El impacto del coronavirus sobre la política internacional

La crisis puede reforzar la oposición a Xi Jinping dentro del Partido Comunista Chino. Foto: AP La crisis puede reforzar la oposición a Xi Jinping dentro del Partido Comunista Chino. Foto: AP

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Esto lo cambiará todo. Es un sentimiento comprensible. Cuando la gente pasa por una experiencia dura, quiere creer que cuando todo termine habrá alguna compensación. Las cosas pueden cambiar, pero tal vez no tan radicalmente como parece probable hoy en día en medio de la crisis, y no todos los cambios serán para mejor. ¿Qué cambio podría traer la crisis del coronavirus a la política internacional?

Más que nada, se trata de una prueba de legitimidad para cada gobierno, aunque no necesariamente para el sistema político como tal. ¿Nuestro gobierno se preocupa por nuestra salud, y es capaz de protegernos? En las democracias, los gobiernos que no actúen a tiempo y con decisión, muy probablemente perderán las próximas elecciones. Podrían haberlas perdido de todos modos, por supuesto, incluso sin que se produzca una pandemia. Sin embargo, poca gente, si es que alguien lo hace, cuestionará el sistema democrático como tal. (Aunque hay que estar atento y asegurarse de que las medidas extraordinarias que ahora se toman legítimamente no sean abusivas ni se prolonguen indebidamente).

Pero incluso los sistemas autoritarios tienen más probabilidades de perdurar. La desastrosa reacción tardía de China causó mucho malestar entre sus ciudadanos. Este flagrante desprecio por la vida de las personas trajo inevitablemente malos recuerdos de los peores excesos del gobierno de Mao. La crisis puede reforzar la oposición a Xi Jinping dentro del Partido Comunista Chino, lo que podría tener consecuencias para la sucesión: no todo el mundo se alegró cuando Xi se hizo líder de por vida (y su campaña anticorrupción creó también muchos enemigos). A mediados de marzo empezó a circular en China una carta abierta anónima en la que se pedía una sesión especial del Partido que evaluara críticamente la forma en que se había abordado la crisis y, por tanto, el liderazgo de Xi.

Quién sabe: tal vez Xi se vea obligado a renunciar en 2023 de todos modos, después de dos mandatos regulares. Uno podría entonces esperar que su sucesor invierta la tendencia hacia una mayor represión y que tome un curso internacional más cooperativo. O Xi permanecerá en el poder y vendrá aún más duro contra cualquier disidencia. Pase lo que pase, el dominio del PCCh parece firmemente arraigado.

Instrumentalizando el virus

Sin embargo, es evidente que el régimen de Beijing está nervioso, de ahí la masiva campaña de soft power(poder blando) para proporcionar asistencia a Italia y otros países. Esto está dirigido a la audiencia nacional de China en primer lugar. ¿Qué mejor prueba de que China está en la cima de las circunstancias que las imágenes de europeos agradecidos, demostrando que incluso Europa necesita la ayuda de China? Por supuesto, la ayuda se recibe con gratitud, independientemente de la agenda política que se haya establecido, pero es improbable que los propios europeos olviden que sin el intento inicial de China de ocultar el brote, el mundo podría haber limitado su propagación. Por lo tanto, al menos dentro de la Unión Europea (UE), la encantadora ofensiva de Beijing no cambiará realmente la imagen de China como una potencia cuyas afirmaciones siempre hay que tomarlas con una pizca de sal. Esto incluye el número de personas infectadas y fallecidas en China; incluso el primer ministro Li Keqiang ha pedido a los funcionarios que no encubran los nuevos casos, ya que China está terminando con sus medidas de bloqueo.

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Sin embargo, en África, la llegada temprana de la ayuda china puede mejorar enormemente su reputación. La ausencia de Estados Unidos es aún más sorprendente. Al no tomar la crisis en serio, Donald Trump perdió la oportunidad de que Estados Unidos desempeñara algún papel en la solidaridad y la coordinación internacionales. Incluso puede costarle su reelección (en cuyo caso también en Washington se puede esperar una política exterior más constructiva).

Las grandes potencias en su rivalidad lo instrumentalizan todo, por lo que era de esperar que también instrumentalizaran el coronavirus. Aunque quizás no qué tan lejos lo llevarían: la sugerencia del portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China de que el ejército de Estados Unidos tiene la culpa de alguna manera (del coronavirus) es absurda e indigna de China, y el embajador chino en Estados Unidos ya lo ha dicho.

Lo mismo ocurre con campañas de desinformación rusas similares (culpando alternativamente a Estados Unidos, Europa y China), y con Trump pretendiendo que todo era un engaño demócrata. La insistencia inicial de Trump en identificar al covid-19 como un virus chino tampoco fue útil. Los virus no tienen nacionalidad; los gobiernos sí.

El equilibrio de poder

De esos gobiernos dependerá que la crisis del coronavirus cambie el equilibrio entre las grandes potencias. Esto es un asunto relativo: el virus afecta a todo el mundo, pero ¿tendrá más impacto en unos que en otros? Los que dan más importancia a su imagen de omnipotencia que a los hechos, ponen a su país en peligro. Cuanto más tarde se actúe, más gente morirá, mayores serán los trastornos económicos y sociales y más lenta la recuperación.

Vladimir Putin, en lugar de tomar medidas tempranas, envió ayuda a Italia (en aviones militares marcados “desde Rusia con amor”; uno asume que las fuerzas rusas en Siria y Ucrania utilizan otros marcados). Como resultado, Rusia puede ser golpeada duramente, y sólo tiene medios limitados para gastar en la recuperación (y los bajos precios de los energéticos los limitarán aún más). No obstante, es difícil imaginar un cambio de sistema político en Rusia. En cualquier caso, Rusia ya es la más débil de las grandes potencias, por lo que, si se queda más rezagada, el impacto en el equilibrio de poder será limitado. En un giro positivo, una Rusia debilitada podría tratar de normalizar sus relaciones con la UE, a fin de evitar tener que someterse realmente a China. Si la UE gestiona su propia recuperación de manera eficaz, podría aprovecharla para estimular ese movimiento y comprometer a Rusia desde una posición de fuerza. Pero este escenario es probablemente demasiado optimista.

China está haciendo todo lo posible para demostrar que ha superado la crisis. A corto plazo, incluso si es la primera en reanudar gradualmente los negocios como de costumbre, una China muy afectada no puede beneficiarse mucho de eso si las economías europea y estadunidense se paralizan. Esto no será sólo una repetición de la crisis financiera de 2008, cuando China pudo aprovechar la falta de inversión de fuentes de Estados Unidos y la UE. La cuestión es si a medio plazo las tres potencias se recuperan más o menos en la misma medida y al mismo ritmo. Estados Unidos, donde Trump despertó tardíamente ante la gravedad de la amenaza, corren obviamente un gran riesgo. Afortunadamente, Estados Unidos puede movilizar medios masivos para la recuperación.

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También la UE; ahora, de hecho, la UE debe demostrar que puede hacerlo mejor que después de la crisis financiera de 2008 y proteger los medios de vida de sus ciudadanos en lugar de sólo los bancos. Tras el voto británico de 2016 al Brexit, los líderes de todos los colores descubrieron finalmente la necesidad de una Europa social, y luego volvieron a olvidarse de ella. La UE no puede permitirse cometer este error dos veces: las políticas keynesianas fuertes deben crear una Unión económicamente vibrante y socialmente justa. (Cómo le irá al Reino Unido, ahora solo y con un primer ministro que desafortunadamente parece haber seguido el ejemplo de Trump, es otra cuestión).

Si una potencia se queda atrás de las otras dos, perderá los mercados mundiales y la influencia en beneficio de los demás. Pero, paradójicamente, si uno se derrumba realmente, se corre el riesgo de derribar también a los otros, por lo que en cierta medida los tres tienen interés en una recuperación mínima de los otros (aunque no todos sus dirigentes lo vean así).

Al mismo tiempo, la crisis del coronavirus acelerará la acción de Estados Unidos e incluso de la UE, que ya estaban contemplando, para reducir la interdependencia con China (y otros) mediante la revisión de las cadenas de suministro en sectores críticos. Los intentos de China de utilizar la crisis para aumentar su presencia en Europa y América (siempre y cuando Beijing pueda movilizar los medios en vista de sus indudables problemas internos no declarados) serán vistos con mucha más sospecha esta vez. Sin embargo, se trata de reorganizar la globalización, no de deshacerla: en la base, se mantendrá la profunda interdependencia económica.

Conclusión: crear un cambio positivo

En general, el equilibrio de poder puede no cambiar tanto, y es probable que las relaciones entre los poderes se vuelvan más cordiales (a menos que se produzca un cambio de liderazgo en Washington y Beijing). Si los europeos quieren que la crisis sanitaria conduzca a un cambio para mejor, tendrán que crear activamente ese cambio por sí mismos. En otras palabras, la UE tendrá que instrumentalizar positivamente la crisis. Esta podría ser una oportunidad para tratar de fortalecer la gobernanza mundial en áreas como la salud, y organizar la interdependencia de la UE con China y otros países sobre una base más racional.

El frente interno es el más importante: tanto las instituciones de la UE como los Estados miembros deben abandonar el fetiche del presupuesto equilibrado y centrarse en la inversión productiva y la justicia social. La integración europea debe volver a sus raíces. Los fundadores de la Comunidad Económica Europea fueron también los fundadores del estado de bienestar: sólo los dos juntos, sabían, podían garantizar la paz y la estabilidad. Si el coronavirus puede ayudar a Europa a redescubrir esta verdad que demasiados han olvidado, la crisis no habrá sido en vano (Traducción libre: Marco Appel).

*El profesor Dr. Sven Biscop es miembro honorario del Colegio Europeo de Seguridad y Defensa (ESDC) de la UE, dirige el Programa Europa en el Mundo en el Instituto Real de Relaciones Internacionales de Bélgica-Egmont y da conferencias en la Universidad de Gante. Su último libro es European Strategy in the 21st Century (Routledge, 2019).

 Este texto fue publicado el 30 de marzo en el número 126 de la serie Security Policy Brief del Instituto Real de Relaciones Internacionales de Bélgica-Egmont con el título Coronavirus and power: the Impact on international politics.

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