La sutil libertad de estar encerrados

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Samuel Beckett la escribió en 1947, antes de Esperando a Godot, pero Eléutheria, su primera obra de teatro en francés, no se conoció hasta 1995. Me interesó esta semana leer la historia de Viktor, hijo de los Krap, que se encierra por voluntad propia en su recámara, mientras su familia, amigos, la prometida, un torturador chino y hasta un espectador del público, tratan de sacarlo. El nombre griego de la obra, “Libertad” –relacionada con la autonomía que se mantiene alejada del hilo del tirano–, nos acerca a una idea que he visto crecer en nuestro hábitat, el de los encerrados por la pandemia: la libertad de no hacer nada y que no te angustie.

Una tercera parte del planeta se ha desprendido del rendimiento, de sus funciones habituales dentro de las oficinas y escuelas, y de la angustia de hacerlo porque no sólo hay una justificación científica –evitar el contacto para reducir el contagio– sino una de orden moral: ayudar a los demás.

Lo inhumano del ser humano próximo, demasiado próximo, es el virus en el interior de sus células. El humano lejano es ahora una obligación social porque es vulnerable. Si algo ha surgido en estos días de plaga es la idea de que el mercado no puede decidir quiénes viven y quiénes mueren. El capitalismo global encontró en el covid-19 uno de sus límites. No en todos lados.

En los medios de comunicación seguimos leyendo a la Señora-Mis-Empleados-Son-Ustedes, a la que no le importa qué personas o libertades se sacrifiquen a cambio de que ella se sienta segura. La hemos escuchado, una y otra vez, pedir el toque de queda –el virus de la dictadura–, que se quemen los cadáveres, que se publiquen los domicilios de quienes ya han fallecido, que se cierren los aeropuertos, las fronteras, los mercados públicos.

Esa Señora vive su encierro como una injusticia que los demás, despreocupados paseantes, le infligen a su libertad. Pero un día se dará cuenta –espero– de que hay una libertad en el encierro y que se puede leer en la obra de Beckett: “Antes era prisionero de los demás. Por eso me alejé de ellos. Entonces, pasé a ser prisionero de mí mismo. Por eso me alejé de mí mismo”.

En ese mismo año en que escribe su obra de teatro, Beckett se había recluido en el Hotel Liberia en París y escribió un poema sobre los recuerdos que vienen a la mente en el encierro:

De ese modo a pesar

por el buen tiempo y por el malo encerrado en su casa y en la de otros

como si fuera ayer acordarnos del mamut el dinoterio los primeros besos

los periodos glaciares no traen nada nuevo el gran calor del año trece de su era

humo sobre Lisboa Kant fríamente
colgado

soñar en generaciones de robles y olvidar al padre sus ojos si tenía bigote

si era bueno de qué murió

no por esto nos come sin menos apetito

el mal tiempo y el peor

encerrado en su casa y en la de otros.

Por supuesto Beckett leyó el famoso Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre, un recorrido de 42 días entre cuatro paredes y que el conde de la última década del siglo XVIII vendía así:

“Para los pobres, los enfermos, los miedosos, perezosos y los hastiados del universo”. Se entiende que su decisión se debe a que ha cometido un adulterio y optó por la cuarentena, en vez de batirse en duelo con el despechado.

Pero lo que interesa de su ensayo es precisamente la forma en que toma la libertad en el encierro, como un descargo de “lo productivo”.

El conde enumera varias de estas redenciones: mirar la fogata (tiene chimenea el cuarto); los rayos del sol filtrándose por la ventana; el gorjeo de los pájaros sobre los árboles; su cama, “ese mueble delicioso donde olvidamos durante la mitad de nuestra vida, las penas de la otra mitad”; los colores en la paleta del pintor y en la realidad de la recámara; los recuerdos de un viejo amor que, de golpe, lo hacen rejuvenecer; su perra, Rosine, buscando la escuadra de las piernas para acurrucarse.

Durante todo su viaje, De Maistre habla de “la bestia” y del “alma”, sus desencuentros: las manos que, mecánicamente tuestan un pan, mientras la mente sube a las nubes, se desliza entre los árboles, recuerda a una amante, deambula con el viento y, de pronto, se ha quemado los dedos con las tenazas en el carbón. Del texto del Viaje, Saint-Beuve dijo que era una especie de confesión, a la mitad entre lo profundo y la chunga. En el encierro nos descubrimos domésticos y cotidianos, mientras nuestra mente sale de ahí, cruza las puertas, y emprende vuelos al pasado y al futuro.

La idea del puro presente es quizás una de las más inquietantes porque se trata de la vida de la simple supervivencia. Mientras un monje budista tira granos de arroz en el piso para después barrerlos, lo que hace es vaciar la mente de todo lo que no sea presencia, arraigo a ese instante y su movimiento vertical sobre el mismo punto.

En el encierro del covid-19 el tiempo quizás se llene de otras actividades que tienen el mismo sentido: cocinar, pintar, leer, mirar una película y atender, a las siete de la noche, la presencia de esa gráfica del contagio: no ha bajado esta noche. El futuro se presenta como una pregunta sobre la economía familiar y nacional, tras el “pico” de la alerta sanitaria, si debemos –ahora sí– dejar el cigarro y si, en suma, es posible o no regresar a lo de antes como si nada hubiera ocurrido.

Se suele reducir la libertad a su sentido defensivo, es decir, la lucha contra una tiranía. Es la llamada libertad “negativa”, es decir, la que tiende un círculo en torno a la propiedad, y la autodeterminación. Pero hay, por lo menos, dos libertades, la de ser y la de hacer.

En el encierro estamos liberados de la angustia de la despreocupación sobre la acumulación de riquezas, placeres, reconocimientos, tener la razón. Pero también sentimos una libertad muy sutil, por momentos, que es la falsa imagen que todos tenemos sobre nosotros mismos.

En la vulnerabilidad de un virus que no discrimina –los que discriminamos somos nosotros, por edad, país, localidad–, ese sujeto que normalmente responde a su función laboral, a las jerarquías institucionales, se abate frente a otro que tiene la libertad de no hacer y ni siquiera de ser.

Ese es el de Beckett y el del conde De Maistre, aunque también el Bartleby que “prefiere no hacerlo”. Supongo que buena parte de la angustia y ansiedades que vienen con el encierro es de no reconocer esta libertad como un relajamiento de nuestras propias opresiones, de la tiranía de lo real.

Pero no lograremos expandir esa libertad si no reconocemos que debe moverse hacia los demás. Por ejemplo, en Rousseau no existe la liberación de lo necesario si no es a través de la “voluntad general”.

De igual forma, entre los griegos –nos dice Peter Sloterdijk, al que he agarrado de Santo Ensayístico en esta pandemia– la eléutheria no existía sin ese otro movimiento, el thymós, que es, hasta donde entiendo, el movimiento interior de fe ante la generosidad de los demás, ese territorio de elevarse por sobre la necesidad y confiar en las virtudes de los otros.

Así, de la libertad a la generosidad, saldremos del encierro, sutilmente cambiados.

Este texto forma parte del número 2266 de la edición impresa de Proceso, publicado el 5 de abril de 2020

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