Música en cuarentena (primera parte)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Para estos largos días de reclusión por la pandemia planetaria desatada por el Covid-19, esta columna se ha propuesto cooperar asertivamente con lo que a ella le compete; en otras palabras, proporcionar las herramientas mínimas para que la escucha de la música sea más gozosa e, idealmente, mucho más inteligente y plena. Aunque tampoco descartamos que sería una buena idea proponer algún repertorio concreto para que la forzosa cuarentena que nos toca afrontar pueda servir para acrecentar la cultura musical de los interesados. Se nos ocurre, quizá, una suerte de compendio sobre las “40 obras musicales que todo melómano mexicano debe conocer” o las “40 obras maestras de la música mexicana que no deben faltar en ninguna biblioteca musical”.

Téngase presente, como lo refieren los estudiosos de la conducta humana, que reside en la actitud que se asume frente al devenir, particularmente cuando es adverso, el meollo de su provecho, o bien, de su intrascendencia. Al respecto, recordemos dos ejemplos que están en boga: el de Shakespeare quien, viéndose forzado a guardar encierro por la amenaza de una de las terribles pestes negras de su era, optó por ponerse a escribir, en vez, obviamente, de lamentarse, deprimirse o irse, con pánico, de compras, produciendo nada menos que Macbeth y el Rey Lear. Y, por supuesto, el del flautista aficionado que estudiaba ciencias en Cambridge, quien fue regresado a su casa para evitar los estragos de otra plaga apocalíptica, encontrando en ello el tiempo para reflexionar sobre los temas científicos que lo apasionaban. Hablamos, ciertamente, del joven Isaac Newton y, en específico, del surgimiento de sus teorías sobre la óptica y la gravitación universal, y de su invención del cálculo infinitesimal.

Así pues, nos atrevemos a sugerir que, en cuanto a la decisión de cómo “pasar” ese temido tiempo “muerto”, podrían alternarse las horas frente a la televisión, los celulares y las computadoras con más lecturas edificantes y con emprender esos aprendizajes básicos que, a la larga, nos hacen enorgullecernos de nosotros mismos.

Si usted, reverenciado lector, es de aquellos que dicen: “me gusta mucho la música culta, pero no la entiendo”, entonces le pedimos que no aparte sus ojos de estas líneas. Igualmente, si usted no pertenece al improbable grupo de los “sordos musicales” –que sí los hay, siendo definidos como sujetos incapaces de distinguir la diferencia entre la altura de un sonido y otro, algo así como una especie de daltónico para la pintura–, entonces tampoco se aleje de lo que estamos por ofrecerle… En suma, le pedimos encarecidamente que si cree poseer algún complejo de inferioridad en lo que concierne a sus “conocimientos” musicales, que lo deseche de tajo, ya que con buena probabilidad es improcedente. E iría de por medio una promesa, aunque sin juramentar.

A manera de introducción, permítasenos delinear algunos conceptos clave. La música, aparte de ser un arte que vive en el tiempo, es una concepción idealmente tripartita, esto es, que requiere de una substancia sonora esculpida por alguien (el compositor), de un intermediario que la pone en vibración (el sacrificado intérprete), y de un destinatario que la recibe, o la desestima, en toda su magnitud (el imprescindible público que, cada vez más, opta por la indolencia ante lo que escucha). Ahondando, leamos lo que dice William Schuman: “El destino de una obra musical, aunque básicamente esté en manos de su creador y de sus ejecutantes, también depende de la actitud y de la capacidad de sus oyentes. En un sentido estricto, es el oyente quien determina la aceptación o el rechazo de la composición y de los ejecutantes.”

En esa línea debemos lanzar algunas preguntas al aire: ¿Cómo escuchamos la música, en general? ¿Como un ruido de fondo que zumba siempre? ¿Como un remedo de tapiz sonoro que lo cubre todo y que suena indistinto en cualquier situación? ¿Hemos intentado detener nuestro diálogo interno mientras la escuchamos? ¿Nos hemos hecho conscientes de las diversas reacciones emocionales que nos genera una cierta clase de música en relación con otra? ¿La elección de lo que escuchamos es nuestra, o es circunstancial y dependiente de terceros?

Volviendo a su inmanencia en el tiempo, digamos que el acto de hacer o escuchar música es la metáfora de vivir en un presente continuo. Sólo en el “ahora” es cuando sucede, y lo que pertenece al “antes” o al “después” es asunto de la memoria o la imaginación. Con eso en mente, es necesario anotar que para poder sumergirse en sus más bellas profundidades es menester, sin embargo, contar con la capacidad de poder escuchar la música más allá de los instantes en que va surgiendo. ¿Qué queremos decir con esto? Que hay que ser capaces de recordar lo que ya oímos –como el acto de reconocer una tonada con el oído interno– y que es de extrema valía volverse aptos para poder anticipar o predecir lo que vendrá en el instante inmediato.

Esto último, emparentado por obvias razones con la imaginación, es lo que puede desarrollarse gracias a los conocimientos, la experiencia y la intuición sensorial. En síntesis, es aquello de lo que se deriva un placer intelectual comparable, por citar un ejemplo llano, con poder anticiparse deductivamente al final de una película o al de una novela. Si le atinamos, sentimos que ganamos una partida contra nosotros mismos y, lo mejor, contra la inteligencia de sus artífices. Naturalmente, los placeres emocionales son otro cantar, y vienen añadidos sin que tenga que entrar en juego ningún acto volitivo de nuestra parte. Así de generosa es la música.

Haber mencionado a la novela no fue casual, sino que por ahí podemos empezar para buscar las analogías que nos hagan –de manera muy rudimentaria, por supuesto–entrar en materia. Podemos acertar que un sonido es equiparable a un grafema o una sílaba. Cuando agregamos más sonidos –nos referimos a un discurrir horizontal en el tiempo– se crean motivos musicales que son parangonables con las palabras y las frases. Continuando de esa guisa, con el encadenamiento de las frases, va desarrollándose un discurso musical que ha de responder a una estructura previamente elucidada por su creador, similar al proceso artesanal donde se va abriendo el horizonte narrativo decidido por el escritor. Al igual que en el habla y la literatura, en la música existen frases afirmativas e interrogativas y, para beneficio del arte sonoro, en él sí cabe una pluralidad de voces simultáneas –la llamada polifonía musical que trataremos después–, a diferencia del arte de la escritura o la oratoria, donde más de un enunciado a la vez es el principio del caos.

Tocante a las estructuras y las formas musicales, podrían ser comparables con sus análogas de la literatura y la lírica, mas esto es un tema tan vasto que es aconsejable que lo aplacemos un poco. Anticipemos, nada más, que existen formas musicales puras –las de carácter meramente instrumental–, y las que están vinculadas con otras artes, como el ballet, el teatro musical, la ópera, etcétera, etcétera, y que en ellas se ha plasmado, de manera gozosamente reconocible, la historia de la humanidad (aquí estaríamos hablando de los estilos musicales, que son parte inescindible de cada época y de cada cultura, de ahí su infinitud pero también su relevancia testimonial).

Imbricado con lo anterior es donde yace, de manera muy general, el “desconocimiento” que se adscribe a las músicas instrumentales, que no son tan “populares” porque no llevan adherido un texto o letra que las “explique”. Dicho sea de paso, es pertinente hacer una aclaración en lo que toca a la música que denominamos “popular”. Ella tiene un propósito muy claro: entretener a grandes audiencias sin exigirles mucho esfuerzo intelectual. Sentencia que nos obliga a hacer una aclaración ulterior: No se trata de ningún juicio de valor, se trata simplemente de que la mente del escucha no siempre está disponible para esforzase, requiriendo el solaz que puede encontrar en una música concebida de manera más “ligera”.

Vayamos ahora a los elementos constitutivos de la materia sonora bien ordenada. Podemos pensar en cuatro que, a su vez, son susceptibles de combinarse entre sí, de hecho, forman parte, todos juntos, de una red sonora aparentemente inextricable: El ritmo, la melodía, la armonía y el timbre. En términos prácticos, hemos de limitar la explicación a fondo de cada uno de ellos, ya que su conocimiento cabal pertenece a las técnicas más depuradas del arte sonoro. Por tanto, nos contentaremos con una “barnizada” sutil de cada uno por separado. Para entender al ritmo como concepto es oportuno…

Este texto se publicó el 22 de marzo de 2020 en la edición 2264 de la revista Proceso.

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