Tokio: La felicidad se llenó de sombra

La masacre de Munich de 1972. Foto: Horst Ossinger La masacre de Munich de 1972. Foto: Horst Ossinger

La historia registra que las desgracias naturales y los conflictos bélicos no son ajenos a los Juegos Olímpicos. En este 2020 la pandemia por el coronavirus aplazó la justa veraniega para 2021. Cálculos preliminares esbozan la magnitud del impacto. Japón ha invertido más de 10 mil millones de dólares en la celebración de sus segundos juegos, pero la suspensión irremediablemente impactará en su economía.

El príncipe Tsunenori Takeda de Japón, a la izquierda, quien fué presidente de los Juegos Olímpicos de 1964 en Tokio, y M. Gurnet, director de la PAA. Foto AP
El príncipe Tsunenori Takeda de Japón, a la izquierda, quien fué presidente de los Juegos Olímpicos de 1964 en Tokio, y M. Gurnet, director de la PAA. Foto AP

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Kitasato Shibasaburo estaba a punto de cumplir nueve años cuando en París nació Pierre de Coubertin, el futuro fundador del olimpismo moderno y quien, como Voltaire, se fascinaría con los adelantos industriales y académicos de Inglaterra, en cuyas universidades el deporte era primordial en los programas de estudios.

Epidemiólogo de gran renombre, alumno de Robert Koch, Kitasato fue encargado de detectar la causa de la epidemia de la peste negra que asolaba Hong Kong en 1894, el mismo año en el que Coubertin, en la capital de Francia, fundaba el Comité Olímpico Internacional.

Treinta años después nacería en Tokio el padre del actual primer ministro de Japón. Shintaro Abe recibió la llegada de Shinzo Abe en 1954, 10 años antes de la celebración de los primeros Juegos Olímpicos de Asia: Tokio 1964.

Kitasato no participó sólo en las pesquisas de la enfermedad. Lo acompañó un alumno de Louis Pasteur, Alexandre Yersin, quien daría nombre científico al gran mal (1970): Yersina Pestis. Mientras Coubertin pasaba sus cursos de bachillerato, Yersin estudiaba en París los microbios que azotaban a la humanidad.

 

Inversión económica

El coronavirus, que ha causado la primera postergación de las magnas justas en tiempos de paz, es un digno heredero de la peste, de la viruela y de la gripe española, previa a Amberes 1920.

Todo comienza, como ahora, en China. Cuenta Patrick Deville en Peste y Cólera, la epidemia se extiende hacia Tonkin y llega a Hong Kong en mayo. El terror a su guadaña se levanta sobre el horizonte y en seguida llega la hecatombe, el pánico entre los ingleses de Kowloon, entre los franceses de Haiphong y en todos los puertos que mantienen relaciones comerciales con China. No mucho han cambiado las cosas. Es más, se han agudizado con la globalidad.

Deville escribe: “El terror es proporcional a la aceleración de los medios de transporte. La peste estaba esperando por el vapor, la electricidad, los ferrocarriles y los grandes navíos de casco de hierro… No hay terapia”. Palabras de uso común en el presente.

Hoy los aeropuertos se han convertido en los grandes propagadores de un bicho que ha puesto en jaque a la especie humana y ha alterado el programa olímpico que debía cumplirse, como hace 100 años, en el año 20.

España e Italia rebasan hoy la cantidad de defunciones por coronavirus de China, en donde todo parece iniciarse. Amberes albergó las grandes competencias después de la Gran Guerra, los juegos de 1916 fueron cancelados porque Europa experimentó el primer gran conflicto armado del siglo XX.

Las armas químicas se estrenaron y la cantidad de muertos se contó en decenas de millones. Originalmente, la ciudad elegida para recibir la fiesta olímpica del 16 fue Berlín. Pero Amberes fue reconocida por el valor de sus ciudadanos durante la barbarie. Alemania, Austria y Hungría fueron desacreditadas para competir en las pistas y en los campos.

Kitasato y Yersin batallan al final del siglo XIX y comienzos del XX por encontrar las pistas de una epidemia que pone en aprietos al lejano oriente. Gana Yersin. Kitasato se vuelve a la academia; ofendido y resentido. El japonés, egresado de la Universidad de Keio, se encargará de promover sus conocimientos científicos en todo el país y en el extranjero. Con dolor, lee las palabras de su compañero y rival suizo: “Considero que el objetivo de mi misión en Hong Kong está conseguido, dado que he podido aislar el microbio de la peste, hacer los primeros estudios sobre sus propiedades fisiológicas y enviar a París un manual de trabajo suficiente”.

Pierre de Coubertin.
Pierre de Coubertin.

Dos años después del renacimiento del olimpismo moderno, Pierre de Coubertin celebra el inicio de los juegos modernos, 1896. Atenas, con la ayuda del gobierno griego y de otros países occidentales, es la encargada de encender el fuego olímpico por primera vez desde el siglo IV de la era moderna. Los dioses, a los cuales escucharon los románticos alemanes y franceses, vuelven a Olimpia. París, San Luis Misuri, Londres y Estocolmo suceden sin altercados. Cagigal llama al siglo XX el siglo del deporte.

La travesura pedagógica de Coubertin dará vida a la superlativa festividad del mundo: a la primera cita asisten 245 atletas de 14 países; a las últimas ediciones más de 10 mil deportistas de más de 200 naciones. Después de los juegos de Los Ángeles 1984, la reunión se convierte en un espectáculo de gran alcance gracias a la venta de derechos de televisión y el soporte de patrocinadores permanentes y ocasionales (locales, para el Comité Organizador).

Pero en esta ocasión la inversión económica puede jugar en contra. Los datos conservadores indican que Japón ha invertido más de 10 mil millones de dólares en la celebración de sus segundos Juegos Olímpicos. Otros, más arriesgados, duplican la inversión. Los expertos japoneses presentían que el PIB del país crecería más de 15 mil millones de dólares. Pero eso no sucederá.

La calificadora Fitch calcula que la economía japonesa presentará un retroceso de 1.6%. Se han cancelado los viajes, la oferta hotelera –en la que estaba depositada una esperanza de recuperación– ha caído más de 58% y el costo lo han tenido que cubrir el gobierno de Tokio y el de Japón. Hay que recordar que las sedes olímpicas se otorgan a las ciudades y no a los países, como sucede con las fases finales de las Copas del Mundo de futbol.

Hace un siglo, en los juegos de Amberes, Japón ganó sus dos primeras preseas olímpicas. Ichiya Kumagae tenía cuatro años cuando Kinasato y Yersin combatían a la Peste Negra en Hong Kong y Coubertin daba vida al COI. Egresado también de la Universidad de Keio, a los 30 años se inscribió en el torneo de tenis en las pruebas de singles y de dobles.

Japón, que después sobresaldría en el judo, en la gimnasia y en el atletismo, no era entonces un referente en la raqueta. Ichy, como se le conocía familiarmente en su país, ganó platas en las dos disciplinas. En 1928 Mikio Oda, en el salto triple, y Yoshiyuki Tsuruta, en los 200 metros pecho, ganarían los primeros oros para su nación.

Kinasato murió en 1931, en Tokio; Yersin, en plena Segunda Guerra Mundial, en 1943, y Coubertin en 1937, después de ver al nazismo convertir los juegos en propaganda supremacista que haría de la carnicería un deporte de rutina.

En el verano de 1932, en Los Ángeles, Liu Changchum se conviritió en el primer atleta chino en competir en las Magnas Justas. Se alistó en los hits de los 100 y los 200 metros planos, en los que terminó en el último lugar. Entonces representaba a una población de 400 millones de personas. China se inscribiría formalmente en el programa olímpico en 1984, otra vez en Los Ángeles, los juegos del boicot soviético y los antepenúltimos de la Guerra Fría, en la que el socialismo de Estado ganó en el medallero olímpico.

La delegación china terminaría en el cuarto lugar, con 15 medallas de oro. En 2008, en Beijing, sería la dueña de la cima del tablero.

 

Super Mario

Dice Roberto Calasso que Olimpia era la imagen de la felicidad para el mundo griego. La sombra y la meta. El 5 de septiembre 1972, 40 años después del debut chino, la felicidad se llenó de sombra.

La masacre de Munich de 1972.  Foto: Horst Ossinger
La masacre de Munich de 1972. Foto: Horst Ossinger

Septiembre Negro (ocho palestinos) interrumpió la paz de la Villa Olímpica de Múnich. Ingresó a los cuartos de la delegación israelí. Mató a dos atletas y tomó a otros nueve como rehenes. Después, en el aeropuerto militar, fue abatido el resto de los deportistas; cinco de los palestinos fueron asesinados y murió un policía. Los juegos, por primera vez, fueron suspendidos durante 36 horas de luto. Se produjo lo que Claudio Magris llama el desmoronamiento de la utopía entre individuo y sociedad. Los Olímpicos pierden la gracia que enamoró al mundo clásico. Desde Múnich los comités organizadores deberían invertir millones de dólares en seguridad y protección de atletas y asistentes.

La peste, la sequía y las desgracias naturales están ligadas a los Juegos Olímpicos desde su nacimiento. Ifito, su restaurador, fue a Delfos a preguntar cómo el Peloponeso podía escapar de una epidemia desoladora.

Conrado Durantez cuenta que en las Olimpiadas Griegas La Pitia respondió: “Defended nuestra patria, apartaos de la guerra, cuidad de lo común, amistad con los helenos, mientras a nuestros juegos anuales se sume el año de la alegría”.

La inicial amistad entre los eleos y los espartanos duró poco. Después de un glorioso auge, los juegos cayeron en descrédito. Otra desgracia hizo que los griegos volvieran a preguntar en Delfos sobre el futuro de la región. La respuesta fue similar. La Pitia ordenó el restablecimiento de los juegos y ordenó que se nombrara a Olimpia como un lugar sagrado y nació la infranqueable tregua. Así, desde 776 antes de Cristo la festividad sublime se mantuvo intacta hasta la caída griega ante Roma. Todo relato tiene el misterioso juego de los juegos de mesa que tanto fascinaban a Jinichiro Tanizaki.

Calasso agrega que siempre sobreviene un incidente, siempre hay alguien que entra, que estorba el proceso y lo interrumpe. Siempre hay alguien que avienta al aire las fichas de la partida de la Historia. Fue Roma. Tácito llamó a los juegos piezas de teatro. Grecia cronometró su tiempo en Olimpiadas (espacios de cuatro años entre edición y edición); Roma desbarató el cómputo.

No se sabe con certeza qué sucedió entre las Olimpiadas 265 y 286 (84 años). No hay manera de comprobar ganadores, ni, mucho menos, si se realizaron con la regularidad establecida. Por ejemplo, Tito Livio cuenta que la edición 175 fue llevada a la capital del imperio por soberbia y para demostrar que había una nueva cosmogonía latina.

Los atletas (agones, como los actores de las tragedias) se convirtieron en gladiadores. El desnudo, que tanto gustó a Herder, se arropó de escuderías y lanzas; de muertos.

Al final del siglo IV de la era cristiana, después de la matanza de Tesalónica, en la que se calculan unos 7 mil muertos, Teodosio proclamó la cancelación de los Juegos Olímpicos, que ya eran una caricatura de lo que fueron en el esplendor clásico.

Shinzo Abe primer Ministro de Japón. Foto: Charly Triballeau / AP
Shinzo Abe primer Ministro de Japón. Foto: Charly Triballeau / AP

En 2016, en la clausura de los Juegos Olímpicos de Río, Shinzo Abe, el primer ministro que más ha durado en el cargo en la historia del Japón, se vistió de Super Mario para presumir la elección de Tokio (2013) como sede de 2020. Llamó a sus juegos como los de “par de manos seguras”. La frase equivalía a la que la capital del Imperio del Sol utilizó en 1964 para celebrar su levantamiento de la guerra.

En aquel día de la apertura, Yoshinori Sakai –el Bebé de Hiroshima– fue el encargado de encender el pebetero en el Olímpico de Tokio. Había nacido en el mismo día (6 de agosto de 1945) en el que el mundo conoció la hecatombe nuclear. Yoshinori, por cierto, nunca compitió en unos Juegos Olímpicos.

Hoy, después de la postergación de la inauguración, Abe teme no estar en la ceremonia como el hombre fuerte del gobierno japonés. Los tiempos juegan contra él.

Este reportaje se publicó el 29 de marzo de 2020 en la edición 2265 de la revista Proceso.
1964. Primeros juegos para Asia.
1964. Primeros juegos para Asia.

 

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