Un turno en terapia intensiva

El Hospital Troncoso del IMSS, ubicado en la alcaldía Iztacalco de la Ciudad de México Foto: Benjamín Flores El Hospital Troncoso del IMSS, ubicado en la alcaldía Iztacalco de la Ciudad de México Foto: Benjamín Flores

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso). – Nos entregan una bolsa verde de plástico en cuyo interior hay guantes, botas y una bata quirúrgica, un overol y también la careta de plástico. Atravesamos el área de desinfección donde están las tinas de cloro y las regaderas.

No puedo comparar esta experiencia con ninguna otra. La presión, la adrenalina y el cansancio se mezclan con el sufrimiento de los pacientes. Padecen porque les falta oxígeno, a pesar de las puntas de oxígeno, las mascarillas o los ventiladores; están cianóticos, desaturan por culpa del virus alojado en sus pulmones.

En el hospital les ofrecemos tratamiento paliativo porque no hay cura o son muy caras las que se están ensayando en otras partes. Les damos líquidos para que no se deshidraten, intentamos controlar la fiebre, suministramos anticoagulantes y corticoesteroides, pero nada de esto es curativo.

Sabemos que en otros países se están recetando antiparasitarios (ivermectina) y también antimaláricos, pero nosotros no los usamos. También que se usa un antiviral conocido como Remdesivir, el problema es que es muy caro. Una dosis para tres días cuesta más de 11 mil pesos. El hospital no puede pagarlo y mucho menos los pacientes.

Por las restricciones presupuestales también nos hacen falta sedantes. Este es un problema, sobre todo para las personas que están intubadas. Cuando se despiertan quieren arrancarse el tubo, lo cual es muy peligroso; además que será muy difícil volver a intubar. Hemos reclamado a la administración, pero tales medicamentos tampoco llegan.

Tenemos que trabajar con mucha velocidad porque los pacientes enfermos de coronavirus decaen rápidamente. La careta se empaña, perdemos con frecuencia visión, los enfermos no tienen fuerza para cooperar o están inconscientes.

El coronavirus no sólo afecta los pulmones, es una bomba para todo el organismo. Daña los vasos sanguíneos, el hígado y los riñones, provoca trombos que pueden afectar el corazón y el cerebro; un estudio reciente habla de la desmielinización de las terminales nerviosas, lo que implica muerte neuronal.

De cada 10 personas intubadas mueren ocho. Aún no se conocen las secuelas que el coronavirus dejará en los sobrevivientes. Es una enfermedad viral devastadora. Soy testigo de necrosis en las puntas de los dedos de manos y pies.

No es cierto que a los pacientes muertos se les practica la prueba. Es demasiado cara. Las mejores cuestan alrededor de 20 mil pesos y esas sólo pueden pagarlas quienes asisten a los hospitales privados.

La siguiente prueba en la gama ronda los 5 mil 500 pesos y luego viene la más popular, que anda en los 3 mil, pero esta última no sirve, tiene un margen grande de error.

La jefa de servicio de mi hospital dio positivo para coronavirus hace un mes, así que tuvo que aislarse. Apenas regresó a trabajar y cuando le pregunté si le habían practicado de nuevo la prueba se rio y me dijo que el hospital no podía pagarla; así que se reincorporó sin que haya constancia de que está en condiciones de lidiar cotidianamente con los 50 médicos que tiene bajo su mando.

En el hospital del IMSS de Troncoso hay alrededor de 120 pacientes contagiados con coronavirus. Ocupan los pisos tres y cuatro y la mitad de la sala de urgencias. Acabamos de vaciar también el primer nivel para acondicionarlo, porque sabemos que vienen más. Antes estaba dedicado a las pacientes obstétricas.

La muerte no se puede ocultar aquí. El promedio diario de decesos varía entre seis y ocho, pero creemos que ese número va a crecer para la próxima semana. En otros hospitales, como el de Tláhuac, se reportan hasta 20 casos diarios.

Sabemos tan poco del coronavirus que al final del día gana la desesperanza. Los trabajadores de la salud hablamos mucho entre nosotros, pero no conversamos con el resto de la sociedad. Lo que sabemos debería darse a conocer.

Habríamos de hablar más de la soledad que sufren nuestros pacientes: una vez que ingresan dejan de tener contacto con su familia, con sus amigos, con otros seres excepto nosotros, que vestidos con los equipos de protección no parecemos humanos.

Lo que dicen es cierto. Sólo se salvan los más jóvenes. Si tienes 50 o más y entras a terapia intensiva, las probabilidades de volver a ver a los tuyos son bajas. Sobre todo, si padeces otras enfermedades.

Cuando termina el turno tiramos a la basura todo el equipo de protección, usamos las tinas de cloro y tomamos un baño en las regaderas. Dejamos el hospital, pero nos llevamos a casa los rostros que sufren, el dolor que se vive ahí dentro, el horror, las carencias y muchas preguntas sobre lo que podríamos hacer y no estamos haciendo.

*Testimonio de un médico asignado al área de pacientes Covid (Terapia Intensiva) en el hospital del IMSS de Troncoso, quien pidió no revelar su nombre por temor a represalias.

Este texto se publicó en el número 2272 de la edición impresa de Proceso, publicado el 17 de mayo de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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