Mexicanos resisten ante las draconianas restricciones de movilidad en Italia

Las fuerzas de seguridad de Italia vigilan que se respete la cuarentena. Foto: Antonio Calanni/AP Las fuerzas de seguridad de Italia vigilan que se respete la cuarentena. Foto: Antonio Calanni/AP

ROMA (apro).- La crisis sanitaria mundial del covid-19 tomó por sorpresa a miles de mexicanos en Italia, el país europeo que más muertes ha sufrido por el desconocido virus y que primero, hace ya un mes, impuso a la población draconianas medidas de restricción de movimiento que todavía siguen en vigor.

En general, la mayoría de ellos ha aceptado esta cuarentena forzosa y resiste ante las adversidades, aunque la pandemia les genera aún mucha ansiedad y preocupación, sobre todo por la lejanía de sus familiares y también por el daño económico que esta crisis supondrá para sus vidas.

En algunos casos, la incertidumbre es aún mayor al haber quedado varados —una solicitud de Proceso sobre el número de mexicanos en esta situación no tuvo una respuesta positiva de la embajada de México en Italia— tras realizar viajes de turismo. Estas son algunas de sus historias.

Como una película apocalíptica: cineasta

“Estuve con síntomas, pero no sé si enfermé de covid-19. Es posible”, dice Jesús Garcés Lambert, director de cine y documentales de 49 años, afincado desde hace 23 años en Roma, ciudad en la que vive junto con su compañera sentimental, que es italiana. A él, la epidemia primero lo afectó en lo laboral. “A comienzos de marzo iba a viajar a Barcelona para terminar un largometraje cuando, de repente, cerraron las fronteras. Así todo quedó suspendido”, cuenta.

Perdida esa oportunidad, sin embargo, Garcés recibió otra propuesta. “Una importante empresa internacional me propuso realizar un documental sobre la pandemia en Italia. Acepté y enseguida nos pusimos a trabajar”, cuenta el cineasta, que primero ganó fama en Europa por sus trabajos sobre los genios renacentistas italianos Caravaggio y Leonardo Da Vinci. “Esta vez, queríamos contar la pandemia grabando las jornadas del primer ministro italiano”, revela.

No obstante, pronto también este proyecto quedó anulado tras que, después de una reunión con la producción del documental, una persona dio positivo por el coronavirus.

“Cuando eso pasó, todos los que habíamos participado en el encuentro fuimos aislados y puestos en cuarentena preventiva”, relata el mexicano. Su mala suerte, sin embargo, no acabó ahí, pues pronto él mismo enfermó.

“Cuatro días después de empezar la cuarentena, me agarró una gripe muy extraña y empecé a respirar con dificultad, no podía llenar los pulmones de aire”, cuenta al añadir que las autoridades sanitarias italianas, que se encuentran desbordadas por la pandemia, no llegaron a hacerle la prueba pues su estado de salud mejoró al poco tiempo, cinco días después de tener los primeros síntomas.

“Por esta razón, nunca sabré si me contagié o no”, observa. “Ahora, sigo cumpliendo con las indicaciones de las autoridades, que recomiendan no salir más de lo necesario y también porque esto parece una película apocalíptica”, observa.

Andrés Caballero, diseñador de moda

Para Andrés Caballero, un diseñador de moda de 38 años, Italia se convirtió en una tierra de oportunidad cuando hace 15 años se afincó en Milán, capital de Lombardía, la región del norte de Italia que ha convertido a este país en el lugar con más muertos en el mundo por el brote de coronavirus.

“En los hospitales, la situación es muy grave, están exhaustos. En las calles, te sientes oprimido al ver todo vacío, mientras la policía patrulla y te dice que regreses a casa lo más rápido posible. Es todo muy triste y surrealista”, cuenta.

A causa de la imposición de no salir a la calle impuesta sobre la población italiana, Caballero, que es copropietario de una pequeña marca de moda llamada San Andrés Milano, tuvo que paralizar las actividades de su empresa y ya ha perdido el 50% de las ventas de su última colección, relata. El reto por el encierro, sin embargo, también es psicológico.

“En casa, es realmente difícil tener un día normal de trabajo porque uno está todo el tiempo pendiente de la realidad”, añade este mexicano procedente de Tlaxcala y que conoció por primera vez a este país europeo en 2001 cuando vino para cursar un máster en el Instituto Marangoni de Milán, especializado en su rubro.

No obstante, no todo es negativo, afirma. “Con el pasar de los días, el pánico inicial que se ha visto remplazado por gentilezas y gestos de solidaridad entre las personas. Creo que la gente ha entendido que estamos todos en el mismo barro, como dijo el papa Francisco”, reflexiona, al añadir que, si bien también está perdiendo mucho del dinero de sus ahorros que había invertido en la bolsa, ahora lo que le más le preocupa es “la salud” y que México pueda colapsar frente a la epidemia. “Allí el tejido socioeconómico es muy diferente”, recalca.

 La angustiosa odisea de dos turistas jubilados

Roberto Sánchez Escalante y su mujer Mary Domínguez dicen que ya vivieron el susto mayor y ahora están mejor, luego de que lo que debían ser unos días de vacaciones hayan acabado convirtiéndose en una angustiosa odisea, que todavía no ha terminado. Han pasado las últimas dos semanas confinados en una habitación de hotel en la capital italiana, a la que llegaron tras ser evacuados de un crucero que por días navegó sin un destino preciso, tras que algunos pasajeros enfermaran.

Todo empezó cuando, después de meses de planear su viaje, esta pareja de jubilados xalapeños se embarcó el 5 de marzo en Fort Lauderdale (Estados Unidos), en el crucero Costa Luminosa de la compañía estadunidense Carnival Corporation. Su destino final era Venecia, con paradas antes en Puerto Rico, las Islas Caimán (Reino Unido), Antigua, España y Francia. Pero pronto el viaje se torció.

“Empezamos a sospechar que algo raro pasada cuando, estando en Puerto Rico, una pareja de italianos fue evacuada. A partir de ese momento, distintos países empezaron a denegarnos el atraque y, a bordo, nos cortaron el acceso a la red wifi”, relata la pareja que viajó en grupo con otros ocho amigos mexicanos y una mexicano-estadunidense.

El primer país en rechazar el desembarco de los pasajeros de Costa Luminosa fue Antigua, a lo que le siguió el rechazo de las Islas Caimán y luego de las islas Canarias, en España, donde el barco sí atracó, pero solo para permitir la evacuación de otros pasajeros enfermos. Esto, luego que el 14 de marzo las autoridades de Puerto Rico confirmaran que uno de los dos italianos evacuadas una semana antes, una mujer de 68 años, había muerto tras resultar positiva por coronavirus.

“Fue recién entonces que nos recluyeron en nuestras habitaciones y la tripulación empezó a ponerse guantes e improvisadas mascarillas”, afirma Sánchez. También se les entregó un termómetro para medir la temperatura corporal. El siguiente destino fue así Marsella donde, sin embargo, solo una parte de los pasajeros fueron desembarcados, y luego el puerto de Savona, en el norte Italia.

Ahí el 24 de marzo en la noche, tras una larga espera, la pareja abandonó finalmente el barco y fue trasladada junto con otros 180 pasajeros, en distintos camiones, hasta Roma.

“Nos sentimos muy maltratados sobre todo porque no nos dijeron la verdad desde el comienzo y porque, por mucho tiempo, no pudimos contactar a nuestras familias”, agrega Domínguez, al explicar que su desazón aumentó cuando supo que también su hijo había enfermado tras acudir a una boda en México.

Sin poder regresar a casa

Nora Patricia Gómez García, extrabajadora de una aerolínea mexicana de 67 años, no recuerda haber vivido “nada similar” en toda su vida. Al igual que Roberto Sánchez y Mary Domínguez (con los que comparte un vínculo familiar), fue una de las pasajeras del Costa Luminosa y, cuando la entrevistamos, también seguía varada en Roma a la espera de que terminara la cuarentena impuesta por las autoridades italianas.

“Mi reclamo principal es el de regresar a casa, aunque no sé cuándo esto ocurrirá puesto que las fronteras de muchos países están cerradas y no hay vuelos”, afirma Gómez García, al subrayar que considera que no ha sido bien atendida por las autoridades mexicanas.

“¿Por qué otros pasajeros fueron regresados a sus países antes que los mexicanos? ¿Para ellos no valía la cuarentena?”, se pregunta, al lamentar la falta de informaciones claras.

Por ello, para no perder la tranquilidad, Gómez guarda todo documento que recibe y documenta todo lo que ve, con fotografías que hace desde la ventana de su hotel romano. El tiempo, sin embargo, pasa lento. “Los momentos más difíciles son cuando en México mis amigos y familiares duermen y no tengo con quién hablar”, afirma. Como nota positiva, ha mejorado la relación con su hija, con la cual tuvo algunos desencuentros en el pasado. “Es lo mejor que me ha traído esta crisis”.

Ayudando desde el sacerdocio

En medio de la gran ansiedad creada por el brote del coronavirus, el sacerdote Víctor Ulises Vázquez Moreno, rector del Pontificio Colegio Mexicano de Roma, decidió actuar. Así, ya el sábado 7 de marzo, puso en marcha un plan especial para hacer frente a la epidemia. “Para resguardarlos, le pedimos al personal que trabaja en nuestra residencia de quedarse en sus casas y nos dividimos en 12 grupos que se turnan para atender todas las tareas de organización y limpieza del colegio”, explica, al añadir que en el lugar viven 128 personas, de las cuales 114 son estudiantes y 10 son monjas.

“Además de ello, solo tienen permitido salir a la calle el ecónomo y otro sacerdote. Ellos son los que se encargan de las compras, y no tienen contacto alguno con el resto”, añade el sacerdote. Incluso en la vida diaria interna al colegio ha habido cambios, entre otras medidas, se han aumentado el número de turnos para las comidas y para las ceremonias religiosas, para evitar la aglomeración de grandes grupos.

El contacto con otros directivos de centros religiosos que viven en Italia también es constante, a través de llamadas por teléfono y mensajes que envía en sistemas de mensajería instantánea. De los problemas médicos, en cambio, se encarga el director espiritual, que es médico y quien se encarga de atender toda necesidad en este sentido, añade Vázquez, quien antes de llegar hace dos años a Roma era párroco en Michoacán.

Además, también sigue en contacto con México. Tanto que el pasado 20 de marzo le envío una carta a Rogelio Cabrera López, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, alertándole de la gravedad de la pandemia en Italia. “Al inicio, no entendíamos la gravedad de esta situación (…) Ahora todos estamos conscientes de la gravedad del problema y de que las medidas de aislamiento oportunamente tomadas fueron el mejor acierto en nuestra comunidad”, escribió Vásquez en la misiva.

Sin trabajo y con un lío burocrático

Aldo Castellanos Ávila tenía trabajo en México en 2019 pero, cuando leyó un anuncio que ofrecía un puesto en Italia que parecía imposible de rechazar, no lo dudó. “Llegué a Roma sin saber hablar italiano, pero con muchas ganas de mejorar mi formación”, cuenta de este chef de 32 años, originario de Ciudad de México.

Fue en mayo pasado cuando empezó la pesadilla burocrática en la que se encuentra todavía inmerso ahora y que se ha agravado con la crisis del coronavirus. “La persona para la que trabajaba optó por presentar una solicitud de asilo político a mi nombre, que ingenuamente acepté. Así me metí en un lío burocrático por el cual también he tenido que entregar mi pasaporte a las autoridades italianas”, explica.

Su situación empeoró más cuando, en noviembre pasado, el propietario del restaurante le anunció que el lugar cerraba definitivamente. Desde entonces, cuenta Castellanos, él no ha vuelto a saber de esta persona. “Me llamó una noche, cuando ya todo el servicio estaba preparado, y me dijo que no volveríamos a abrir. Fue una de nuestras últimas conversaciones”, relata.

“Así de la noche a la mañana, me encontré sin trabajo y metido en un complicado enredo”, continúa, al precisar que la última audiencia del trámite para pedir el asilo se celebró en enero pasado.

“El problema es que casi seguro me negarán el estatus de refugiado y conseguir un permiso laboral es muy difícil”, afirma, al añadir que una de sus pocas suertes que tuvo fue conseguir, al poco tiempo, otro trabajo en un restaurante mexicano de Roma (Italia permite que los solicitantes de asilo trabajen).

Esta suerte, sin embargo, no duró mucho, por culpa del covid-19. “A causa del brote, todos los restaurantes han cerrado y por eso mi jefa ha tenido que suspender mi relación laboral con la empresa. Nadie sabe cuándo volveremos a la normalidad”, dice.

Aunque ahora técnicamente se encuentra en una situación de doble desprotección, Castellanos afirma que intenta mantener la calma. “Intento ser optimista. Lo primero es la salud”.

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