El (prematuro) ocaso de la 4T

El sendero hacia la tierra prometida que AMLO concibió fue destruido por el movimiento telúrico de la pandemia y del desplome del precio del petróleo Foto: Benjamín Flores El sendero hacia la tierra prometida que AMLO concibió fue destruido por el movimiento telúrico de la pandemia y del desplome del precio del petróleo Foto: Benjamín Flores

La Cuarta Transformación, según el presidente López Obrador, es un nuevo régimen cuyas prioridades son el combate a la corrupción y a la desigualdad. Yo creo que no se trata en rigor de un cambio de régimen –no hay un arreglo constitucional para transitar del presidencialismo al parlamentarismo o, por ahora, del federalismo al centralismo– sino de un cambio en el estilo personal de gobernar.

Voluntarista y autocrático, proclive a supeditar las políticas públicas a la resolución casuística de problemas, AMLO no alude en la vertiente ética de la 4T al Sistema Nacional Anticorrupción, al que ve como un elefante blanco, ni a su deber de llevar a la justicia a su predecesor por el saqueo a México, lo cual evade; sólo habla de su voluntad de no solapar corruptelas en su mandato. Y en la faceta igualadora incorpora una serie de programas sociales, esos sí consagrados ya en la Constitución.

En acciones de gobierno, la 4T es también su política energética y sus ambiciosos proyectos de obra pública. En el primer caso están los esfuerzos por capitalizar a Pemex, incrementar su capacidad de refinación y volverla a hacer palanca de desarrollo, así como el fortalecimiento de la CFE.

El segundo incluye la refinería de Dos Bocas –parte de la agenda petrolera–, el Tren Maya, el aeropuerto de Santa Lucía y el corredor transístmico.

Pues bien: a juicio mío, estamos ante el prematuro ocaso de la 4T. No me refiero a los subsidios para los pobres ni al combate a la corrupción –que no requiere más que el capital político de AMLO y que, al contrario, debería ampliarse para resarcir el daño hecho por corruptos de sexenios anteriores– sino a la centralidad de Pemex y a las obras de infraestructura, que serán incosteables dada la inminente recesión o depresión económica.

Me explico con una metáfora. El sendero hacia la tierra prometida que AMLO concibió fue destruido por el movimiento telúrico de la pandemia y del desplome del precio del petróleo. Transitar por ahí se ha tornado prácticamente imposible. Hacerlo presupondría remover rocas y maleza, rellenar grietas y socavones o construir puentes para cruzarlos sin ser devorados por ellos. Es evidente que la única opción segura y costeable es trazar otro camino –una suerte de 5T, si quieren– que nos conduzca a un México mejor. El problema es que, sin reparar en costos y calamidades, AMLO se aferra a su trayecto. Una vez más: si sus planes no se adaptan a la realidad, peor para la realidad.

Mantener la apuesta por los hidrocarburos es un mal negocio por las restricciones presupuestales y las condiciones del mercado. En su momento yo sostuve que la reforma energética mexicana debió haber seguido el modelo noruego –el de Statoil– y me opuse públicamente a lo que se legisló, pero eso es agua bajo el puente. La verdad es que la cleptocracia se encargó de dejar a Pemex en ruinas, y la cuestión es si conviene levantar la empresa a cualquier precio.

Por ejemplo, AMLO recurrió a la insensatez de pedirle a Donald Trump –el único “conservador” al que le perdona y le concede todo– el favor de asumir parte del recorte que nos asignó la OPEP+, lo que será de facto una hipoteca política para México, pues Mr. Trump no da nada gratis y probablemente acabaremos pagándole con otro trabajo sucio como el de contener la migración.

¿Se vale defender el nacionalismo petrolero a expensas de la soberanía nacional? Y en todo caso, ¿de dónde saldrá el dinero para cubrir simultáneamente la capitalización de Pemex y la construcción del tren, del aeropuerto y del corredor, junto con los enormes gastos obligados por las crisis sanitaria y económica?

Financiar las consecuencias del coronavirus será carísimo. Vislumbro dos escenarios, el malo y el catastrófico. En uno la situación sería grave pero nuestras clínicas y hospitales resistirían y la caída de la economía no rebasaría el -4%; en el otro nuestro sistema de salud se vería rebasado y viviríamos una tragedia similar a las de Italia o Ecuador, mientras que el golpe económico sería brutal, de -7% o peor.

Si se diera el primero de ellos y no se detuviera la construcción de alguno de los megaproyectos sería imposible evitar quiebras y eso secaría la recaudación. Y no se diga en el segundo, que ruego a Dios no se dé porque con la mezcla de indolencia y revanchismo que campea en la Presidencia nos devastaría: el hundimiento de la economía podría entreverar la ira social con la violencia criminal y acercarnos a la ingobernabilidad.

Dimensionemos el desafío, veamos lo que pasa en el ­mundo. Es la peor hecatombe internacional desde la Segunda Guerra. Ningún gobernante puede actuar como si la pandemia no existiera y el nuestro, increíblemente, se empeña en hacerlo.

AMLO no enmienda el rumbo porque no posee ni procura los atributos para hacerlo: aptitud de reconciliación, visión global, aprecio por la técnica y, sobre todo, autocrítica.

Le importa más conservar su intransigencia –digna en el opositor, ignominiosa en el presidente– que los miles de empleos de las pequeñas empresas que quebrarán, a los que sacrificará en aras de los hipotéticos puestos de trabajo que generarían sus proyectos y que se le deberían a él.

Me viene a la mente una frase magistral que en mis tiempos de estudiante en Oxford le escuché a Neil Kinnock, el líder del Partido Laborista británico. Contrastando su postura con la insensibilidad y la terquedad de Margaret Thatcher, que zahería al Reino Unido con su frenesí privatizador, Kinnock sentenció: “Yo estoy dispuesto a morir por mi país, pero jamás permitiría que mi país muriera por mí”.

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