El encierro

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hay una relación estrecha entre encierro y salvación. Pensemos en los monjes, los artistas y en quienes, adelantándose a cualquier anuncio oficial, han decidido separarse del resto para no contagiarse con el nuevo virus. Los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, por ejemplo, son vistos por Roland Barthes como una técnica para comunicar al ejercitante con Dios, no sólo mediante la fe, sino con ejercicios corporales durante los rezos. Barthes ve en ello una similitud entre los pasos que un escritor da para salir de su silencio –el uso de libretas para notas, estimulantes, otros textos, horarios, supersticiones con las plumas, las computadoras, el sitio para laborar– con lo que Loyola propone para ir construyendo, con itinerarios, dietas y posturas, una inédita comunicación con Dios. La respiración que se le da al Padre Nuestro, por ejemplo, es una de estas técnicas que ahora reconoceríamos en Occidente como de origen budista. Pero no sólo. En la propia estructura de los Ejercicios habita una tradición religiosa de oráculo; es decir, de preguntarle al destino cuál será su voluntad, y de esperar una respuesta. ¿No es eso lo que preguntamos cuando nos encerramos a estar con nosotros mismos? ¿Qué viene en la vida? En términos jesuitas, ¿cómo mi elección libre se une con lo dispuesto por la divinidad o, si uno no es religioso, con la fortuna? 

Los protocolos que permiten esta adivinación duran cuatro semanas –la Iglesia católica trató de hacerlos embonar en tres semanas, por la regla de la Trinidad, sacada vagamente del crecimiento de una planta y, más tarde, de las partes de un silogismo–, en un lugar apartado, aislado, con ciertas opciones de iluminación y con un estricto seguimiento de posturas fìsicas, como arrodillarse, postrarse, acostarse con los brazos en cruz. Pero, como advierte Barthes, lo principal es el manejo del tiempo del aislado: al dormirse, debe pensar en que ya se ha despertado. Esa anticipación permite llenar y reencaminar cualquier pensamiento que no sea estrictamente espiritual. Lo inevitable, como comer, dormir, notar el cambio de temperatura y luz, debe conectarse con las imágenes de Jesús haciendo eso mismo. Todo parece encaminado a crear ese vacío de silencio que existe antes de una comunicación fluida. Es, como advierte también Barthes, lo mismo que hacemos los novelistas antes de escribir: nada de lo que veamos, leamos, evoquemos, sintamos, visitemos, es ajeno al texto que está por desenvolverse. Hacer una novela es precisamente crear un espacio de signos que concentra toda experiencia sensorial o mental en un texto con tramas, personajes, desenlaces, pero también con capítulos y secuencias narrativas que lo unan o dispersen; y el tiempo de quien lo escribe es sólo el tiempo de la novela misma. Quien está escribiendo una novela está, en todo momento, como el ejercitante de Loyola, escribiendo esa novela. 

Aquí es importante diferenciar entre la “visión” y la mirada. En el encierro artístico, los poetas hablan de sus experiencias visionarias, del éxtasis que sobreviene a la meditación de imágenes o puramente lingüística. Loyola no es Santa Teresa de Ávila. Tiene un método de comunicación hecho de unidades diferenciables, corporales, temporales, y sensoriales que “componen un paisaje”. Tengo la impresión de que el jesuita, de existir en su época, se hubiera dedicado al cine. Tiene una perpsectiva, no una visión. Pero existe una relación profunda entre el artista que se concentra, aislado, separado del resto, para dominar su instrumento, el material con el que trabaja, las miradas posibles de su construcción, y ese otro encerrado que usa la meditación de la palabra “Padre” o “Dios” durante una hora para obtener respuestas sobre el futuro. Hay, lo que llama Peter Sloterdijk –un consentido de esta columna–, “la producción del propio productor”. De la ascésis religiosa al virtuosismo artístico no hay más que un cambio en el modelo a seguir, pero las disciplinas, normas, horarios, ejercicios, rutinas, llenan ambos espacios. Ambos lidian con la repetición como fórmula para mejorar al ejercitante, de tal forma, que se automodelan en una especie de “segunda naturaleza”, de donde brota el virtuosismo. Piénsese por igual en un pianista, que en un mago; en una bailarina de ballet, o una gimnasta. 

No me olvido de la influencia que las epidemias tuvieron en esta producción de sí mismos. Escribe Sloterdijk: “Los siglos que siguieron a la peste negra en Europa corresponden con un tipo distinto de economía sin parangón con nada anterior, donde los nuevos métodos de ejecución (máquinas, instrumentos técnicos, medios para financiarlos) suscitan nuevas relaciones entre los ejecutantes, ocupando el primer lugar la aparición de escuelas, y más escuelas, nuevos talleres (…) Se trata nada menos que de la inmunización definitiva de su propia vida frente a las continuas laceraciones y disipaciones omnipresentes que cabría esperar”. 

Ya sin Dios, el ejercicio en solitario lleva a la construcción de una personalidad única, a un sujeto para ser admirado. Sin obtener la respuesta divina sobre el destino y la fortuna, lo que queda es un nuevo tipo de autoproducción que necesariamente requiere de la aclamación de los demás. Es cuando la cultura pasó de lo milagroso a lo admirable, el logro escenificable de lo imposible. El ejemplo es Francesco Petrarca, el poeta del amor hacia una Laura de Noves inexistente que tuvo que dejar su reclusión en Fontaine de Vaucluse para ser homenajeado casi contra su voluntad, el 6 de abril de 1341, en el Capitolio romano. Como todos los reclusos por voluntad, Petrarca es descrito como un “colérico”. De ello ya hablaban los monjes, que veían cómo el enojo y el aburrimiento hacían presa de los encerrados en los monasterios (de hecho, Salud Mental del gobierno mexicano ya nos ha advertido sobre ese enojo que sentirán quienes atiendan la reclusión como salvación) y de muchos de los artistas que tienen que dar una actuación pública de sus logros solitarios. 

Como sea, el encierro inaugura el hombre moderno, aquel, como escribe Sloterdijk, “que debe ser un director artístico condenado desde siempre a ejercitar una relación consigo mismo, ante la tarea de traducir en el escenario el guion de la propia existencia y de observar, al hacerlo, cómo otros lo están observando a él”. El sujeto que debe autoproducirse para mejorarse con respecto a su propio modelo, he ahí la razón de una modernidad que todavía vivimos como rutinas de repetición, de ascésis laica, de privaciones esforzadas para lograr ser uno para uno mismo y, sin duda, para los demás. 

Con esto en mente, me pregunto qué traerá el encierro en días de coronavirus. No se trata, como en la reclusión de Loyola o de Petrarca, de un acto de autoafirmación sino de uno que es simplemente de supervivencia. No son iguales. Seguir con vida puede significar simplemente mantenerse capaz de abrir los ojos cada mañana, como un prisionero en un campo de concentración. Autoafirmarse, a veces, podría ser vivir sin posibilidades de sobrevivir. Usando el mismo ejemplo, sería la dignidad de tratar de escapar al campo de reclusión, a pesar de que, en el intento, nos asesinen. En el caso del coronavirus se trata de sobrevivir a secas, pero la autoafirmación llega en dos momentos que le devuelven a los encerrados su dignidad: sentir que lo están haciendo para salvar a otros y, por supuesto, los cantos que los italianos se brindaron unos a otros desde los balcones de su reclusión. Ahí, el ser humano autoproducido vuelve a aparecer, más allá de las restricciones del Estado de excepción. 

También sucede algo más: en los canales de Venecia, ya sin humanos, los delfines han regresado para nadarlos. En otras partes, los pingüinos han patinado en lagos ya sin embarcaciones ni pescadores. La naturaleza vuelve sin la presencia humana. Y, eso, por supuesto, nos pone delante de nuestro papel incidental en este mundo. Es muy claro: en tiempos de pandemia, las hormigas siguen caminando en fila sobre los restos del Coliseo.  

Este texto se publicó el 22 de marzo de 2020 en la edición 2264 de la revista Proceso

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