Monsiváis (una N. de la R.)

viernes, 19 de junio de 2020 · 12:38
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- “Ya que no tuve niñez, déjenme tener currículum”, escribe Carlos Monsiváis, una vez que, en su evocación de 1943, emigra con su familia de La Merced a la colonia Portales en busca del prometido Templo presbiteriano. Instalado en la soledad de la minoría que ve en Juan Diego al primer fan del star system, reconoce que su familia es como cualquier otra: Edipo es el gentil griego que mantiene unida a la familia mexicana. En los libros bíblicos, en los cómics y en el voyerismo del California Dancing Club adquiere por igual la devoción como memorización sonora y el estremecimiento espiritual del ruego: “Otros tres de pollo, por favor”. La tragedia griega la lee como novela policiaca, antes de que cundan las telenovelas. Sin aliento para competir en la natación de la Y (Guay) contra Alberto Isaac, decide experimentar la Ciudad de México como se vive una descripción y a las descripciones como todo lo que no dijeron sus maestras en la primaria Pedro María Anaya, en San Simón Ticumac, sobre los ídolos patrios: “Un héroe sin eslóganes es como una maestra de primaria que no llora el 15 de mayo”. Resume su infancia como materia optativa: “Historietas, himnos y soledad”. A los 13 años ayuda a su tío a repartir volantes a favor de Miguel Henríquez Guzmán, el candidato cardenista que osa enfrentar al PRI alemanista. Les hacen fraude electoral y son masacrados en La Alameda el 7 de julio de 1952. “La derrota y la represión”, escribe, “representan mi ingreso al escepticismo y el desencanto”. Tras un breve paso por un club que llevara el nombre de un comunista brasileño (Luis Carlos Prestes), decide que lo suyo es “el socialismo sentimental”: John Reed, Upton Sinclair, las brigadas internacionales en ayuda de la República en España, y las huelgas de pizcadores que narra John Steinbeck. Ya en la Prepa Uno, la de San Ildefonso, se abate por saberse de “una generación-puente”: “Sigo viviendo el desenfado como meta y no, de modo natural, como punto de partida” (Amor perdido, 1980). A falta de círculos marxistas y cine-clubes, la didáctica sensible de lo épico (la del sexo está marcada por el vestido entallado de María Victoria y el mambo) está en los discursos de la logia masónica 18 de Marzo, donde se sigue aplaudiendo el fusilamiento de Maximiliano y denunciando la excomunión del padre Hidalgo. Pero lo que lo lleva a la escritura del presente, a la filosofía del instante, será el golpe de Estado en Guatemala de la United Fruit Company contra Jacobo Arbenz. De inmediato, Luis Prieto, Sergio Pitol, Alejandro Peraza y José Guerrero se autoconstituyen en Comité Preparatoriano y marchan al lado, o atrás, de Diego Rivera, Frida Kahlo llevada en una cama, y Carlos Pellicer, por Cinco de Mayo. De esa marcha surge la primera crónica de nuestro conmemorado que, por publicarse en la hoja de los estudiantes de Prepa Uno, carece de extracto citable. En su lugar, citemos su autobiografía de 1966 (N. de la R.: que le ha dado ínfulas al doliente para atreverse a escribir sobre la infancia y juventud del personaje): “Me conmovía entonces, como lo sigue haciendo, la actitud de la mayoría de esos hombres y mujeres convencidos de su eficacia, a pesar de todas las pruebas aportadas en contra por la reaccionaria realidad”. Lo épico no será, desde ese momento, lo conseguido, sino lo luchado, a pesar y justo por la derrota previsible. Así serán los sesenta narrados en Días de guardar, entre la visita de Jim Morrison a las pirámides teotihuacanas, la imposibilidad del ser moderno en un café-galería de la Zona Rosa, y la Marcha del Silencio en 1968. Ahí, los ejércitos de la noche no se le aparecen a un Norman Mailer ebrio de ego televisivo, sino a una generación-después-del-puente, cuya Patria se les presenta rodeada de historiadores y granaderos. El inamovible PRI es una fuerza que controla el espacio público para autoelogiarse en plazas, inauguraciones, libros sobre “la mexicanidad”, estatuas y pantallas de televisión. Cuando el Partido no te ha convocado para que lo exaltes con tu aburrimiento, te esperan los macanazos, la cárcel sin sentencia, la desaparición que, para el régimen, es “evasión probablemente festiva de tu entorno”. Pero no es contra ti, es contra toda una generación abducida por la derrota y la injusticia. Por eso –me dirá años más tarde– no hay que escribir crónicas en primera persona; abonan al atropello inicial de borrar a los manifestantes. En 1968, el escritor tiene un programa radiofónico en la Universidad (N. de la R.: “El cine y la crítica”, una herencia de la feminista originaria Nancy Cárdenas) y debe hablar del bazucazo con que el Ejército detonó la puerta de la Prepa Uno para detener estudiantes. La censura es feroz en vista de que ya han llegado los corresponsales que cubrirán la Olimpiada y el cronista finge entrevistar a un granadero en la radio. Según el policía de su guion, la represión no solamente no ocurrió, sino que las “fuerzas del orden” han usado una técnica de convencimiento aprendida en Oxford que consiste en hablarle a los rijosos con “un tono de voz de té y galletas a las seis de la tarde”. Los estudiantes se van calmando, relajando, hasta olvidar sus consignas contra Díaz Ordaz, y terminan haciendo una mesa de debates para la televisión. A partir del desenlace traumático del 68, narrará los auges y caídas de la sociedad civil, sus debilidades y lucidez (Entrada libre, 1987; y No sin nosotros, 2005). La nombrará con claridad durante el terremoto de 1985 que paraliza a las autoridades ante los derrumbes donde miles de jóvenes le hacemos al rescatismo: “La sociedad civil más que detallar las movilizaciones resulta la profecía que, al emitirse, construye realidades en torno suyo. Es una visión premonitoria de la sociedad equitativa y su primera configuración práctica; intuiciones como forma de resistencia de lo inconfiable que resulta depender de las autoridades”. Así nombrada comienza a tener una realidad distinta: es un estado de ánimo de indignación moral ante los abusos del autoritarismo, es un giro hacia la fe en la democracia que incluye la certeza del fraude electoral, es la diseminación del clima por los derechos humanos cuando la autoridad culpa a las víctimas de su propia tortura, el medio ambiente, los feminismos, los pueblos indígenas, los movimientos urbano-populares en defensa del asentamiento precario y las comunidades eclesiales de base a favor de los débiles. Monsiváis incluye en su lista la lucha contra el desafuero del entonces jefe de gobierno del Defe, Andrés Manuel López Obrador –“AMLO es el político más atacado desde Francisco I. Madero”– porque ve en el millón 200 mil de la Marcha del Silencio (7 de abril de 2005) la expresión popular de un programa apenas sentido: “Humanizar la política para humanizar la economía”. Al nacionalismo revolucionario se le mina con la batalla cultural por las diversidades. En Monsiváis lo múltiple es el lenguaje; sus crónicas combinan la poesía oficial (Amado Nervo) con la plebeya (José Alfredo) en sus subtítulos, desgrana diálogos teatrales de supuestos entrevistados, la parodia enmarca el ensayo, y el aforismo se convierte en el proto-“meme” de su filosofía instantánea. “En una crónica lo importante es la forma, no tanto el tema”, aconsejaría muchos años después de que José Emilio Pacheco lo llevara para codirigir “Ramas Nuevas”, un suplemento de Estaciones, la revista de Elías Nandino (1957), de nombre huachafón. De ahí, al Novedades de Fernando Benítez, al suplemento de la revista Siempre!, y al café Viena donde Carlos Fuentes y José Luis Cuevas articulan el arte con la publicidad, el cosmopolitismo con el Cosmopolitan y la decisión de enfrentar el muro de las lamentaciones con la crítica al nacionalismo revolucionario. Creador de suplementos culturales en los diarios, la gran idea de resistencia contra la cultura estandarizada: popularizar el elitismo y darle valor a la cultura popular, a sus imágenes y lenguajes. De Alfonso Reyes entiende la expropiación cultural. De Salvador Novo, “que el sentido del humor no difama la esencia nacional”. En nuestro conmemorado la crítica es un ejercicio paródico, una serie de sobreentendidos, y el contraste con la realidad fulminante. No comentar sobre lo declarado por políticos, dueños de empresas y curas, sino sólo transcribir lo que dijeron (la columna “Por mi madre, bohemios” de 1968 a 2010), es usar la fuerza del enemigo a favor del estupor (La R., estupefacta ante la aliteración). También es un deber de la sospecha en un país que, cuando el presidente asegura que no se devaluará el peso, los ahorradores arden en deseos de sacar su dinero de los bancos, si tan sólo hubieran logrado ahorrar. Ante el muro de censura en los medios, la resistencia moral se afirma en el valor intrínseco del rumor popular y el chiste político como expresiones del malestar. Lo es también el relajo, cuya capacidad subversiva pone en duda la existencia misma de la obediencia en el seno de un país sin libertades. (La R. avisa que ya se termina el espacio de esta columna). En estos 10 años de ausencia he oído a muchos preguntarse qué diría Monsiváis. A la derecha le dedica este aforismo: “El desconocimiento de lo real es la claridad de la autocracia”. A la izquierda este otro: “La incondicionalidad destruye la solidaridad”. (La R. que se despide, cierra sus libros y se pasma pensando que han pasado ya 10 años.) https://www.proceso.com.mx/634984/en-donde-estaba-usted-cuando-sono-que-le-daban-el-premio-nobel-de-la-paz-cuestionario-a-luis-echeverria

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