Los muertos

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hay una obsesión por contar a los muertos. Entran a los hospitales sin que sus parientes los vean agonizar y menos despedirse. Los que mueren en sus casas son contados por los insomnes que escuchan ambulancias y no pueden sino pensar que es por el virus. Medios como The New York Times hacen sus cálculos entre número de muertos el año pasado y los de éste, y pasan a hacer una resta (en la pandemia, los lectores hemos descubierto que los periodistas no entienden de modelos matemáticos y los intentan sustituir con simple aritmética). Así, dicen, hay miles de muertos más: 74 mil no contados para el 18 de mayo en todo el mundo; 16 mil 700 en Estados Unidos o 10 mil 900 en Italia, y hasta 400 en Suecia. La noticia sería un subregistro de muertos. La alarma no es que se murieran sino que sus cifras no desfilan ante nosotros en forma de gráfica de colores.  

En México algunos medios han ido mucho más allá: no sólo aseguran que hay más muertos, sino que se ocultan. Una operación para esconder cadávares de proporciones bíblicas, que incluiría la complicidad de autoridades estatales, enfermeras, médicos, forenses, matemáticos, funerarias, cementerios. Curiosamente los que claman por ese tipo de encubrimiento jamás reclamaron por los números precisos de muertos durante la guerra de Calderón a favor del Cártel de Sinaloa y, en cambio, la alentaron con crueldad o, al menos, con menosprecio por la vida de los “daños colaterales”. Los medios extranjeros alientan la confusión entre subregistro y ocultamiento porque su más reciente referencia del país fue Pedro Páramo. Ah, qué mexicanos, ni ellos mismos saben que ya están muertos. Basta ver cómo ilustran sus reportajes: un hombre hincado ante una virgen de Guadalupe o una señora vendiendo amuletos y veladoras.

En uno de sus libros más logrados (Ver. Cosas vistas, no vistas y mal vistas, FCE, 2010), el médico Francisco González Cussí nos señala la etimología francesa de la apalabra morgue: “mirar fijamente”. Luego nos lleva por un recorrido al lado de las novelas de Emile Zolá en las que uno de los espectáculos más populares de París era ir a ver cadáveres expuestos tras las vitrinas, acostados en mesas de autopsias, justo atrás de Notre Dame. Afuera se vendían dulces, pan de jengibre, muñecas, y armados con eso, niños, señoras, adolescentes, dibujantes, aficionados al crimen, iban a ver las puestas en escena. Escribe González Cussí: “Se vestía a los cadáveres de niños con trajes pintorescos y los sentaban en sillas, no los colocaban en las mesas de autopsias, para que el público pudiera verlos mejor. Cuando aparecían los efectos de la descomposición, se usaban cosméticos para ‘disimular’ el daño. En un caso particularmente aterrador la cabeza de una mujer, víctima de homicidio, comenzó a descomponerse y se contrató a un escultor de cera para que la copiara. La réplica siguió atrayendo a multitudes”. Después, cita un pasaje de Zolá en el que los cuerpos de las mujeres muertas excitan a un grupo de adolescentes que tienen ahí, en ese momento, su primer encuentro con el deseo sexual. 

¿Qué entraña esa visión de los muertos? Escribe el doctor: “La última transformación hace más que transformar, no confiere de ningún modo alguna forma: es un salto abrupto e imponente de todo a nada; una fugacidad inexpresable e incomprensible, en la cual lo que fue antes no tiene relación con lo que es ahora (…) Es humano, aunque no sea la mejor de nuestras características, regocijarse pensando que una dolencia a la cual nos creemos inmunes, afecte a otros pero no a nosotros”. 

Podría ser que algo de eso explique esta intención, acaso placentera, de que la epidemia sea mayor de lo que nos dicen los números. Porque, más allá de participar de una oposición golpista que le apuesta a un virus para crecer, una parte de la opinión pública quiere que no sea nada o sea el final de todo. Confieso que, en un solo día, yo mismo puedo pasar del pánico de estar contagiado a la placidez de nunca ser de los dos de cada 10. Nos sucede algo misterioso que encierra la frase del biógrafo de Paul Claudel, Jacques Madaule: “Sé que moriré, pero no lo creo”. Nuestra propia muerte jamás será parte de nuestra vida, por ello, la de los otros es la más cercana. Y, por ajena, se experimentará como alivio. Morir jamás será interior, sino exterior. No hay experiencia privada de morirse, por más tunel o luces que nos platiquen los místicos. El dejar de existir simplemente abandonará el hueco, breve o grande, que calibrarán los demás, los que se quedan. Por eso nadie se muere. Se nos mueren.

Hace ya 40 años Norbert Elías advertía en La soledad de los moribundos sobre el malestar que nuestra cultura tiene con los muertos. En ese texto conmovedor, lo que detalla es el distanciamiento que nuestra normatividad de conductas, a la que llamamos civilización, ha tenido para con los enfermos terminales y sus restos. Este malestar se refleja en la forma en que los muertos han salido del espacio público y se han refugiado en los hospitales, los forenses y las agencias funerarias. Cómo hemos dejado de verlos y tocarlos. Pero también de expresarlos. Las palabras con las que contamos para dar el pésame se han tornado fórmulas casi insensibles, y los rituales parecen vacíos de contenido. Las fantasías de inmortalidad pasaron de ser institucionales –las iglesias– a individuales y, en ese paso a lo íntimo, todos sabemos que son fantasías vanas.

Al contrario de la guerra, que enmarca a los caídos como héroes, las epidemias carecen de sentido mortal. No existen culpables, aunque se diga que son los chinos, o los pobres que salen a seguir trabajando, o los gobiernos improvisados o las corporaciones que se niegan a cerrar. La muerte natural, en una plácida cama y por vejez, parece ser el horizonte hasta el que nos está permitido pensar la muerte. Más allá están las enfermedades, los accidentes, y los homicidios. El contagio, a diferencia de la violencia, carece de culpables y juicios, aunque los seguimos haciendo. Pero hemos topado con el derrumbe de aquello que nos inculcaron: que el “sentido de la vida” es individual, que cada quien “lo encuentra”. De hecho, como demuestra Elías, ese sentido no puede sino ser social, pero nuestra cultura del Yo parece estarse despidiendo cuando se dice que alguien vive en medio de unos “otros” a los que no les importa si vive o muere. Esa situación hace de su muerte algo informal, distante, invisible. Su desaparición carece de algún lenguaje emotivo propio, que no sea el “lamentable”. Los que mueren solos, escribe el antropólogo, “hacen referencia a la conciencia de que es imposible compartir con alguien más el proceso de morir. Puede expresar el sentimiento de que, con la propia muerte, el pequeño mundo de nuestra persona, con sus recuerdos únicos, con los sentimientos y las experiencias que sólo nostros conocemos, con el saber que nos es propio y con nuestros sueños, desaparecerá para siempre. Puede expresar el sentimiento de que, al morir, nos sentimos abandonados por todas las personas a las que nos sentíamos unidos”. La vida única, especial y separada, se topa con su muerte solitaria. Un sentido sólo individual de la vida te lleva a una muerte asocial. 

El cliché dice que “son más que cifras”, pero, ¿qué son los muertos de la pandemia? Instrumento para presumir que algún medio de comunicación sabe más que todas las autoridades sanitarias. Alivio por no ser uno de ellos. La extinción de un hombre solo y desechable. Si atendemos al origen de las “personas” en la Roma antigua, éstas eran patrimonio exclusivo de quien podía mandar hacerse una máscara de su rostro. Los esclavos carecían de ellas y, por tanto, eran sólo “vivientes”, no seres humanos. La lucha por ser personas siempre ha sido por tener una máscara propia. Los muertos de estos días son todo lo que no es humano y sólo es biológico. Esos muertos carecen de identidad porque de ellos sabemos edades, propensiones, enfermedades crónicas, regiones. Son cadáveres contabilizados, subregistrados, ascendentes, descendentes. Eran “portadores” y quedan excluidos en su propia intemperie incorpórea.

Es como si el virus, invisible a la vista, hubiera extendido su secreto hasta ellos. 

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