“¿En dónde estaba usted cuando soñó que le daban el Premio Nobel de la Paz?” (Cuestionario a Luis Echeverría)

El escritor, cronista y ensayista, Carlos Monsiváis. Foto: archivo Proceso

Este 19 de junio se conmemora el décimo aniversario luctuoso de Carlos Monsiváis.  En su memoria, Proceso evoca al escritor, cronista, ensayista y uno de los narradores más destacados en las letras del país con el presente artículo.

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- La presentación de Luis Echeverría Álvarez, el 2 de julio, ante el fiscal especial Ignacio Carrillo Prieto, no es una farsa ni puede serlo. Sin ser un inicio resplandeciente, sí es una victoria no desdeñable sobre la impunidad que siempre ha desdeñado dar razones. Comparece ante la justicia uno de los grandes líderes morales de la historia del PRI (lo fue, y lo que digan ahora de él los priistas es, una vez más, el exorcizar en vano la autocrítica), el pretender ser el más astuto de todos, el dueño de la última palabra a través de aluviones verbales y enredijos. Esta vez falla, porque la mera existencia del cuestionario lo ingresa a la otra Historia (no la de los arcos del triunfo del PRI). ¿Qué salida tiene? Fue el secretario de Gobernación y del presidente de la República de una etapa muy autoritaria, y esto desmenuza su caudal de mentiras (amnesias súbitas, vaguedades y falsas astucias) y hace a un lado las argucias burocráticas.

La primera pregunta es tajante: “¿En qué lugar se encontraba el 2 de octubre de 1968 al suceder los hechos? ¿Con quién?”. No se trata de la encuesta tipo “¿En dónde estaba usted cuando se enteró de la muerte de John Kennedy?” o ¿Qué discos pusiste el día que mataron a John Lennon?”, porque ese día el secretario de Gobernación de México supo con detalle los dispositivos del gobierno para ese lugar, y participó a fondo en las decisiones. O eso, o efectivamente Echeverría vivió de 1964 a 1970 en el extranjero. En 1968, el secretario de Gobernación, segundo poder civil de la República, concentra información, discierne un buen número de aconteceres políticos y está al pendiente de los mínimos detalles. Junto con el secretario de la Defensa y el procurador general de la República es el responsable de la seguridad del Estado, y -testifican la tradición del PRI- sólo el presidente de la República dispone de mayor capacidad de decisión.

Insisto, el interrogatorio es muy útil al margen de las brumas que Echeverría lance a su encuentro. Son previsibles las contestaciones del expresidente a los interrogantes: “¿Recibía información de parte de Inteligencia Militar? ¿Esto era diario? ¿El Estado vio amenazada la tranquilidad social con el mitin convocado por los estudiantes? ¿Cuál fue su postura como secretario de Gobernación con la forma en que interviene el Ejército y demás autoridades en los hechos del 2 de Octubre? ¿Se la externó al presidente? En caso afirmativo, ¿qué instrucciones le dio el presidente al respecto?”. Si suplanta al expresidente, el lector podrá contestar con exactitud pasmosa. La verdad es otra cosa, ya consta en muy buena medida en actas y hemerotecas y la postura de Echeverría entonces -inequívocamente- es de apoyo incondicional a la posición de Díaz Ordaz, en gran medida fruto de las iniciativas del secretario de Gobernación. En 1968, Echeverría no se abstiene de elogiar las acciones represivas y las jactancias del gobierno. Lo dice el 30 de julio en la madrugada, luego del bazucazo en la Preparatoria de San Ildefonso, en la reunión de “alto nivel” para explicar “la conjura contra México”, en la que también participan el regente de la ciudad Alfonso Corona del Rosal, el procurador general Julio Sánchez Vargas y el procurador del DF, Gilberto Suárez Torres. Allí el cuarteto sostiene: la intervención del Ejército fue a) razonable, b) sirvió a los intereses de la colectividad, y c) estuvo apegada a la ley. Y Echeverría se sigue por su cuenta:

Las medidas extremas adoptadas se orientan a preservar la autonomía universitaria de los intereses mezquinos e ingenuos, muy ingenuos, que pretenden desviar el camino ascendente de la Revolución Mexicana.

Por supuesto, y dada su índole declarativa, no perdona ni el autoelogio de grupo ni la burla:

México se esfuerza por mantener un régimen de libertades que difícilmente se encuentran en otro país, en contraste con lo que ocurre en las dictaduras, de cualquier signo político, o en las naciones en que impera el caos y la violencia… La Central Nacional de Estudiantes Democráticos -“expresión juvenil del Partido Comunista”, tercia el licenciado Sánchez Vargas- fue la que planeó los acontecimientos.

Echeverría jamás menciona de nuevo a la CNDED, y se concentra en el control político y la represión. Ésta es su función primordial, y no hay un sólo dato en contrario. Ni por un segundo se enfrenta a la política de su jefe. Su compañero de gabinete, Antonio Carrillo Flores, en una carta a Corona del Rosal del 25 de julio de 1979, explica por qué declaró “que quienes por razón de su cargo podían aportar (sobre Tlatelolco) datos de primera mano eran los secretarios de Gobernación y de la Defensa y el jefe del Departamento”. Y agrega también: … “coincido en absoluto con su apreciación: quienes tuvimos el honor de ser miembros del gabinete de don Gustavo Díaz Ordaz y seguimos en nuestros cargos hasta el 30 de noviembre de 1970, nos solidarizamos políticamente con las decisiones de su gobierno, pues pudimos y debimos renunciar en caso contrario”. Carrillo Flores, por lo demás, no sólo no renuncia, también pregona en la Columna de la Independencia: “Hay paz en los campos, en las ciudades y en las conciencias” (16 de septiembre de 1970). De seguro su frase viene de un muestreo muy selectivo y científico.

Todos los muertos son virtuales

El modo en que ahora se califica a Luis Echeverría decepciona a su ilusión de eternidad. Pero, traidoramente, su pasado no lo deja mentir. Antes de avizorar el liderazgo de los No Alineados, Echeverría es un soldado fidelísimo de la Guerra Fría y esa lealtad lo conduce a la Presidencia y marca sus acciones en 1968. Por eso, en la Cámara de Diputados, la mayoría priista a las órdenes de Echeverría justifica el 4 de octubre la matanza de Tlatelolco:

PRIMERO: Es imperativo mantener la unidad nacional para la defensa de las instituciones y el progreso de nuestra patria.

SEGUNDO: Las medidas tomadas por el Poder Ejecutivo Federal, para garantizar la paz de México, corresponden a la magnitud de los acontecimientos y a la gravedad de las circunstancias.

TERCERO: Es indispensable que los jóvenes que han participado en estos recientes disturbios reflexionen y eviten seguir siendo instrumentos de quienes tratan de dañar los grandes intereses del pueblo mexicano.

Lo típico, a la represión inmisericorde sigue el regaño. No en balde en 1974, en su aciaga visita a la Ciudad Universitaria, ante el reclamo de quienes exigen justicia en lo tocante al 2 de octubre y el 10 de junio, Echeverría se exaspera: “¡Jóvenes fascistas, jóvenes del coro fácil!”. Le disgusta sobremanera que se le vaya de las manos la complicidad de la Historia. En 1968, el gobierno maneja la memoria y, salvo las marchas y los mítines y un puñado de revistas y periódicos, monopoliza la voz pública. Algo similar, aunque disminuido, sucede en el sexenio de Echeverría, pero luego, al venir a menos la era del PRI y producirse el destrozadero de los prestigios, los embargos de la memoria pública se diluyen. En 1998, Echeverría se mofa de la comisión de diputados que van a su casa de San Jerónimo; en 2002, de nada le sirven en la comparecencia su evidente fastidio, su semblante pétreo y su necesidad “de consultar el Archivo General de la Nación”. ¡Ah!, qué bello cuando lo agredían con el rencor de la impotencia. ¡Ah!, qué desdicha expresarse en el idioma que no convence a nadie.

Las preguntas acechan: “¿Les informaron al momento lo que sucedía en la tarde del 2 de octubre? ¿Quién lo informaba? ¿Qué órdenes recibió usted como secretario de Gobernación para la solución del movimiento estudiantil del presidente Díaz Ordaz? En un anticipo de este cáliz, en 1998, Echeverría balbucea: “¡La matanza de Tlatelolco fue un exceso!”. El término es inconsistente (ningún crimen colectivo es un “exceso”) y es por lo menos curioso que tarde 30 años en obtener tan tibia conclusión, pero entonces, en su proyecto de fuga, Echeverría discrepa de la versión de Díaz Ordaz, “salvo en dos o tres líneas”, y no se fija en su retraso explicativo porque, de seguro, los tiempos presidenciales son sui géneris. Y la disculpa de 1998 va envuelta en el idioma que se emancipa de la significación:

-¿Quién ordenó (la matanza), el presidente Díaz Ordaz?

-El presidente es el comandante supremo. Así lo ordena la Constitución, así lo consigna la ley. Yo lo fui, pero hasta el 1 de diciembre. Pero la cosa no es tan simple. Se acumularon muchos problemas y se complicaron muchísimo. Y los problemas que economistas y políticos no pueden resolver, se tornan en violencia…

-¿Fue entonces el jefe del Ejército el que ordenó disparar?

-Fue una dirección del Comando Supremo de las Fuerzas Armadas, el presidente de la República.

-¿Fue Díaz Ordaz entonces?

-Pues sí.

-Pero, ¿él ordenó disparar?

-No, él no ordenó disparar…

Cuando se pierde el poder supremo, se pierde también el dominio feudal de las contradicciones. Al recordar su lógica tan categorizable como la arena, uno prevé cómo saldrá al paso de lo siguiente:

¿Por qué, si el mitin del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas, fue anunciado con anticipación a las autoridades y los medios, al momento de ya iniciado fue cercado, copado y balaceado por elementos del Ejército, de las policías federales u locales, del Estado Mayor, del Batallón Olimpia, quienes dispararon contra los estudiantes asistentes, causándoles la muerte a varios y lesionando a otros?

Insisto: las levitaciones verbales del expresidente resultan de antemano menos interesantes que las preguntas, porque cada una de éstas sintetizan un expediente, y los miles y miles de testimonios de un hecho. Para Echeverría, lo ideal serían las incitaciones que le consientan la especulación, del tipo de “Hay mucha gente interesada en saber qué pasó el 2 de octubre. ¿Sería tan amable de aportarnos su versión?”. Y, entonces, el Licenciado respondería algo por el rumbo de: “Somos maduros, y por tanto, lo que se dice que pasó, se presta a tergiversaciones manejadas por las potencias de uno y otro signo”. Pero el jogging demagógico no va muy lejos ante la curiosidad radical:

¿Quién ordenó la detención en diversas cárceles de esta ciudad y del país de las personas, entre estudiantes, asistentes al mitin y vecinos, que se encontraban aquella tarde en el edificio Chihuahua de Tlatelolco y edificios contiguos, así como la de miles de personas que se encontraban en la explanada de la plaza en esa fecha?

Si Echeverría contesta directamente, responsabilizaría a otros; si -como de costumbre- busca hipnotizar a las palabras para que duren en pleno caos de aquí al fin de la sesión, dirá que lo que pasó es producto de lo que no debió pasar, pero que a fin de cuentas pasó de otro modo. Para su infortunio, la obtención de la memoria histórica pasa por la exigencia de respuestas concretas y el abismo entre las preguntas y lo que éstas obtienen será el descalabro del exmandatario. En una parte del cuestionario, 11 preguntas sucesivas comienzan igual: “¿Como secretario de Gobernación…? , y a continuación el hecho que le correspondía por sus funciones. Ahora, el ejercicio del poder casi absoluto o absoluto es la trampa que se cierra sobre sí mismo. Echeverría sí fue secretario de Gobernación en 1968, y a partir de allí Edmundo Dantés no podrá escapar del castillo de If ni retornar triunfal como el conde del Tercer Mundo. (Fin de la metáfora).

La precisión de las preguntas es lo detallista de la certidumbre histórica. A 34 años de distancia, la verdad primera y última sobre los hechos del 68 (la represión salvaje de estudiantes a fin de cuentas democráticos y pacíficos) le pone sitio a Luis Echeverría y -algo igualmente valioso- impulsa una versión severa sobre hechos monstruosos.

 “Los comunistas le prendieron fuego a Tenochtitlán confundiéndola con Roma”

 El sentido de las preguntas se opone frontalmente a la versión del expresidente, expresada por su abogado defensor Ricardo Cuéllar Salas (nota de Jorge Ramos Pérez, El Universal, 5 de julio de 2002). El licenciado Cuéllar desdeña la acusación de genocidio (“No tiene ningún sustento”), localiza un complot (“El gobierno de Fox utiliza políticamente el asunto… Yo no creo que haya sido coincidencia que se haya citado a Luis Echeverría el 2 de julio) y razona a partir de su educación en la Guerra Fría:

-¿Eso (el movimiento empeñado en hacer la revolución en México) puso en riesgo la estabilidad del país?

-Lo pusieron en riesgo con todo un programa para desestabilizar al gobierno. En ese tiempo hubo guerrilla, asaltos, secuestros. Y esto lo vemos muy claramente narrado en un informe presidencial de Díaz Ordaz el 1 de septiembre de 1968. El presidente hace un llamado al pueblo a responder por la imagen de México que está en tela de juicio. Había interés en que no se llevaran a cabo los Juegos. Lo que sucedió, quiénes fueron, ahí está la parte importante de quiénes encaminaron a México a toda esta situación. Esos grupos tienen una dosis de participación que hay que poner en tela de juicio.

No únicamente el Partido de Acción Nacional, en la voz de su diputado Luis Pazos, señala a los estudiantes como los responsables y victimarios de Tlatelolco (confrontar la entrevista de José Gutiérrez Vivó del 4 de julio de 2002); también en voz de su abogado defensor, Echeverría retorna a su escritorio de secretario de Gobernación, y como de costumbre se prepara a dar su versión pasmosa, ante el cinismo y la insistencia, ¿qué pruebas hay, las mínimas, de un programa para desestabilizar al gobierno? ¿Qué “guerrilla, asaltos, y secuestros” se produjeron antes del 2 de octubre por parte de los grupos revolucionarios? Y muy especialmente, ¿qué informaciones sobre la conjura aporta Díaz Ordaz el 1 de septiembre de 1968? Al releer el (cursilísimo) Informe padezco la retórica de la Guerra Fría, pero nada más. Éste, según Díaz Ordaz, es el repertorio de sus enemigos: desórdenes juveniles/ (los mexicanos) no tienen un gran vigor físico, pero sí espiritual/ brotes violentos/ la injuria no me ofende; la calumnia no me llega; el odio no ha nacido en mí/ No admito que existan presos políticos/ la sistemática provocación/ saqueo de comercios y camiones de refrescos/ molestias a los transeúntes/ libertinaje en el uso de todos los medios de expresión y difusión/ Hemos dado ocasión… a que resucite la injusta y casi olvidada imagen del mexicano violento, irascible y empistolado/ Rindo emocionado homenaje a esas manos (de la juventud campesina) que no saben manejar billetes de banco, que muy rara vez sienten el halago de una caricia”.

Casi nadie toca nunca las manos de los campesinos jóvenes: he allí la afirmación primordial. Pero, el afán, tan comprensible, de exaltar a su cliente no lleva al licenciado Cuéllar Salas a enterarse, así fuese en lo mínimo, de los sucesos de 1968 en la Ciudad México, y en cuanto a su defendido, los discursos tercermundistas más que probablemente le oscurecen sus recuerdos. Díaz Ordaz no mencionó en su Informe guerrillas, asaltos y secuestros, y nunca se intentó probar, ni siquiera en los procesos monstruosos de los presos políticos, el intento de sabotear la Olimpiada. Y por eso se oye aún más hueca la explicación echeverrista del 2 de octubre a través de su abogado:

-La responsabilidad constitucional del gobierno era hacer prevalecer las instituciones y todo esto seguramente dio origen a que se tomaran decisiones de que participaran los grupos de orden y evitar que hubiese una situación adversa. Se lleva a cabo una manifestación el 2 de octubre y no creo, de ninguna manera, que haya habido una orden de que se llevara a cabo ese acto como sucedió al final.

¡Qué astutos son los licenciados Echeverría y Cuéllar! En la anticipación de la respuesta al cuestionario queda claro que: a) no hay vidente al tanto de cómo termina una provocación criminal; b) la responsabilidad es de los instigadores, los estudiantes y sus manipuladores en las sombras; c) a quien deben enviarle los próximos 100 cuestionarios es a otro, desdichadamente fallecido: “Las decisiones tomadas el 2 de octubre de 1968 para mantener la estabilidad del país, son responsabilidad del presidente Gustavo Díaz Ordaz”.

Lo más significativo de esta primera comparecencia del expresidente Luis Echeverría es su origen simbólico y muy real: la presión de la sociedad, requerida de contener a la vez sus dos pesadillas: la impunidad y su propia impotencia histórica ante ella. El cuestionario tritura las mañas y las dilaciones, porque si las preguntas configuran la perspectiva de los ciudadanos, las respuestas -es ya posible asegurarlo- trazarán el afán de jamás responsabilizarse de represiones, corrupciones y delirios de autoridad. En esta ocasión, las preguntas desempeñan también el papel de las respuestas y cancelan probatoriamente las exculpaciones.

Este artículo se publicó el 7 de julio de 2002 en el número 1340 del semanario Proceso

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