El “hombre topo” golpeado por la pandemia

Eduardo Salomón Montufar Camacho, "hombre topo" quien colaboró durante 36 años en el rescate de personas en catástrofes naturales, fue afectado por la pandemia. Foto: Germán Canseco

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).-Para “mitigar” el hambre, las solicitudes de despensas dirigidas al programa Familias sin Hambre, de Cáritas Mexicana, se están haciendo de manera individual, como lo hizo Eduardo Salomón Montufar Camacho, de la asociación civil Topos de México; pero también se hacen de manera colectiva, como hizo la diócesis de Cuernavaca, que ya pidió mil 981 despensas para la población más desprotegida.

El “hombre topo” Montufar Camacho, con 36 años de apoyar a la población afectada por terremotos, huracanes y otras catástrofes, ahora fue perjudicado por la pandemia del coronavirus, al extremo de pedir alimento para su familia:

“Me dio pena pedirle ese apoyo a Cáritas Mexicana, a su presidente, el padre Rogelio Narváez, a quien conozco, pero tuve que hacerlo porque me quedé sin recursos económicos y tengo que dar de comer a mis hijos. Estoy desesperado”, dice Montufar.

Cuenta que, en febrero pasado, a causa de un cortocircuito se incendió el departamento donde vivía con su familia en la colonia Roma y tuvo que desalojarlo. Para colmo, se vino la pandemia que dejó sin clientela al camión de fletes y mudanzas donde trabajaba, por lo que hoy se dedica a lavar coches afuera del hospital Dalinde.

Sin techo y con muy pocos ingresos, cuenta que tuvo que mandar a su esposa y a sus cinco hijos a San Pedro del Monte, Tlaxcala, a vivir a casa de unos familiares, mientras él se quedó en la Ciudad de México en un modesto cuarto de hotel de la colonia Obrera.

Relata: “Hace días cerraron el hotel a causa también de la pandemia, y me quedé sin ese cuarto, por el que pagaba 150 pesos diarios. Ahora duermo aquí y allá, en casas de amigos y conocidos que de pronto me echan la mano”.

–¿El apoyo alimenticio lo pidió sólo para su familia?

–Sobre todo para mi familia, para que le envíen la despensa allá a Tlaxcala, donde Cáritas tiene centros de distribución. Aunque también pedí apoyo para mí, aquí en la Ciudad de México… Pero todavía no nos llegan las despensas… van muy lentos.

La vida da vueltas

Cuenta que su trabajo como rescatista –realizado voluntariamente– comenzó en 1984 cuando ocurrieron las explosiones de gas en San Juanico. “Yo en ese tiempo era boy scout y me alisté como socorrista junto con otros compañeros. Nos movió el deseo de ayudar a la gente que resultó quemada”.

Al año siguiente, en el temblor de 1985, el grupo de jóvenes participó activamente sacando personas atrapadas entre los escombros de edificios colapsados en la Ciudad de México. Realizaron rescates –dice– en Tlatelolco, en la Unidad Benito Juárez y en otros edificios afectados, y también evacuaron a los pacientes y al personal del Centro Médico.

“A partir de entonces la gente nos empezó a conocer como ‘los topos’ porque trabajábamos bajo tierra. De manera que cuando se nos pidió registrarnos formalmente como asociación civil, nos bautizamos como Topos de México”, cuenta Montufar.

A raíz del sismo del 85 –dice– empezaron a ser requeridos como rescatistas en México y otros países: estuvieron en Filipinas apoyando a los afectados de un maremoto; en el Caribe mexicano, tras el paso del huracán Gilberto; en una gran explosión de gas en Guadalajara; en un terremoto en Haití; nuevamente en la Ciudad de México durante los sismos de 2017, cuando participaron en el rescate de los niños del Colegio Rébsamen; y apenas en enero pasado, en la última erupción del Volcán de Fuego, en Guatemala.

–¿Cómo es que llegaron a trabajar en catástrofes naturales de mar y tierra, tan diferentes una de otra? –se le pregunta.

–Por el puro deseo de salvar vidas. Eso nos quitaba el temor y nos daba fuerza para trabajar entre el fuego, el agua, la tierra y la lava.

Hoy, a sus 56 años y con una afección en la uretra que le hace llevar una sonda, el “hombre topo” fue duramente golpeado por la parálisis económica provocada por el coronavirus.

“¡Como da vueltas la vida! Ahora yo soy quien tiene necesidad de apoyo”, concluye, parado en la calle, mientras espera a quién lavarle el coche.

Despensas

Como la de Montufar, muchas familias en Morelos solicitan despensas a Cáritas Mexicana, pero de manera “colectiva”, por conducto de la diócesis de Cuernavaca. Ahí, el encargado de hacer las solicitudes es el director de Cáritas Morelos, el sacerdote Jesús Longar Estrada, quien comenta: “Hasta el momento, mediante un censo que realizamos, en la diócesis hemos detectado a mil 981 personas vulnerables que necesitan ayuda urgente para ellas y sus familias. Ya les pedimos esas despensas”.

Cada despensa enviada del programa Familias sin Hambre, dice, es ampliada en sus insumos por Cáritas Morelos, a fin de que a cada familia les duren sus víveres no una semana, como se programó, sino 15 días.

Para esto, agrega Longar, cuentan con el apoyo de los productores morelenses de frijol, arroz y azúcar, quienes les están vendiendo a precios más bajos sus productos.

Prosigue: “En la diócesis tenemos instalados 13 centros de distribución de despensas. Cada uno tiene su propio equipo de entrega que las va dejando casa por casa, asegurándose de que lleguen a sus verdaderos destinatarios”.

Asegura: “De por sí aquí en Morelos hay mucha pobreza, y ahora con el coronavirus mucha gente está perdiendo sus empleos. Empieza a faltar alimento. Se viene una hambruna muy fuerte”.

–¿Qué zonas del estado serán las más afectadas?

–Principalmente la zona de los Altos de Morelos, que comprende Ocuituco y Tetela del Volcán. Lo mismo la zona de Jojutla, ya muy afectada por los sismos de 2017. También por Jiutepec pegará muy fuerte el hambre. Nuestro equipo de emergencias hizo este mapeo de riesgo.

“Ya empieza manifestarse la desesperación de la gente por conseguir alimentos: han asaltado camionetas que transportan víveres; y acaban de entrar a nuestro centro de acopio de Yautepec para robar despensas. No encontraron nada porque las habíamos trasladado a otra parte para sanitizarlas.”

Indica que además “están aumentando las crisis de ansiedad, las taquicardias, los comportamientos violentos dentro de los hogares”, por lo que, dice, la diócesis de Cuernavaca creó un equipo de psicólogos y sacerdotes para atender estos problemas.

Longar deja claro un punto: “Aquí nuestro programa se llama Mitigación de Pobreza, porque es eso: una mitigación. Estamos plenamente conscientes de que sólo podremos mitigar el hambre”.

Este texto se publicó el 10 de mayo en el número 2271 del semanario Proceso, en circulación

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