Covid 19: el colapso de las apariencias                        

La Ciudad de México en tiempos de la pandemia del Covid-19. Foto: Germán Canseco La Ciudad de México en tiempos de la pandemia del Covid-19. Foto: Germán Canseco

CIUDAD DE MÉXICO (apro). Tiempo del colapso de las apariencias, de angustia, llanto, luto, derrota, pero también de avizorar otro tiempo. Hora del rescate de la reflexión filosófica que taladra. Y sobre todo, de la abnegación que redime. “El mundo es un abismo del yo, el fondo en el cual es absorbido el yo que se ha quedado sin el tú”. Sobre todo el Tú de Dios. Sin ese Tú que da sentido pleno a la persona, ésta es estéril para el fruto de solidaridad. El individualismo al que conduce ese abismo, incapacita al sujeto para una apertura hacia el prójimo, desinteresada, generosa. Ese individualismo arroja al ser a una aterradora e impalbable soledad. Soledad infecunda que hoy se hace visible en muchos casos.

Mas hay otra soledad, la fecunda que vence a la soledad en la soledad que hace del silencio, oración confiada. Soledad fructífera y cantarina esa del orbe amistoso que supera abismos, llora y extraña y salva a los viejos queridos, y a los demás todos en barca común que amenaza naufragio. Barca común que implora UNIDAD para no zozobrar.

Me desconciertan algunas de las palabras escritas hace poco, por un prestigiado columnista de Proceso, aludiendo a los ejercicios de San Ignacio cuyo fruto es una respuesta trascendental a nuestras vidas, y contrastando dichos ejercicios con sus tesis:

“Ya sin Dios, el ejercicio en solitario lleva a la construcción de una personalidad única, a un sujeto para ser admirado……. Sin obtener la respuesta divina sobre el destino y la fortuna, lo que queda es un nuevo tipo de autoproducción que necesariamente requiere de la aclamación de los demás. ….. El sujeto que debe autoproducirse para mejorarse con respecto a su propio modelo……. En el caso del coronavirus se trata de sobrevivir a secas, pero la autoafirmación llega en dos momentos que le devuelven a los encerrados su dignidad: sentir que lo están haciendo para salvar a otros… Sucede algo más: en los canales de Venecia, ya sin humanos, los delfines han regresado para nadarlos. La naturaleza vuelve sin la presencia humana. Y, eso, por supuesto, nos pone delante de nuestro papel incidental en este mundo…”

Eso de “ya sin Dios” es cosa del columnista. Su existencia no depende de su deseo o voluntad. Eso de la autoproducción necesitada de halago, equivale a un feroz individualismo, a un ensimismamiento egoísta que imposibilita el diálogo con el tú que salva; por ello, resulta contradictorio en buena filosofía, decir -partiendo de tal ensimismamiento vanidoso- que la autoafirmación llega cuando el encierro es para salvar a los demás: salto mortal que no encuentra asidero alguno. Tal individualismo es prisión de un falso, aparente, empírico y divinizado yo que pretende que todos le sirvan. Yo inepto para servir. De esa prisión individualista extrema es imposible escapar hacia la solidaridad, hacia la unidad y amistad abnegadas, “animadoras” de la sociedad política.

Dicho individualismo imposibilita la comunión fraterna. Y sin ésta, el sujeto solitario deja de “permanecer humano” como dice el contemplativo Thomas Merton. El héroe lo es porque no exige alabanza a su propia virtud, porque admira las virtudes de los demás. Por otro lado, es lamentable que el columnista haya creído la patraña de los delfines saltando en los canales de Venecia. Noticia esa falsa, desmentida de inmediato por los medios serios. Con afecto digo, seriedad señor Mejía en estos momentos en que lo jocoso no ha lugar como tampoco lo frívolo escrito sobre la pandemia por Savater. Éste, popular erudito atacado ahora de sarampión de analfabetas.

Finalmente, aquello de que nuestro papel en el mundo es incidental, lo será para el articulista y su mundo supuestamente ya sin Dios; mundo ese que es abismo donde los seres adoran la autoproducción de fuerte tufo neomercantilista. Ensimismamiento autoproductivo y soberbio que condujo a la brutal desigualdad que hoy hace estragos junto a racismo, discriminación, violencia. Para el cristiano, para el católico, su papel en el mundo es trascendental pues en él se juega el destino. Y ningún destino humano es mero incidente, es sagrado, único, digno del misterio insondable de la Encarnación.

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Ubiquemos ahora en su verdadero lugar, el sentido de las cosas en este tiempo de dolor universal, a la luz de una filosofía humanista, católica, es decir, universal, tan encomiada por el converso Chesterton en Ortodoxia.  El sufrimiento manifiesta un atributo de Dios de modo misterioso como pensó un sabio hace siglos.

El sufrimiento mide la grandeza y el temple del ser humano, se ha dicho bien, incluso por iconoclastas. ¡Qué inconstante es la fortuna, mirando las cosas superficialmente! Pero si se cala hondo, el sufrimiento es tan esencial a la naturaleza humana que permite a Pablo de Tarso decir que solamente se regocija cuando participa de la Cruz del Señor.

La cruz de estos días que pesa sobre los hombros de millones en el mundo agobiado, está completando la agonía de Cristo que ha querido, por su amor infinito, dejar abierta la redención -en sí ya perfecta- para que tú y todos en su momento, participemos en ella. Habla San Pablo sobre “el valor salvífico” del sufrimiento: “Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”. Iglesia santa con hijos pecadores.

Estar supliendo lo que hace falta: qué privilegio de almas grandes como la de médicos y enfermeras exponiendo la vida, la del sacerdote italiano que entregó su ventilador a un joven para salvarle la vida, muriendo el primero. Eso explica lo incomprensible del sufrimiento para la razón humana. Eso le da sentido a lo que parece absurdo a nuestros ojos. Un humanismo, una ética sin fondo religioso es quimera, vana ilusión, ha dicho el mismo Nietzsche.

El rostro dolorido de tantos enfermos del virus apocalíptico, no es un “espectáculo doloroso”, es la voz callada que se “sustrae al lenguaje”. Es lamento del alma que se expresa sin palabras. Y esa voz “nos dice como un Sinaí”: ayúdame a perseverar en el ser, en el canto continuo a la vida, conforme a designios de Quien “es más íntimo que mi más honda interioridad”. Esa voz silenciosa que sale del rostro nos llega, nos interpela y hace responsables, “capaces de responder por ese tú”, al decir de E. Lévinas. El yo falso, aparente, que se ha quedado sin el tú, no es capaz de responder por el otro.

Y el que ha acogido esa voz muda que clama desde el Sinaí, sí puede responder por el otro, el amigo, el enfermo, el desconocido en desgracia, el migrante pobre, el vecino. De responder por las víctimas de la historia, que sufren y resisten, de las que habla Horkheimer. Como respondió el padre Maximiliano Kolbe en Auschwits. Y quien responde así, rompe el ensimismamiento individualista de un yo “obstinadamente cerrado”, autoproductivo, ebrio de adulación, incapaz por segunda naturaleza, de salir al encuentro venturoso.

“La fe en sí mismo es una cualidad vacía -vanidad- sin la fe en el tú”, dijo Ebner. Solamente a partir del solidarismo, del humanismo integral, se barrunta la autoafirmación del yo. Del yo que responde por el tú del justo y del injusto hasta llegar a la sustitución heroica. Es cuando la soledad-aún la del desierto- resulta fecunda y victoriosa porque está en comunión, en amistad, en abnegación que salva persona, ciudad y orbe.

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Para terminar, en el contexto de lo antes dicho, reproduzco palabras reveladoras de joven y brillante filósofa, Federica María González. Aparecen en la página digital, forum-nepantla.org., bajo el título, Si la pobreza fuera como el coronavirus. “En el diálogo platónico Gorgias, Sócrates preconizó lo que sucede ahora, a saber: la impotencia de los tiranos. En dicho diálogo, Sócrates defiende a ultranza la idea que el poder del que gozan los tiranos es pura apariencia. Sus contrincantes, Polos y Calicles, cada uno a su modo, afirman que es imposible que un tirano no sea poderoso, pues, según ellos, es el poder donde reside precisamente el hecho de que sean tiranos.

La impotencia del poder es justo lo que sale a la luz en esta hora aciaga: la impotencia de los gobiernos ante un virus, cuyo poder contagioso es capaz de desmantelar todas las instituciones, y más claramente, las instituciones médicas. El virus ha hecho visible lo que se quería mantener oculto, la incapacidad de otorgar el derecho a la vida y a la salud a todos, sin importar, edad, ni nacionalidad, ni estado, ni religión, etc. Esto no es una novedad: la novedad es que ahora resulta un problema para todos, cuando antes era el problema exclusivo de los marginados. Cuando el problema concierne a las instituciones mismas, entonces es un problema, si no, es un lastre desechable, marginable, invisible.

La pobreza, la migración, la violencia se pueden mover, son “males móviles”, y no “bienes inmuebles”. Son males que se pueden ocultar bajo los tapetes como cuando se limpia la casa con flojera y se deja el polvo debajo del sillón, detrás de la cama, entre las rejillas de las persianas. El polvo del pobre, el sonido de revólveres de los maras y los cárteles se puede invisiblizar, se puede, pues, vivir con y sin ello. Vivir con ello, pero de lejos, detrás de los muebles, como las arañas que se esconden en las esquinas de los techos empolvados. Vivir sin ello, como si no existiera porque no “me compete”, porque a mí no me contagia”.

Imaginemos por un momento un mundo hipotético, donde estos “males móviles” se transformaran en “bienes inmuebles”, y fueran equivalentes al virus que ataca, implacable, a todo descuidado e incluso a todo precavido. Imaginemos que la pobreza se contagiara por los ojos, la migración por el tacto, ser víctima del narcotráfico por el oído. Entonces tendríamos que estar anestesiados constantemente para no sufrir de estos virus. Entonces se harían visibles todos los pobres, y todos los migrantes y todas las víctimas, serían un peligro. Solo en cuanto algo es un peligro para el poder entonces se convierte en problema de carácter global.

Si la pobreza fuera como el coronavirus, entonces valdría la pena hacerle la Guerra. Algunos gobiernos se decidirían por una solución definitiva y salvarían a todos los mendigos, a otros, los pondrían en cuarentena, mientras que otros, verían en los pobres, paradójicamente, una mina de oro. Tal vez algún listillo se fijará que ellos, los marginados, son síntomas de un virus más grave. Pero seguramente, como a Sócrates, le solicitarían que abandonara la caverna global y se tomara una buena dosis de cicuta.

Si la migración fuera contagiosa, entonces no bastarían los refugios del mundo, ni los mares ni los caminos serían suficientes para portar a todos los peregrinos. Se rajarían las avenidas, se secaría el Mediterráneo entre tanta canoa y las fronteras mismas se suicidarían.

Si ser víctima de violencia, de narcotráfico, de maras, de ejércitos invasores, fuera contagioso, se vaciarían los cuarteles y las bases militares se convertirían en hospitales. Tal vez uno que otro soldado o mercenario se suicidaría antes de dar el tiro de gracia a un niño, a una mujer, con tal de no contagiarse de ser víctima. Parece que la lección del coronavirus, es que el poder es impotente ante el contagio. Cuando se descubren las fronteras de las “inmunidades”, el poder deviene impotente. Tal vez, remotamente, nunca estuvo a salvo”.

¡Que ciertas resultan hoy las palabras de Sócrates! Impotencia, pequeñez, ceguera mental, irresponsabilidad, mezquindad, burda huida de las trincheras cuando más se requiere de grandeza, valor, entrega, liderazgo, generosidad, inteligencia, tolerancia para lograr la unión de todos sin distingos ideológicos para ganar la guerra contra esta adversidad viral y económica cuasi apocalíptica.

Se avizora en lontananza una nueva época civilizatoria: el colapso del impotente poder tiránico, la ruina de las apariencias, y por un tiempo, la vuelta victoriosa del SER. Ser que tanto entusiasmó a Tomás de Aquino en la mesa sacudida por el manotazo del gigante genial y presidida en día memorable por Luis IX de Francia.

Dedico este artículo a Don Jorge Carrasco, director general de la revista Proceso, con viva simpatía y cordialidad, agradeciéndole me haya motivado a escribir sobre lo que ocurre y deseándole éxito en su alta tarea de periodismo crítico como legado indeclinable de Don Julio Scherer García.

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