Voces de la pandemia | Preso siendo tu propio custodio

Imanol reflexiona sobre su encierro. “Es horrible estar preso siendo tu propio custodio; las cadenas que me mantienen encarcelado son la incertidumbre y el miedo”, admite.

Un estudiante reflexiona sobre su encierro. “Es horrible estar preso siendo tu propio custodio; las cadenas que me mantienen encarcelado son la incertidumbre y el miedo”, admite.

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- Esta cuarentena me hace sentir como si no existiera la medición del tiempo; de hecho, muy pocas veces pregunto qué hora o día es. Hay momentos en que la realidad te azota: suelo decir que no me alcanza el tiempo e irónicamente hoy me sobra, pero no sirve de nada porque, al igual que yo, está encerrado. La luz y el calor artificial que me otorgan los focos de mi casa han logrado que en varias ocasiones pierda la noción del pasar del día, me siento tan desubicado que muchas veces he salido de mi cuarto y quedo perplejo al darme cuenta de que ya se ha hecho de noche.

Nunca sé si es tarde o temprano para lo que estoy haciendo, el reloj biológico parece estar descompuesto, es un cronómetro al que le puse pausa y está esperando el momento para que sigan corriendo los segundos.

Estamos en plena primavera y no puedo salir de mi casa a ver cómo ha florecido la tierra, no recuerdo la sensación del viento en mi cara o las tempestades del clima; hace mucho no presencio un atardecer… estoy tan desesperado por salir que he llegado a extrañar el olor del smog en el aire de la ciudad.

Es horrible estar preso siendo tu propio custodio; las cadenas que me mantienen encarcelado son el miedo y la incertidumbre, y la jaula en la que estoy es mi juventud, pues la plenitud de mi vida se ha visto abruptamente detenida y ahora entiendo aquella frase de Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción”. En efecto, los planes de comerme al mundo junto con mis amigos están suspendidos en la nada, tachando los días en el calendario como consuelo de que falta menos para dejar de estar privados de nuestra libertad.

Ha sido realmente caótico estar encerrado; mi manera de resistir es pensar que pronto volveré a mi cotidianidad, a esa rutina que hasta hace un mes odiaba: levantarme temprano para cumplir la única obligación que tengo, asistir a clases; pero la angustia es latente, ya que gran parte de mi familia trabaja en el sistema de salud y no me gustaría regresar a eso que llamo cotidiano si me falta uno de ellos.

Nunca creí extrañar el contacto físico con mis amigos, estoy harto de escuchar sus voces a través de audífonos, me frustra verlos en la pantalla de mi computadora y no poder abrazarlos o estrecharles la mano; de hecho, la otra noche soñé que los saludaba y eso me hizo reflexionar acerca del valor que tiene algo tan sencillo como acercarse físicamente a alguien y decir “hola”; pero lamentablemente estamos no a un paso si no a un virus de distancia.

El encierro ha sido muy revelador. El otro día mi hermana me preguntó: “¿Tienes miedo?”. Yo le respondí que sí, pero que mientras estuviéramos juntos y siguiéramos recluidos no tendríamos por qué temer; en seguida le pregunte lo mismo y respondió que no, que se sentía muy bien porque por un tiempo estaba librada del miedo más profundo que siente como mujer: el de salir a la calle, donde aparte de covid-19 hay hombres que acechan,

Esta realidad me ha hecho sentir ajeno a todo y más cercano a la nada. Las paredes de mi casa están siendo azotadas por paranoia y sarcásticamente la puerta se está oxidando de desuso, las ventanas no se abren y parece que están cubiertas por una manta negra, pues aunque te asomes no hay movimiento.

Es peculiar pensar en lo incoherente que soy, lo irónica y burlesca que se siente la vida; hace un mes no sentía necesidad de abrazar a mi abuela todos los días y hoy muero de ganas por hacerlo; hace un mes me daba miedo que temblara, hoy, que la tierra se deje de mover; hace un mes me engentaba en los pasillos de la escuela, hoy quiero que convoquemos a una marcha masiva en memoria de los estudiantes que han matado en mi país; hace un mes me incomodaba estar dos horas encerrado con 40 personas en un salón tomando clases, hoy mi habitación extraña a mis compañeros; hace un mes la contaminación auditiva era tanta que no sabía que había pájaros afuera.

En lo personal, este encierro ha sido sarcástico, ya que no soy una persona que guste de la compañía, siempre he preferido quedarme en mis cuarteles lóbregos de invierno, como decía el maestro Benedetti, pero me he dado cuenta que he desperdiciado mucha energía de la que gozo gracias a mi juventud y hoy sólo quiero salir con mis amigos a gritar y luchar contra aquellos que nos han marginalizado por ser jóvenes, llamándonos malentendidos; ansío el día en que se dé fin a esta horrible situación y poder gastar cinco pesos en viajar por las venas subterráneas de la Cdmx para así confirmar que aún hay movimiento y eso me indique que seguimos aquí, resistiendo.

¡Cambien el mundo, frígidos malentendidos

*Estudiante de comunicación de la UNAM.

Este texto se publicó el 24 de mayo en el número 2273 del semanario Proceso, en circulación 

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