Seis años después de la proclamación del califato, Estado Islámico sigue siendo una amenaza

Una botella con una cara que representa un integrante del Estado Islámico en Raqqa, Siria. Foto: AP / Hussein Malla Una botella con una cara que representa un integrante del Estado Islámico en Raqqa, Siria. Foto: AP / Hussein Malla

MADRID, 28 Jun. (EUROPA PRESS) – El 29 de junio de 2014 Abú Bakr al Baghdadi anunciaba al mundo desde el púlpito de la gran mezquita Al Nuri, en Mosul, que él era el nuevo ‘califa’ de los musulmanes e instaurando un califato que en los meses siguientes se expandió sin encontrar mucha resistencia por amplias zonas del norte de Irak y de la vecina Siria y en los años siguientes contaría con ‘provincias’ en varios países de África y Asia.

Estado Islámico se haría famoso a partir de ese momento, llegando incluso a eclipsar a Al Qaeda en cuanto a notoriedad, principalmente por sus cruentas ejecuciones de rehenes, incluidos occidentales y gracias a un potente aparato de propaganda conseguiría atraer a miles de musulmanes de todo el mundo a luchar por el ‘califato’ tanto en Irak como en Siria.

El grupo terrorista creó todo un aparato de Estado en las zonas bajo su control, sometiendo a un férreo control a la población y aplicando de forma estricta la ‘sharia’ con lapidaciones de adúlteros o amputaciones de manos a ladrones incluidas, entre otras muchas barbaridades que además hacía presenciar a la población para reforzar aún más su sistema de terror y su mensaje.

También implantó un sistema de recaudación de impuestos y se hizo con el control de yacimientos de petróleo y gas, que sirvieron para engrosar sus arcas y permitirle seguir cometiendo e instigando atentados no solo en estos dos países, sino también en Europa y otras partes del mundo.

Pero la coalición internacional creada por Estados Unidos y las fuerzas locales, principalmente en un primer momento las iraquíes, lanzaron una campaña para arrebatar a los hombres de Al Baghdadi del terreno ganado. Así, primero fueron desalojados de sus territorios en Irak, con la caída de Mosul, su ‘capital’ en este país, en julio de 2017 y su ‘derrota’ anunciada por las autoridades en diciembre.

Luego llegó el declive en Siria, donde además de a la coalición se enfrentaron al régimen de Bashar al Assad –apoyado por Rusia e Irán– y a las milicias kurdas sirias, así como a grupos rebeldes y otras facciones islamistas. La caída de Raqqa, la capital del ‘califato’, se produjo en octubre de 2017 pero la pérdida total del territorio bajo el yugo de Estado Islámico no sería hasta marzo de 2019, con la pérdida de Baghuz.

Muerte de Al Baghdadi

La que se pensaba que sería la puntilla definitiva para Estado Islámico, la muerte de su líder Al Baghdadi haciéndose saltar por los aires al verse arrinconado en una operación de las fuerzas especiales estadounidenses en el norte de Siria en octubre de 2019, ha demostrado que no sido tal, como ya ocurriera en su día con Al Qaeda y la muerte de su líder y fundador, Osama bin Laden.

Con un nuevo líder al frente, Abú Ibrahim al Hashimi –al que todavía no se ha puesto ni voz ni cara ya que no ha publicado ningún mensaje pero por el que Washington ofrece una recompensa de 10 millones de dólares–, el grupo terrorista ha venido intensificando en los últimos meses sus acciones tanto en Irak como en Siria, con ataques cada vez más audaces y sofisticados y, según los expertos, tampoco estaría atravesando problemas financieros.

Estados Unidos presentó esta semana su informe sobre terrorismo en el mundo. El coordinador de la lucha antiterrorista en el Departamento de Estado, el embajador Nathan A. Sales, reconoce en dicho documento que, “incluso si Estado Islámico perdió a su líder y su territorio, el grupo se adaptó para continuar la lucha desde sus filiales en todo el mundo e inspirando a seguidores a cometer ataques”.

En el caso de África, sus filiales “estuvieron activas en todo el continente” durante 2019, mientras que en el sur y el sureste de Asia, sus filiales perpetraron atentados e inspiraron otros, como los ocurridos el Domingo de Ramos en Sri Lanka en los que murieron más de 250 personas, recordó Sales, “lo que supone uno de los ataques más mortíferos de Estado Islámico” hasta la fecha.

“Estado Islámico es una sombra de lo que era. No controla ningún territorio en Siria e Irak, ha perdido valiosas fuentes de ingresos y se ha visto obligado a operar en la sombra”, resume Charles Lister, director del Programa de lucha contra el terrorismo y el extremismo del Middle East Institute, en un comentario para el Wilson Center con motivo del sexto aniversario de la proclamación del califato.

Implantación en África

Sin embargo, advierte de que más que en estos dos países, donde los ataques van en aumento, debería preocupar la “continuada expansión y las crecientes capacidades mortíferas” del grupo en África, en particular en lugares como el Sahel o Mozambique. En opinión de Lister, “esta localización de la yihad y la cada vez más potente explotación de espacios sin gobernar y de tensiones étnicas y sectarias de larga data probablemente se convertirá en el primer motor de crecimiento yihadista a nivel mundial en los próximos meses y años”.

Estado Islámico cuenta en África con dos filiales especialmente activas. Por una parte está la que opera en la cuenca del lago Chad, Estado Islámico en África Occidental (ISWA), que se escindió de Boko Haram en 2016 y que actúa en el noreste de Nigeria y los países fronterizos, y por otra Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISWA), desde hace unos meses teóricamente bajo el paraguas de la anterior y que lleva a cabo acciones en Malí, Burkina Faso y el oeste de Níger.

Además, en 2019 lanzó una nueva filial, Estado Islámico en África Central (ISCA), que opera en el este de República Democrática del Congo (RDC) y en el norte de Mozambique, donde ha intensificado su actividad en los últimos meses y hasta ha llegado a tomar brevemente algunas localidades.

Igualmente, existe una filial en Somalia, pero aquí la fuerza yihadista preeminente es Al Shabaab.

En lo que se refiere a Asia, Jennifer Cafarella, experta del Instituto para el Estudio de la Guerra, alerta de que “la inminente retirada de Estados Unidos de Afganistán acelerará la recuperación mundial de Estado Islámico”.

El grupo terrorista “logrará una mayor libertad de operación en Afganistán” y “se posicionará también para reclutar a combatientes desilusionados contrarios al acuerdo de paz de los talibán con Estados Unidos, que AlQaeda apoya”, subraya.

Estado Islámico ya ha manifestado abiertamente su rechazo a este acuerdo y también parece estar decidido a echar por tierra los esfuerzos en curso para iniciar un proceso de paz entre el Gobierno afgano y los talibán. En su reciente mensaje con motivo del Eid al Fitr, el nuevo portavoz de Estado Islámico, Abú Hamza al Qurashi, denunció que el acuerdo es una tapadera de la “actual alianza entre los apóstatas talibán y los cruzados para combatir a Estado Islámico”.

Promesa de más ataques

En dicho mensaje, Al Qurashi sostuvo que la actual pandemia de coronavirus era un “tormento” enviado por Dios como represalia de todo el mal que los países occidentales han hecho a los musulmanes en todo el mundo. “Gracias a Dios han comenzado a lamentar todo lo que se han gastado en la guerra contra los monoteístas y ahora vemos cómo se desangra su riqueza en un intento desesperado por salvar sus economías que la fiebre de la epidemia ha agotado”, señaló.

Y en una señal de que el grupo no se da por derrotado, instó a los “soldados del califato en todo el mundo” a seguir atacando a los “enemigos” del islam: “No permitan que pase un solo día sin perturbar la vida de los apóstatas y sus amos cruzados. Embósquenlos en las carreteras, quemen sus convoyes con artefactos improvisados, destruyan los puestos de control y cuarteles”.

“Así que, con el permiso de Dios, seguiremos siendo hostiles hacia ustedes y nos seguiremos esforzando siempre para combatirlos”, prometió el portavoz.

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