Chaneca

Bertha Maldonado en 2005 Foto: Eduardo Miranda Bertha Maldonado en 2005 Foto: Eduardo Miranda

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En estos tiempos aciagos y tristes que estamos viviendo, sólo faltaba que Chaneca se muriera. No fue de covid. Fueron sus 92 años y una serie de complicaciones las que terminaron con la vida de una mujer que fue una luz para todas las personas que estuvieron cerca de ella.

La conocí en 1971, cuando entré a trabajar como redactora para ella, la directora creativa de McCann Erickson y Stanton y una de las publicistas más exitosas. Hice todo para ser su amiga y logré ingresar a su círculo cercano. Su casa era un lugar de encuentro maravilloso, donde siempre había abundancia de todo: afecto, discusión política, comida deliciosa. Era pródiga y desprendida.

Cuando vivió con su primer marido en Acapulco, Berta (su nombre era Austreberta, pero ella lo acortó), se peleaba con los lancheros y los vendedores en la playa porque maltrataban a los perros callejeros. Entonces empezaron a decir: “esta mujer es una chaneca”, en alusión a los chaneques, unas criaturas mitológicas cuya misión es cuidar a los animales silvestres. Los chaneques tienen fama de traviesos y a Berta (sin h) le quedó perfecto el apodo.

Nos unía, entre muchas otras cosas, el amor por los animales. Ella los recogía, curaba y daba en adopción. Un día se paró en el Periférico, arriesgándose a provocar un choque, para salvar a un perro paralizado del terror. Otra vez se trajo dentro de su bolsa, desde Monterrey, un gatito muerto de hambre que encontró cuando iba rumbo al aeropuerto. A mitad del vuelo el minino se puso a maullar y Chane le exigió a la aeromoza un poco de leche… ¡y consiguió que se la dieran!

Era una “salvadora” que también “rescataba” personas. Yo fui una de ellas y siempre le estaré agradecida. A lo largo del tiempo fue trayéndose a la Ciudad de México a los sobrinos de Nando. Llegaban de Ciudad del Carmen a vivir con ellos y Chaneca, con generosidad e inteligencia, hacía un diagnóstico para ver qué necesitaban: dentista, clases de inglés, incluso terapia.

Los adoptaba, ajuareaba, consentía y les abría un mundo de escritores y políticos que los alentaba a que encontraran su vocación. Cuando se divorció de Rafful, todos los sobrinos y sobrinas evitaron tomar partido, y siguieron visitándola y llamándola “tía”.

Cuando regresé de vivir en Barcelona, en 1985, quise volver a conectarme con mi mundo de antes, y organicé una comida, que resultó tan sabrosa que decidimos repetirla todos los viernes. Al principio vinieron mis compañeras feministas, pero muy pronto se sumaron otras, pues cada quien tenía una amiga “indispensable” a la que quería incluir. Yo invité a Chaneca, pero me hizo prometerle que no se toparía con una amiga común que había tenido un affaire con su exmarido.

Desde que se incluyó en el grupo de los viernes se volvió el hit de todas las demás. Muchas de las fantásticas aventuras que nos relataba nos llegaron a generar cierta incredulidad, hasta que un día Ruti, que era una de sus amigas más antiguas y cercanas, nos confirmó que eran absolutamente ciertas y que, al contrario, el relato de Chane era una versión más matizada de lo que realmente había pasado.

El espíritu intrépido de Chaneca encajó a la perfección con Jesusa y Liliana. Con ellas viajó mucho: a Nueva York, a Buenos Aires, a España. Además las acompañó, un tanto temerariamente pues en ese momento tenía 70 años, a Wiricuta, a subir el monte del Quemado. Logró llegar a la cima y desde ahí contemplar extasiada una tormenta de granizo que ocurría unos metros más abajo. Jesu y Lili recuerdan que de regreso en el hotel, cuando después de un rato buscaron a Chane, la encontraron acostada en la tierra, dialogando con un bichito diminuto bajo los efectos del peyote. Cuando Jesu se acercó a llevarle un vaso de agua, ella le recetó sabiamente: “Somos gajitos de la misma naranja”.

En octubre de 2010, en la revista Debate feminista, Chaneca (entonces de 82 años) escribió un texto titulado ¿Cuál vejez? Luego de un entrañable recuerdo de su amiga Lupe Marín, entra al tema: “¿Cómo estás?” “Muy bien, pero no como antes”. Eso es para mí la vejez. No existe si no te dejas. Sí existe el montón de años, sí existe la “edad” con sus tiesuras y dolores, aunque no quieras. Pero si no la tomas en cuenta, la muy cabrona se te olvida… ¿Cuál vejez?” Luego divaga acerca de distintas cosas. Dice: “hay un ejercicio o juego mental muy padre: defínete en dos palabras. Tardé mucho en encontrar las mías: curiosa y autónoma. Y sí, la curiosidad me mantiene alerta, y la autonomía me mantiene libre”. ¡Vaya que si acertó en autodefinirse!

Se radicalizó con el desafuero. A partir de entonces su obsesión fue que Andrés Manuel llegara a la Presidencia. Lo acompañó de muchas maneras, trabajó para él, se convirtió en una de sus “adelitas” y como publicista hizo el lema “Sonríe, vamos a ganar”. Y cuando finalmente AMLO ganó las elecciones en 2018, Chane respiró y dijo: “Ya puedo descansar”.

Chaneca fue amiga, mentora y salvadora de muchas personas. Entre las varias lecciones de vida que nos dejó fue la de siempre sobreponerse a cualquier malestar o tropiezo, a no amargarse y a disfrutar todo lo que se pudiera de la vida, pero siempre atenta a lo que necesitaban las demás personas y, claro está, los animalitos. Gracias es una palabra que apenas refleja lo que le debemos.

Este texto forma parte del número 2273 de la edición impresa de Proceso, publicado el 24 de mayo de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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