La pandemia nuestra

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde el 15 de marzo, cuando varios medios mataron a un empresario sin que hubiera muerto –José Kuri, y un grupo de adinerados vacacionistas, entre ellos el presidente de la Bolsa de Valores, habían regresado de esquiar en Vail, Colorado, y desarrollaron síntomas–, la pandemia mexicana describe la curva nunca aplanada de nuestras asimetrías. El contagio llega de los millonarios que regresan de sus retiros en las nieves virginales –como quiso Ricardo Palmerín– y dos días después, el 17 de marzo, aparecen los primeros videos de personas que fingen tener la enfermedad (David Jassan, apodado por las redes Lord Neumonía). Hay una forma de la envidia global: si en Europa ya hay casos, por qué nosotros no. La idea de que hay que copiar todo lo que viene del Primer Mundo se desploma con el covid: Italia, Bélgica, Inglaterra y España, y después Nueva York, caen presas de sus inencontrables sistemas de salud pública. No podemos ser mejores o tener más suerte –la epidemia llega a México un mes después que a Italia– sino que algo nos ocultan los médicos, el gobierno, los matemáticos. Hay ansiosos de sus 15 minutos que se filman en estado de gravedad sin siquiera meterse un popote por la nariz. 

En las siguientes semanas se dirá que el gobierno prohíbe que los laboratorios privados hagan pruebas rápidas (López Dóriga) o, incluso, que ha comprado de alguna forma “medicinas piratas en China” (Loret de Mola). El camino al socialismo está en las cabezas de quienes no podrían alcanzar notoriedad sin enfrentarlo de cara al selfie. En un inicio, es el ocultamiento: un médico, Moreno Sánchez, habla a un programa radiofónico de Paola Rojas para informarle que hay nueve casos de coronavirus en su hospital, el ABC. Esto se hará casi costumbre: decir que hay más casos que los que reporta la autoridad, aunque en su registro intervengan médicos, hospitales y secretarías estatales de salud por toda la República. El senador por el Movimiento Ciudadano Samuel García declara que “se maquillan cifras” del virus al registrarlas como influenza (13 de marzo). También será rutinaria la acusación de “confundir” covid con influenza o “neumonía atípica” (Felipe Calderón), aunque ésta sea sólo un resultado de cualquier enfermedad pulmonar. El senador García se casa con inoportuno boato en medio de la pandemia y se exhiben fotos en las que no reporta ningún interés por el posible contagio (28 de marzo); trata de vender por la red insumos exclusivos para médicos y enfermeras (1 de mayo); y termina impulsando firmas para revocar el mandato del presidente. Éste, López Obrador, se pone en el centro de la disputa por la epidemia mexicana: siguiendo los prejuicios de un infame texto que lo calificaba de “mesías” y, luego, en un documental de la misma autoría, como “populista”, se repetirán los adjetivos: no está a la altura –¿de quién? ¿de Boris Johnson? ¿De Trump?–, improvisa –la pandemia que se presagió antes de que estornudara el primer pangolín–, hay más muertos. Claudio X. González, el hijo del empresario, asegura que hay tres veces más y, una semana después, que los multipliques por cuatro. Comienza el desfile de la regla de tres, ante la imposibilidad de entender una modelación matemática: si en China son tantos, y se murieron tantos, entonces aquí se va a morir el equivalente a Tijuana. Más tarde se restarán muertos del año pasado con respecto a éste, y de ahí se saca una cifra que discrimina a los accidentados, infartados o baleados. Finalmente, el 21 de marzo el expresidente Calderón reproduce en su Twitter una fotografía de un niño originalmente dominicano con una pancarta para sus autoridades y la hace pasar por un mensaje contra López Obrador. 

Así llegamos al encierro que fue del 23 de marzo al 30 de mayo del año en que la saliva nos detuvo. El centro de la atención se desplaza del presidente al subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell. En sus manos –“Quédate en casa”, es la orden– está un esfuerzo didáctico por instruirnos, no sólo sobre este virus, sino en general sobre epidemias, enfermedades –“comorbilidad”, nuevo concepto aprendido–, estadística, modelación matemática, cómo funcionan los dos sistemas de registro, “Centinela” –encuesta– y caso por caso. Los varones, los mayores de edad, diabéticos, hipertensos, obesos, fumadores, resultamos las víctimas mexicanas del virus global. La alimentación chatarra y los refrescos como sustitutos del agua, nos han puesto delante del virus que escarba nuestros pulmones y provoca coágulos. El sistema de salud deberá quintuplicar sus camas y aparatos respiratorios mecánicos para hacer frente a los casos de contagio graves. “Aplanar la curva” significa bajar la velocidad con que se presente el número de casos, de tal manera que no saturen los hospitales y alargarla en el tiempo, dos, tres meses más. 

A las dos semanas de iniciada “la Susana Distancia” –la heroína dibujada para promocionar la jornada–, las conferencias se convierten en la repetición de preguntas sobre “si se multiplica o no por ocho” el número de contagios (el 8 de abril se utilizó esa cifra para dar una idea de “lo que no se ve” y sucede fuera de las clínicas y hospitales); cuántos ventiladores, camas, mascarillas, batas hay; qué es la “neumonía atípica” y por qué no se confunde con los casos reportados. Por no entender el sentido de la estrategia, casi todas las preguntas son sobre números, cantidades, porcentajes, que se repiten pero jamás se entienden. 

La conferencia de las siete de la noche se transforma en el final del día para los encerrados, que cuentan su vida en apariciones de López-Gatell. A él se le hacen “memes” y animaciones GIF como vigilante, San Juditas Tadeo, o superhéroe. Algunos medios intentan hacerlo pasar por “comunista” –la Guerra que llegó del Frío– por haber participado, décadas atrás, como líder estudiantil. Se le aplica el término “político” como si fuera un degradante, y se usa “técnico” como sinónimo de neutro. Por las conferencias pasan psiquiatras que previenen de la frustración y la depresión en el encierro, los niños y sus preocupaciones –las preguntas hacen ruborizar a los periodistas–, las madres sin que nadie las ayude; los discriminados por género, etnia o clase social; las trabajadoras del hogar que ya no pueden ir a una casa a limpiar y cuidar. La repetición de las mismas preguntas por parte de los reporteros, hace que el auditorio estalle en reconocimientos a la paciencia del médico-vocero. “Ya lo expliqué pero con gusto se lo respondo”; “Muy importante su pregunta”; “Se lo aprecio”, son la cordialidad en un hábitat que va enrareciéndose. El viernes 17 de mayo, el conductor del noticiero estelar de Tv Azteca, Javier Alatorre, sin justificación alguna, exclama: “Como todas las noches, el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, encabezó la conferencia sobre covid-19 en México, pero sus cifras y sus conferencias ya se volvieron irrelevantes. Es más, se lo decimos con todas sus palabras: Ya no haga caso a Hugo López-Gatell”. Se especula que el ataque proviene de la negativa del emporio de licuadoras y remesas en dólares a cerrar por la contingencia. De hecho, su dueño comienza una campaña en donde enlaza la alegría de vivir con salir a contagiarse. “México los necesita. No dejaremos que el miedo nos domine”, les dice a sus trabajadores (24 de marzo) y, hacia el final de la jornada de sana distancia, califica a los que seguían en sus casas, “sin salir a vivir la vida con todo y sus riesgos”, de “apendejados” (25 de mayo). La tarde del viernes 1 de mayo, la televisión abierta transmite la irrupción de un grupo de personas al Hospital Las Américas de Ecatepec, Estado de México. La señora que sale a cuadro, María Dolores, dice: “El covid no existe y algo le inyectaron a mi hijo para matarme a mí”. En un solo día, la línea de ayuda en contra de la discriminación por covid recibe 140 llamadas, entre ellas, las de varias enfermeras a las que se agrede en la calle o cuyos vecinos les piden que se muden. El virus es el miasma medieval o no existe salvo como conjura. En lugar de la saliva, se va optando por pensar que se contagian los países, luego, los objetos, más tarde, los que brindan la salud y atención médicas. 

Con los gobernadores de Baja California, Jalisco y Nuevo León en contra de la estrategia nacional, el clima se enturbia en las conferencias de la tarde. Una reportera del Sol de México (7 de mayo) pregunta: “Doctor, ¿le ha mentido a México?” y, como en casi 20 minutos de silencio, no puede encontrar la cita del exsecretario de Salud, José Narro Robles, de donde sacó la fuerza para hablar, al día siguiente, para vengarla, otra reportera del mismo medio simplemente asegura: “¿No le importa, entonces, que la gente no le crea?” Un conocido panegirista de Claudio X. González arremete desde la versión en español del NYTimes con un reportaje donde el subregistro de muertes se convierte en “ocultamiento”, donde unos médicos deshonestos, unos hospitales conjurados, unos gobernantes ruines, esconden cadáveres en la Ciudad de México. A la única fuente que cita es a una que se había referido a López-Gatell como Joseph Mengele desde las páginas editoriales del Reforma. 

Al final de la jornada, la pandemia sucede en la idea que nos hacemos de ella, los terrores que nos provoca; lo que nos tranquiliza el que tenga fases; lo que incomoda que sean distintas epidemias por región del país. Comienza el farragoso, incierto, regreso a la vida de nuestras asimetrías. 

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