“Carta de Nueva York: El covid y los migrantes”, de Lydia Neri

Trabajadores que usan equipo de protección personal entierran cuerpos en una trinchera en Hart Island, en el distrito de Bronx de Nueva York. En el estado de NY suman más de 23 mil los muertos. Foto: AP / John Minchillo Trabajadores que usan equipo de protección personal entierran cuerpos en una trinchera en Hart Island, en el distrito de Bronx de Nueva York. En el estado de NY suman más de 23 mil los muertos. Foto: AP / John Minchillo

SAN FRANCISCO, California (proceso.com.mx).– En este país el covid-19 se ha ensañado más que con ningún otro. A tal grado que el pasado domingo, en un doloroso homenaje, el New York Times publicó una portada histórica con sólo nombres, a plana entera. NY es, al mismo tiempo, la región más afectada en esa nación. La poeta Lydia Neri, nacida en la Ciudad de México, elaboró desde el otro extremo del país, el Este de la Bahía de San Francisco –donde radica y realiza videos con la comunidad latina–, el siguiente testimonio sobre las muertes de migrantes mexicanos anónimos, que se reproduce enseguida con su autorización.

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México lindo y querido, si muero lejos de ti, quién podrá decir que estoy dormido y me traerá de vuelta aquí… México lindo y querido, si muero lejos de ti… Si muero aquí, en Estados Unidos, en estos tiempos de pandemia, y si tengo la suerte de tener un hogar y familia y dinero y “papeles”, tal vez puedan sepultarme, o tal vez no. Tal vez me incineren y quizá puedan hacer un velatorio… o tal vez no. Tal vez algún día, cuando todo esto acabe, algún familiar mío pueda llenarme de flores y llevarme, con rezos y ritos en una pequeña urna, en viaje de regreso a mi patria.

Pero si muero aquí, en Nueva York, México lindo y querido, y no tengo “papeles”, ni familia ni dinero y me muero solo, en el cuartucho destartalado que comparto con tantos otros de mis compañeros de trabajo, y ellos salen despavoridos huyendo ante mi muerte, no sólo por temor al contagio, sino porque la migra llegará junto con la ambulancia que va a recoger mi cuerpo…

Entonces, México lindo y querido, yo, terminaré enterrado en esa inmensa Tumba de Babel, junto a miles de inmigrantes desconocidos que llegaron llenos de sueños a Nueva York y murieron, y nadie nunca ha reclamado. Y ahí me quedaré sin que alguien sepa que me he ido: sin rezos, sin flores, sin llantos… Ahí, adonde van los más pobres, los indigentes, los sin familia, a esa fosa, llaga gigante sobre la carne de la Isla del Ciervo (o la Hart Island) de la costa del Bronx. La isla de los muertos.

…Y cuando mi madre me busque, y no escuche mi voz… y cuando su gasto no llegue… Y cuando mi hermano me llame; y cuando mi niña me escriba… México lindo y querido, no habrá quien les conteste, pues yo estaré metido en una zanja fangosa recién excavada, yerto en una bolsa de plástico y dentro de una triste y desvencijada caja de palo. Inerte, entre hileras de cientos, o miles de cajas idénticas convertidas en ataúdes que en lugar de haber sido depositadas, en un acto funerario por sepultureros, habrán sido amontonadas por presos mal pagados de las cárceles locales, que sin más, apilan cajas con seres humanos uno encima de otro, encima de otro, encima de otro… y así sin fin, sin rituales, ni epitafios.

Ahí quedaré, en ese lugar, en el entierro expedito de una de tantas morgues atestadas de cadáveres y aterradas ante tanta muerte por el virus. Seré un cuerpo más en el programa de gobierno que las autoridades de la Gran Manzana llaman pomposamente “cementerio público de contingencia”, y que nosotros llamamos por su nombre: fosa común.

Qué diría mi madre si supiera que mi sueño americano terminó enterrado junto conmigo en una isla abandonada e inaccesible, desoladora, custodiada por carceleros y famosa por ser el cementerio más grande de Nueva York desde 1868, y donde dicen hay más de un millón de seres sepultados.

Una isla fantasmal, deshabitada, llena de dolor, con restos de edificios que un día fueron un campo de prisioneros, un hospital psiquiátrico, y un centro para tuberculosos desahuciados… un lugar de acceso prohibido, sólo accesible para los carceleros y presos que en tiempos de guerras y pandemias se vuelven sepultureros.

Allí iré, México lindo y querido, adonde nadie, nunca, podrá traer a mi alma errante el consuelo de una ofrenda en noviembre: no habrá flores, ni incienso ni velas, ni música ni panes ni frutas, ni guisos de mole ni tamales; ni veredas hechas de esa flor naranja, el cempasúchil, que alumbran con sus pétalos los caminos de los muertos cuando visitan a los vivos. Nadie sabrá de mí. Yo habré desaparecido de la faz del planeta sin rastro, sin huella. Sí, seguro, eventualmente habrá algunas estadísticas y seré un número más, sin datos personales… así me iré. Invisible llegué, invisible viví, invisible me voy …si muero lejos de ti.

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