesidades elementales sin atender. Pienso entonces que las luchas por la igualdad son piezas clave para que ante la actual pandemia y las siguientes, la exposición social y las repercusiones económicas sean equilibradas.

Es en este contexto donde cobra relevancia decir algo acerca de la reforma al artículo cuarto constitucional que esta semana se aprobó en el Senado. Le llaman la reforma en materia de bienestar. Se añaden a los derechos reconocidos en ese precepto constitucional los de atención integral, gratuita y universal a la salud; apoyo económico a las personas con discapacidad permanente; pensión para personas mayores; y becas para estudiantes. Se prioriza la condición de pobreza, a la par que la pertenencia a comunidades originarias y también a afromexicanas.

Vital, para que estas promesas constitucionales no queden en el aire, se dispone un mecanismo de garantía presupuestal: el monto de los recursos asignados para atender aquellos derechos no podrá ser disminuido en términos reales respecto del que se haya aprobado en el ejercicio fiscal inmediato anterior. Eso condiciona el gasto gubernamental y, una vez más, reta al Poder Judicial federal para que asuma su responsabilidad como garante de derechos. Si el gobierno desacata los mandatos que deriven de esta reforma, los juzgados deben enmendar la violación.

No se trata de dádivas, se trata de derechos; incluso si la retórica oficial no emplea el término correcto. Por eso no me voy a entretener ni desgastar en un debate político sobre si se está rebajando nuestra Constitución a plataforma electorera, pues aunque la lógica clientelar estuviera detrás de la reforma, corresponde a quienes al Derecho nos dedicamos, a quienes defendemos causas de derechos humanos, y sobre todo, en su oportunidad, al Poder Judicial federal, cuidar que dichos derechos se respeten como tales y no rebajarles a normas programáticas.

Así, inmerso en el campo de las expectativas, esos derechos son esperanza para algún día llegar al reconocimiento del derecho a una renta básica universal. Me imagino un México, un mundo, en el que las necesidades básicas se hallen satisfechas. Pudiera ser que el monto de dicha renta no pueda ser muy alto, pero si el resto de necesidades se tienen atendidas a través de derechos humanos, lo poco o mucho que sea, contribuirá a dar tranquilidad a la gente. La suficiente para no tener que salir de casa a jugarse la vida a mitad de una pandemia, por más leve que sea. La suficiente para que la libertad en igualdad se torne una realidad.

Hoy por hoy estamos donde nos encontramos, saldremos de esta pandemia como podamos y ojalá que nos vaya no tan mal. Mi invitación es a reflexionar todo lo que tenemos que cambiar y mejorar para que la próxima no nos encuentre en las mismas circunstancias de desigualdad. Es nuestra responsabilidad –mayor en la medida en la que tenemos mayores espacios de libertad–, exigir y contribuir al cambio verdadero. Ningún gobierno va a salvarnos si no nos comprometemos hoy.

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