El miedo y el desamparo

El subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell. Foto: Eduardo Miranda El subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell. Foto: Eduardo Miranda

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Son los sentimientos dominantes en México. De una parte, no llegamos todavía al momento más crítico de la pandemia, cuando se llega al punto más alto de contagios y muerte y después comienza a descender la curva; por otra parte, empieza a reflexionarse sobre cómo enfrentar la crisis económica que sigue al confinamiento y el paro de la economía.

Las opiniones sobre ambos problemas son muy diversas. Estamos lejos de la cohesión y el consenso que se advierte en los países que mejor han enfrentado la crisis. Aunque los niveles de aprobación del presidente se recuperaron, la polarización es cada día más aguda cuando se discuten las políticas en materia de salud y de recuperación económica.

El asunto que mayormente divide en materia de salud es la desconfianza en torno a las cifras ofrecidas por el gobierno en materia de contagios y fallecimientos. El debate ha rebasado las fronteras para ocupar espacio en la prensa internacional. Un conocido reportaje del New York Times, coincidente con otros de renombrados diarios en Estados Unidos y Europa, elevó la resonancia de la discusión.

Encuentro ampliamente justificado tener dudas sobre los modelos de medición que se han utilizado; tales dudas están presentes en todo el mundo. La mayoría de científicos de Europa o Estados Unidos expresan argumentos válidos para cuestionarlos.

Ante un fenómeno tan variable y desconocido como es el comportamiento de la covid-19, es comprensible que se proceda por caminos de prueba y error. Sin embargo, también es claro que la insistencia en descalificar los informes presentados cotidianamente por funcionarios del gobierno mexicano, por televisión y plataformas digitales, tiene claros tintes políticos. Los voceros con mejores credenciales para criticar poseen también lealtades políticas con gobiernos anteriores.

Lo grave es que la desconfianza dificulta la tarea de prever los escenarios y definir las medidas a tomar para amortiguar los enormes problemas que se avecinan en el campo económico. En el momento de escribir estas líneas llegan noticias sobre el número de empleos formales que se perdieron sólo en abril: 550 mil. Tomando en cuenta el alto número de empleos informales (seis por cada 10 formales) en México, la cifra de desempleo alcanzará bastante más de 1 millón para mediados del año.

No son sorprendentes las predicciones de la Cepal que, en su último informe, estima que en México se dará fuerte incremento de pobreza extrema, con un alza de 4.8%. Para el cierre del año 2020 se espera que 47.8% de cada 100 mexicanos serán pobres y 15.9% de cada 100 se encontrarán en pobreza extrema.

A pesar de las predicciones anteriores, es notable que no se conozca todavía cuál será el programa gubernamental para amortiguar los costos sociales y económicos que ha provocado la pandemia. El único programa proveniente del erario ha sido el de los créditos a la palabra, por 25 mil pesos. Una línea positiva que, sin embargo, no ha despertado entusiasmo. Son muy pequeños y exigen muchos requisitos. Según la prensa, sólo se ha ejercido 20%.

La acción del gobierno mexicano para contrarrestar los daños económicos y sociales de esta crisis sufren de un vicio de origen: la resistencia del presidente López Obrador a ver la pandemia de covid-19 como elemento disruptivo que obliga a repensar el conjunto de la política económica con que inauguró el gobierno de la llamada Cuarta Transformación.

Es conocida la tardanza de AMLO para escuchar las llamadas de alarma que estuvieron presentes desde finales de febrero. El mantenimiento de sus giras, el acercamiento a la gente, cuando ya se clamaba por el distanciamiento social, o sus anécdotas sobre los amuletos que lo protegen. Todo ello ilustra bien la intención deliberada de colocar en segundo término un acontecimiento que no forma parte de su narrativa de transformación. Entre otras cosas, es difícil acusar a la pandemia de “neoliberal”.

La actitud anterior no ha cambiado. Desde su perspectiva, las medidas a tomar para enfrentar la crisis económica ya están presentes en sus políticas más emblemáticas, como son las pensiones para la tercera edad, las becas Benito Juárez para jóvenes estudiantes o el programa Sembrando Vida. Con ello existen ya rutas trazadas para proteger a los sectores más vulnerables.

México se convierte así en una excepción dentro de países de América Latina. Es comprensible que no se piense en emular los programas de rescate económico tan monumentales como el de los 2 billones de dólares aprobado por el Congreso en Estados Unidos. Sin embargo, sí somos comparables con países como Argentina, Brasil, Chile o Perú, donde los programas de rescate de la economía son cinco a seis veces superiores a lo que ha invertido México.

Lo anterior no significa que no existan propuestas sobre la mesa, con puntos específicos respecto a lo que sería deseable hacer. Es interesante advertir en ellas la gran fragmentación de aproximaciones que señalábamos en líneas anteriores, la cual nos habla de una opinión pública muy dividida.

Así, Gerardo Esquivel –subgobernador del Banco de México– presenta un documento breve claramente enfocado hacia la protección de trabajadores de pocos ingresos, así como micro y pequeñas empresas. El objetivo central es apoyar, por un corto plazo, la reducción de ingresos evitando que el cierre de dichas empresas haga más difícil la recuperación a largo plazo. El financiamiento para llevarlo a cabo sería perfectamente accesible para el gobierno federal.

Por su parte, el Consejo Coordinador Empresarial, coordinando voces y empresas muy diversas, presentó 68 recomendaciones para un gran Acuerdo Nacional para la revitalización de la economía. El tema de las pequeñas y medianas empresas ocupa lugar en dichas recomendaciones. Podrían conjugarse con las propuestas de Esquivel. Sin embargo, es conocida la nula atención que prestó el presidente a las sugerencias que se le hicieron.

Los próximos días serán de nerviosismo y miedo. A las tragedias por motivo de contagios y muertes habrá que sumar la falta de empleos, de medios de subsistencia y el avance del empobrecimiento. En ese ambiente, una sociedad encolerizada que se siente desamparada puede actuar de manera imprevisible. ¿Será todavía posible que López Obrador dé un giro para calmar las aguas? ¿El decreto para militarizar la seguridad pública es la primera señal de ese giro?

Texto publicado el 17 de mayo en la edición 2272 de la revista Proceso.

 

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