La libertad de la boa

Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Esta semana los gobernadores panistas agrupados en el GOAN emitieron un video de dos minutos 19 segundos en el que repitieron la palabra “libertad” un total de 31 veces. Mientras uno (de Baja California Sur) luchó contra la idea de que se establezca “una suerte de república monárquica” –porque para acusar al presidente de México con el rey de España tendríamos que ir con el presidente de México– otros asociaron la libertad de endeudar a su estado con el respeto a la pluralidad; al miedo a “las expropiaciones”, que no por haber ocurrido en los treinta del siglo XX dejan de preocupar; pensar y criticar sin estar expuestos más que a la aprobación unánime; libertad para tener una empresa sin que se le persiga por no pagar impuestos; y que nos dejen subirnos “al elevador de la prosperidad” (Yucatán) porque las escaleras se están trapeando de arriba hacia abajo. Más allá de que el GOAN carece de asideros en el pasado –el federalismo de Javier y César Duarte con su derecho a agenciarse los medicamentos para los niños con cáncer, la compra de aviones presidenciales tan exclusivos que no tienen refacciones o, en suma, lo distinto que el país resultó bajo la presidencia del PAN y del Chapo Guzmán–, lo notable, además de la insólita defensa de las mujeres que, apenas hace unos sexenios, eran creaciones “de la ideología de género”, es el abuso de la palabra “libertad”. Vengan tres comentarios para evitar que, después de 31 veces de invocarla, ya no signifique nada.

1. Empecemos por el principio: el concepto de libertad no es absoluto, sino que es contestable, contiene una capa de valores que dependen de quién la reclama, contra quién y para qué. En la fórmula- más sencilla, del filósofo Gerald MacCallum: X es libre de Y de ser o hacer Z. Los neoliberales entendieron esto de una forma negativa: en la medida en que nadie interfiera con lo que quiero hacer o ser –las “regulaciones”, las leyes– tengo libertad. Eso incluye, por supuesto, comprar un arma, una empresa contaminante o que usa trabajo infantil. El que puede hacer y ser sin interferencias es un autócrata. Si pensamos ahora desde el otro lado, del democrático, la libertad no dependería de que los otros no interfieran, sino de la interacción con ellos para definir los límites de su poder. Esa libertad es ciudadana. Cuando los filósofos británicos hacen la diferencia entre “liberty” y “freedom”, separan un área de autonomía y de participación en asuntos públicos de la otra, la de la voluntad de desear, que en el caso del Occidente actual es tener cosas y dinero. Una es creación de los ciudadanos griegos de la polis y la otra de los eremitas cristianos que autoindujeron un diálogo, el Yo y el mí mismo. De la creación griega apareció la libertad como política y de la cristiana, por ejemplo en San Pablo, la voluntad entre elegir el bien y el mal. Son dos tipos de concepciones de libertad. Y es que, a pesar de que los “intelectuales” del neoliberalismo lo hicieron pasar por bueno, la libertad política y la del comercio no sólo no nacieron juntas, sino que, al desarrollarse, chocan. El Estado interviene para garantizar el piso parejo que les permita ser libres a los más vulnerables, es decir, que puedan liberarse de las urgencias de la mera supervivencia, tengan opciones y, entonces, puedan hacer elecciones de otra vida. Para los dueños, esa intervención del Estado limita sus propias libertades de expandirse. El credo liberal, el del siglo XVIII y XIX, decía que la libertad empezaba donde terminaba la política y, por lo tanto, se trataba de liberarse de la política. Del Estado sólo se requería que diera “seguridad”. Y la libertad no era ni siquiera un objetivo, sino la no interferencia para dejar correr las actividades económicas, según ellos, la única y verdadera meta de toda sociedad.

2. La libertad no es absoluta sino relacional. No preguntas si Fulano es libre sino si es libre para qué o de quién. Liberarse de… y libertad para… dependen de cuál es la fuente desde la que se controla la libertad de Y para ser o hacer Z. Querer hacer algo o desear serlo y poder hacerlo, no son productos de una voluntad individual, sino de una acción política colectiva. En el clásico texto de Hannah Arendt sobre la libertad, es actuar y no desear el contenido de la política: “Una vez liberados, los esclavos no son libres a menos que creen un espacio público para constituirse como tales”. Arendt equiparó la política con el teatro de la polis griega: los actores aparecen y desaparecen; el coro como opinión pública, los dioses como fortuna. Para Arendt la libertad es el acto de fundar, de poner en el mundo algo nuevo, lo que sólo puede hacerse si uno ya se ha liberado, antes, de la necesidad. Los resultados de la acción colectiva son, a veces, “milagros” como lo es que, en el cosmos ina-nimado, se de la vida o, en la historia, se funde una ciudad. Su texto termina con un asombro sobre las capacidades de la acción política: “Visto desde afuera y sin tener en cuenta que el ser humano es un iniciador y un principiante, las posibilidades que mañana será como ayer siempre son abrumadoras. Pero no tan abrumadoras porque conocemos al autor de los ‘milagros’. Son los seres humanos quienes los realizan, porque han recibido el doble don de la libertad y la acción con el que pueden establecer su propia realidad”. Claramente, la libertad que no logran reconocer los gobernadores es la de los ciudadanos, la acción política de otros que no sean los poderosos. No reconocen el acontecimiento –Arendt lo llamaría “milagro”, por impredecible– que fue la votación de 30 millones que le dio el triunfo a López Obrador. En defensa de una libertad negativa, no alcanzan a comprender el 2018: el hecho de que no fue una elección común, sino el resultado de un movimiento social que defendió, desde 2005, la legalidad y se indignó con el abuso del desafuero. No entenderlo provoca que se apele 31 veces a una palabra, “libertad”, que abarca todo lo que no sea político. Han extraviado el porvenir y le llaman al presente autocracia o “comunismo”, no por lo que es, sino como una proyección de lo que desaearían que ocurriera para que, entonces, el reclamo hacia la libertad tuviera cabida.

3. Las concepciones de la idea de libertad implican lo que unos piensa de los otros, de los distintos. Según Tim Gray (Freedom, 1991), habría cuatro concepciones sociales debajo de la fórmula de MacCallum: ausencia de impedimentos (que sustraen a alguien de hacer o ser); disponibilidad de opciones; poder efectivo (posibilidad de decidir sobre la forma de nuestra obediencia); y reconocimiento social (las formas de autoridad comunitaria que posibilitan contrarrestar el simple intercambio de mercancías). Esos serían los tipos de concebir las relaciones sociales. Los otros tres: autodeterminación, hacer lo que uno quiere y dominio propio, tienen que ver con cómo pensamos la naturaleza humana, cuál es el fin, si existe, de nosotros como sujetos sociales, en la historia, en la memoria de nuestros parientes y amigos. Nos hablan de una serie de concepciones de la libertad que no está ni en el “elevador de la prosperidad” ni en el permiso de que las entidades federativas se endeuden más allá de su recaudación de impuestos. Los gobernadores son como la boa: apenas han empezado a digerir lo ocurrido en el  2018. Cuando terminen lo sabremos: en vez de apelar a un pasado que no existe –donde la corrupción de funcionarios y empresarios no fue dolorosa, el crimen organizado no administró el Estado ni murieron por ello un cuarto de millón de mexicanos–, pensarán una fórmula de la libertad que incluya a alguien más que a sí mismos.

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