“Mater Amatisima / Pater Noster”, de José Vicente Anaya

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).– Ofrecemos a nuestros lectores versos del segundo poema incluido en el díptico “Mater Amatisima / Pater Noster” (Sangre Ediciones, Chihuahua, 98 páginas), obra del traductor, ensayista, periodista cultural y editor de la revista Proceso, José Vicente Anaya (Villa Coronado, 1947).

Ligado al movimiento literario infrarrealista, Anaya ha publicado una veintena de volúmenes, entre los cuales destacan: “Híkuri”, “Poetas en la noche del mundo”, “El haikú clásico del Japón”, “Largueza del cuento corto chino” y “Los poetas que cayeron del cielo”.

Pater Noster (fragmento)

Se abren

las puertas

de tus ojos

para siempre cerrados,

padre,

en el primer segundo de tu muerte.

 

Ya nada impedirá que veas

el movimiento incontenible

de centella

que está de golpe

(tumba que retumba)

en tus pupilas

puertas

que el resplandor

derraman

 

no para ver sino para

 

seguir en la ceguera

que sella el sol

en la raíz de

lo que en tu vida

fue

tu mirar

en tu pueblo

Villa Coronado

la fragua

donde como alquimista

trabajaste

los metales,

tu mesa de carpintería

donde labraste

y

desentrañabas

aromas

de

maderas

pinos

madroños

cedros

construyendo

hermosos muebles

o el cuidadoso

trabajo al

sustraer la miel

de los panales

con ese su ámbar

oloroso

de vida

(…)

en tu muerte

todos estallamos

contigo

en el relámpago

de tu infarto,

padre

(…)

furiosa electricidad

sacudió

tu robusto cuerpo

de obrero y

campesino,

de ser humano

que se ha curtido

de tanto trabajar

 

furiosa electricidad

 

¿qué tu alma te hizo sentir?

 

en ti un volcán

hizo erupción reventando

tus nervios

y yo, atolondrado niño,

confiaba en que amainaría

todo ese tu estruendo que,

como epilepsia

estrujaba tus huesos

y músculos

del caballo a los pies.

 

¿Cómo iba yo a saber, niño

pasmado,

por qué sentía

el dolor que,

igual que se talla

la piel

chirría y chirría,

te estaba estrujando

mientras agonizabas?

¿Cómo iba yo a saber que

tu corazón, crecido,

estaba en tu pecho

reventando?

Y cuando te aquietaste,

creyendo yo que era

la dulcificante calma intempestiva,

y que abrirías los ojos

sonriéndome,

habías tenido los movimientos

últimos de vida.

¡Muerto! ¡Muerto! ¡Muerto!

 

¿Te arrancaste como planta

con todo y raíz

de la existencia?

 

Estuve sonámbulo.

Una pesadilla

y los dolorosos gritos de Socorro,

mi hermana,

con palabras entrecortadas

“¡Corre… lla.. ma…

al doc.. tor… Del… Cam.. po!”

para que yo saliera en vilo

corriendo

tras la esperanza…

 

El galeno con mal humor

dijo “iré” / no se veía

preocupado por salvar una vida.

 

Unas semanas antes, Miguel,

el ángel, hermano mío,

te encontró tumbado

a mitad de la larga escalera

de cemento para subir al cerro

de la colonia Altamira.

Ahí dormías y Miguel te despertó.

¿Habías tenido

el pequeño infarto

que al definitivo precede?

 

cuando yo sin ti me quedo

cuando tú sin mí te vas

ni si yo sin mí me quedo

ni si tú sin mí te vas

Las Horas

inquiere el místico

Padre del Desierto,

por

Dios Padre Eterno

también tuyo y mío

y de todos y todo el universo

a Él clamamos, Señor nuestro

creador de todo

 

Señor, abre mis labios y

mi boca proclamará tu alabanza

 

Gloria al Padre (¡Aleluya!)

mentes cansadas,

manos encallecidas,

labriegos al final de la jornada,

jornaleros de tu viña,

venimos, Padre,

atardecidos de cansancio,

agradecidos por la lucha

de recibir tu denario.

Llenos de polvo,

el alma hecha girones,

romeros al filo de la tarde,

peregrinos de tus montes,

venimos, Padre,

heridos por los desengaños…

 

Hartos de todo

llenos de nada…

Las Horas

 

Padre Dios

Al principio y al fin

Del universo,

Inserto en la infinitud

De las galaxias,

Que como Tú,

No tienen principio

Ni fin

 

Creador eternamente creándose

Con su creación eterna.

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