Nubes

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Viendo el cielo desde mi ventana, me pregunto por qué las nubes no son noticia. Por qué, en cambio, lo son las declaraciones de cuanto ignorante y ambicioso aparece con una nueva conspiración sobre la epidemia, los números, el petróleo. Alguien lo dijo mucho antes que yo, en 1926. Fue Virginia Woolf en Sobre estar enferma, un ensayo donde cuestiona la habilidad de la prosa para leerse cuando uno está enfermo o, como es el caso, encerrado, en la odisea de la cama a la cocina. Ella recomienda leer poesía porque, en la convalecencia, interesa más el sonido que el sentido. Acaso tenga razón. Y, por eso, me disculpo por lo que a continuación escribo.

Virgina, quien había caído enferma de la influenza de 1918, resalta la dificultad para poner en palabras la enfermedad: “Una pensaría que hay novelas sobre la influenza, poemas épicos para la tifoidea, odas a la neumonía, y canciones al dolor de muelas”. Pero no. Los escritores hablan de amor, honor y muerte, pero no del cuerpo, nos dice Woolf, que es visto como un simple cristal que transparenta la mente. “El público diría que no hay trama en la influencia, que no hay una historia de amor (…) y está el problema del lenguaje. El inglés, que puede expresar los pensamientos de Hamlet y la tragedia del Rey Lear, carece de palabras para el temblor de la fiebre o el dolor de cabeza. Cuando una chica se enamora, tiene a Shakespeare, Donne, Keats para expresarlo, pero trate la sufriente de explicarle el dolor de cabeza a un médico, el lenguaje se seca de inmediato”. El lenguaje, según Virginia Woolf, tendría que ser “primitivo, sutil, sensual y obsceno”, con una jerarquía en la que la fiebre de 40 grados sustituya a la pasión, las punzadas de la ciática a los celos, el insomnio al villano, y el héroe se llame “Cloral”. La prosa, por lo tanto, además de difícil de leer en la convalecencia, también se resiste a ser escrita.

Lo que Woolf descubre con agudeza es la disolución del “yo”, del motivo del ajetreo urbano, del sinsentido de la civilización de las ganancias. También critica la posibilidad de la empatía: hay una experiencia de estar enfermo que no puede traducirse al lenguaje del sano. Lo que queda son los sonidos de la poesía y el divagar de los pensamientos, el mirar con disposición a encontrarla bella, a la naturaleza. Eso es justo lo que ha sucedido con el encierro de buena parte del planeta: resurjen las utopías ecologistas, el regreso de lo esencial, pero no como metafísica o algo trascendente, sino como la cosa misma, como la vida que se autoafirma. Escribe: “Si todas estuviéramos acostadas, congeladas, rígidas, el cielo seguiría experimentando con sus azules y dorados. Quizás entonces, mirando hacia algo muy pequeño, cercano y familiar, encontremos empatía. Examinemos la rosa. La hemos visto tan a menudo floreciendo en macetas, la hemos conectado tan a menudo con la belleza en su mejor momento, que hemos olvidado cómo permanece, quieta y estable, durante toda una tarde en la tierra. Preserva un comportamiento de perfecta dignidad y autoposesión (…) Es su indiferencia la que me resulta reconfortante”.

A Katherine Anne Porter le tomó dos décadas escribir sobre su enfermedad, contraída en octubre de 1918. Sus colegas en el Denver Tribune escribieron su obituario y su familia compró su caja funeraria. Porter fue declarada muerta pero sobrevivió. En estos días leí, sobrecogido, su novela corta, Pale Horse, Pale Rider (Caballo pálido, jinete pálido), una narración entre las alucinaciones de la fiebre y el temor a la propia extinción. Mira su corazón fuera de su pecho, convertido en una roca. El caballo que se le presenta en un delirio de fiebre es el que tendrá que ganarle a la Muerte, y el jinete, al que llama Extraño, es el que competirá contra ella. El virus cabalga el contagio. Porter habla desde la disolución de su propio cuerpo, de un mundo que está en guerra, disuelto en la incertidumbre; lo más probable es que los soldados mueran en las trincheras de Europa y, de regreso, los sobrevivientes mueran con sus familias de la pandemia de la “influenza española”.

Miranda, el personaje que encubre el nombre de la autora, vive en el Colorado de la epidemia, desde las páginas del diario y de Adam, su novio, “construido en la fortaleza de una manzana”, que se ha enlistado en el ejército. Miranda visita un hospital militar y mira cómo las nuevas armas han dejado mutilados, las piernas sin conexión con los torsos. “Era la materialización de mi propio estado de ánimo, como si viniera pensando en mi angustia y encontrara su cuerpo doblando la esquina”. De pronto, la enfermedad y la guerra van tomando el lenguaje de la narración: “Sin sorpresa, observando desde su almohada, se vio a sí misma correr rápidamente por esta pasarela hasta la cubierta inclinada, y allí parada, se apoyó en la barandilla y se saludó alegremente en la cama, y el esbelto barco extendió sus alas y navegó hacia la selva. El aire temblaba con el grito estremecedor y el ronco rugido de voces que lloraban todas juntas, rodando y colisionando sobre ella como nubes de tormenta irregulares, y las palabras se convirtieron en dos palabras que sólo subían, bajaban y clamaban por su cabeza. Peligro, peligro, peligro, decían las voces, y guerra, guerra, guerra”.

Las voces de la fiebre de Miranda provienen de un cuerpo que se va disolviendo entre la guerra y la enfermedad. Ella logra regresar de la Muerte, aunque Adam no logra, más que en el fantasma de la memoria, volver del frente en Francia; muere de influenza en el campamento. Miranda sueña en su muerte como si una horda de flechas lo traspasaran y ella, abrazándolo, le recrimina:

–¿Por qué siempre eres tú el que muere primero?

Con la culpa de sobrevivir, en las últimas líneas de su narración, Porter sostiene que 1918 ha sido un paréntesis que no puede cerrarse del todo. “El tiempo para todo”, le espera en el taxi que la hará abandonar el hospital donde se le dio por muerta. Escrita en 1939, la frase es sarcástica: la Segunda Guerra ya está en puerta.

Pero, así como Virginia Woolf recobra el sentido de la indiferencia natural hacia nuestras calamidades humanas, Porter describe con genialidad la destrucción de sí misma por la enfermedad y, por tanto, del mundo conocido antes de la guerra. Hay algo de ese sentimiento hoy, que el final del modelo neoliberal parece coincidir con la pandemia: cómo reconstruirnos en una normalidad que no puede ser la de antes del paréntesis. “Ahí está, allí está al fin, es muy simple; y palabras suaves y cuidadosamente formadas, como olvido y eternidad, son cortinas colgadas ante nada en absoluto. No sabré cuándo sucede, no sentiré ni recordaré (…) Las paredes de granito, los remolinos, las estrellas son cosas. Ninguna de ellas es la muerte, ni su imagen. La muerte es muerte… y para los muertos no tiene atributos.

Silenciosa, se hundió fácilmente en las profundidades, bajo las profundidades, de la oscuridad hasta que yació como una piedra en el fondo de la vida, sabiendo que era ciega, sorda, sin palabras, que ya no se da cuenta de los miembros de su propio cuerpo”.

Sigo viendo desde la ventana el cielo, ahora oscurecido por nubes con granizo, esas que, por ser malas, los nahuas les dicen “el nube”. No me devuelven más a Woolf o a Porter. Pienso en los que sobrevivimos y en los muertos, sin metáforas elaboradas para enmarcarnos, sin certidumbres sobre lo que ocurre o cómo regresarnos al mundo, a lo que fuimos, a lo que buscábamos allá fuera. Ahora, simplemente, graniza.

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